Un retrato de Jaime Bermúdez

Vuelve de Argentina con un libro de memorias ya redactado. En él relata su experiencia durante los primeros años del gobierno Uribe. Texto de Héctor Abad.

Las últimas firmas del Embajador de Colombia en Argentina parecen falsas. Tienen trazos inseguros, toscos, temblorosos. La misma carta de renuncia a su cargo parece firmada por otra persona. No es que lo hayan suplantado. Lo que pasa es que Jaime Bermúdez tuvo una fractura hace poco montando a caballo y los últimos documentos los ha tenido que firmar con la mano derecha enyesada. Lo primero que me sorprendió, cuando lo vi en Buenos Aires hace una semana, fue el yeso que impedía el apretón de manos y sugería un saludo de palmadas en la espalda. Lo segundo fue la complexión muy delgada, casi de jockey de hípica, y las maneras tranquilas, sin mayores formalismos, más de estudiante de Oxford que de diplomático.

Los políticos expertos en comunicaciones —y Jaime Bermúdez lo es— tienen mala fama. El precursor de todos ellos, el doctor Joseph Goebbels (Ministro de Propaganda del régimen nazi), ha dejado de herencia una estela de sospechas y desconfianza en la manera como estos expertos pueden manipular la opinión pública. No creo que Bermúdez sea un manipulador que busque construir consensos donde no los hay. Su experiencia y su especialidad consiste en tener el olfato para saber cómo usar las comunicaciones y las relaciones públicas en los momentos de crisis. Baste un ejemplo: Bermúdez manejó la crisis de Granda (cuando éste fue robado en Venezuela y traído a una cárcel del país), que se resolvió en pocos días sin que Chávez se alebrestara mucho. La crisis de Reyes, y las consecutivas tensiones con Ecuador, en cambio, manejada por otros, al cabo de varios meses todavía no se han podido resolver.

Si llega a confirmarse, como parece, que Jaime Bermúdez será el nuevo Canciller de la República, la impresión es que el presidente Uribe terminará su segundo mandato con un escudero y asesor que puede ser conveniente para calmar los ánimos en los momentos de mayor tensión. Jorge Orlando Melo, quien fuera jefe de Bermúdez cuando fue Consejero para los Derechos Humanos en el gobierno de Barco, cree que al lado de Uribe “hay personas alteradas que lo excitan, en vez de calmarlo, cuando el Presidente pierde los estribos. En cambio, Bermúdez, quien es un tipo sensato, equilibrado y con una visión mucho más amplia de la realidad, ayudará a que Uribe se tranquilice, y conseguirá que espere siquiera 24 horas antes de reaccionar. Es un aporte al equilibrio y a la serenidad, que son cosas que hacen mucha falta en este país.”

Se sabe que Uribe y Bermúdez se conocieron en Oxford. El probable Ministro de Relaciones Exteriores recuerda que en el invierno de 1998 empezó a asistir a clase un cuarentón muy serio y aplicado que llegaba siempre a clase con un morral a la espalda. Era Álvaro Uribe Vélez, quien acababa de terminar su período como Gobernador de Antioquia y se había refugiado en Inglaterra para capotear las amenazas que desde entonces le hacían las Farc. Tanto el uno como el otro habían entrado a la


universidad más prestigiosa de Inglaterra gracias a la invitación del mayor experto en Colombia de esa universidad: el historiador Malcolm Deas.

Pero no fue en clase donde se hicieron más amigos, pues no coincidían en muchas materias. Bermúdez tomaba cursos de ciencias políticas con el famoso profesor Dworkin, y estaba más interesado en la historia europea que en la hispanoamericana. Además, Bermúdez llevaba una vida más alegre, pues pertenecía a un grupo de rock, como vocalista, y no desdeñaba como Uribe los pubs y la cerveza Guiness. La amistad empezó por otro camino, con una entrevista que Bermúdez (periodista aficionado) le hizo al estudiante Uribe para la revista Diners, donde aquel escribía ocasionalmente sobre temas internacionales. “Desde el primer momento, cuenta Bemúdez, me impresionó la claridad y coherencia con que el ex Gobernador exponía sus tesis y definía su programa: Estado comunitario, seguridad, recortes burocráticos, participación ciudadana”.

Un tiempo después empezarían a hablar de la campaña presidencial, y aunque Bermúdez nunca se vinculó directamente al movimiento político uribista, fueron muchos los temas en los que lo asesoró, mediante memos, o contactos directos en reuniones personales o consultas telefónicas. “Trabajaba de lleno con Uribe —cuenta— pero como asesor externo, sin oficina en la sede de la campaña. Vine a conocer muy tarde a los más cercanos a Uribe, José Roberto Arango, Fabio Echeverri o Alicia Arango”. Tan estrecha fue la relación (y tan efectiva la asesoría) que cuando Uribe salió elegido en la primera vuelta, le ofreció a Bermúdez el Ministerio de Comunicaciones. Bermúdez no aceptó y prefirió ayudarle como asesor en comunicaciones, primero desde su empresa, y luego con una oficina en la Casa de Nariño.

El embajador Bermúdez insiste en aclarar que él, como asesor, no hacía sugerencias siguiendo el humor de lo que indicaban las encuestas. “Nunca decidimos nada basados en las encuestas. Para ser francos, en todo el tiempo que trabajé con él me pidió solamente dos: una sobre el referendo (que nos daba como ganadores absolutos) y otra en Venezuela, sobre la percepción que los ciudadanos de ese país tenían sobre las Farc. El resultado fue que 7 de cada 10 venezolanos los consideraban terroristas”.

Entre las investigaciones y trabajos académicos de Bermúdez hay un estudio, realizado con Jorge Orlando Melo, sobre los desaparecidos en Colombia. Después del diagnóstico, se hacían sugerencias para llevar un registro exacto de todos los casos que, si se hubiera llevado a cabo, evitaría la situación de caos que se vive hoy en la Fiscalía frente a los afectados por este crimen atroz. Su tesis de grado en Los Andes fue un estudio sobre las relaciones bilaterales entre Colombia, Venezuela y otros países del vecindario. Más tarde su tesis de doctorado en Oxford sería sobre el manejo de los escándalos políticos en los medios de comunicación y sus efectos sobre la popularidad presidencial. Allí estudió el manejo del caso Samper, durante el proceso ocho mil, pero también las acusaciones de corrupción a Carlos Andrés Pérez, y hasta los líos de faldas del presidente Clinton.

Antes de entrar a la Universidad de Los Andes, Jaime Bermúdez estudió un par de años derecho en la Pontificia Bolivariana de Medellín. Allí se conoció y se hizo buen amigo de la actual embajadora de Colombia en Suiza, Claudia Jiménez. En los tiempos de Medellín, Bermúdez vivía en Elarví, una residencia del Opus Dei, y no descartaba la posibilidad de ordenarse sacerdote. Después dejaría de lado la opción del Opus y hoy se le puede considerar más bien un tecnócrata laico, muy alejado de todo dogmatismo religioso. Como su compañera de clase en Medellín, la embajadora Jiménez, puede decirse que ellos pertenecen al ala técnica y eficiente del uribismo, la de los resultados pragmáticos y concretos, no al ala doctrinaria del fanatismo ideológico, a la que pertenecen un Fernando Londoño o un José Obdulio Gaviria.

Para Mauricio García, que fue profesor de Bermúdez en la Bolivariana, y compañero de trabajo académico en el Cijus de Los Andes, el probable nuevo Ministro es “un investigador muy juicioso y una persona equilibrada, puesta en razón, poco impulsiva y muy capaz de conciliar posiciones antagónicas. Algo perfecto para un jefe de la cartera de exteriores”. A esto se añade otra


cualidad señalada por Jorge Orlando Melo: “No es un dogmático del uribismo, y esto se debe a que está más preocupado por la suerte del país que por la suerte del gobierno”.

Si se confirma que Jaime Bermúdez es el nuevo Canciller de Colombia, estrenará su cargo cumpliendo años, pues llega a los 42 el próximo 5 de agosto. Un bogotano sereno, de clase media, que perdió a su padre cuando apenas tenía 12 años, regresa al Gobierno en un momento crucial del país y de la carrera política del Presidente. Con él en la Cancillería se decidirá si Uribe se lanza para un tercer mandato o si se retira en el momento de mayor aceptación popular de su presidencia.

Este abogado doctorado en ciencias políticas y en opinión pública, casado con la artista plástica Catalina Sanint y padre de una niña de tres años y de un niño de uno, vuelve de Argentina con un libro de memorias ya redactado. En él relata su experiencia durante los primeros años del gobierno Uribe, y revela los intríngulis y los detalles inéditos de muchas decisiones políticas importantes.

Como nuevo Canciller, por prudencia y discreción, tendrá que postergar la publicación del libro. Pero esta nueva oportunidad le permitirá escribir una obra más completa, con un capítulo final redactado desde el corazón del poder: al final de su gestión en la cartera más importante y más descuidada del actual gobierno, podrá contarnos en más detalle a los colombianos qué era exactamente lo que ocurría allá adentro. Todo el país espera que Bermúdez escriba bien —en la realidad— este último capítulo.

¿La hora del relevo?

Le llegada de Jaime Bermúdez a la Cancillería colombiana se da como un hecho en el escenario político nacional. En una entrevista concedida la semana pasada a El Espectador, a raíz de su renuncia a la Embajada en Argentina, él mismo dijo que sí le gustaría ser canciller, aunque negó que su nombramiento ya sea algo fijo: “Es un hecho que renuncié y que regreso a Colombia el fin de semana; lo demás no está confirmado”, manifestó.

Los rumores hablan de que llegaría a reforzar el equipo del Gobierno, de cara a una posible  tercera campaña de Uribe a la Presidencia, como quiera que es considerado uno de los hombres clave en el manejo de la imagen del Jefe de Estado y en sus relaciones  públicas. Sin embargo, Bermúdez manifestó que no cree que el Primer Mandatario busque la continuidad en el poder e incluso se mostró en desacuerdo con esa posibilidad.

Lo cierto es que el aún canciller Fernando Araújo sigue de visita oficial en Japón, de donde regresará  el próximo jueves. Algunas versiones no oficiales dicen que ese mismo día presentaría su carta de renuncia para dedicarse a negocios personales. Y que, efectivamente, Bermúdez asumiría el Ministerio de relaciones Exteriores.

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