Una colcha de retazos

Han sido 26 las reformas que se le han hecho a la Carta Política y 45 los artículos modificados en todo este tiempo. Ocho ex constituyentes hablan de lo que queda de la Constitución y de los intentos de reforma de Uribe.

La Constitución de 1991 es apenas una tierna adolescente que el próximo viernes 4 de julio llegará a los 17 años de edad, en medio de una tormenta política que amenaza con arrastrar los pilares fundamentales sobre los cuales fue promulgada.

Concebida en consenso entre las fuerzas políticas y sociales de la nación y como fórmula anhelada para alcanzar la paz, a lo largo de estos años los gobiernos de turno han demostrado más voluntad de reformarla que de desarrollarla, y no ha faltado quien le achaque la culpa de todos los males que padece el país.

Hoy, cuando en Colombia persiste la más aguda polarización, con anuncios desde el Gobierno de reformas a la justicia, recolecciones de firmas en las calles para referendos modificatorios, propuestas de cambios por doquier en el Congreso de la República y una comisión de ajuste institucional en ejercicio, la Carta Política parece destinada a convertirse en una colcha de retazos. Porque siempre en los momentos de crisis, es el blanco de quienes pugnan por modificarla integralmente, ya que, según dicen, las 26 reformas que se le han introducido hasta ahora no han sido suficientes para mejorarla.

Y es también por estos días de aniversario que aquellos que la vieron nacer, ese 4 de julio de 1991, buscan cerrar filas en su defensa, sin poder evitar mirar el pasado con nostalgia. “Su corazón está intacto”, dice Antonio Navarro, por ese entonces recién desmovilizado del M-19 y uno de los tres que presidió la Constituyente que dio vida a la nueva Carta. En seguida hace un repaso de lo que han sido los dos cambios de fondo en estos 17 años de existencia: la disminución de las transferencias a las entidades territoriales y la reelección presidencial.

Pero para el hoy gobernador de Nariño, a pesar de los 338 intentos de enmienda que se ha buscado hacerle en estos 17 años, el espíritu del Estado Social de Derecho sigue vivo, manifestándose en la tutela, la acción de cumplimiento, la acción popular y los demás mecanismos de participación. Y ante la lluvia de propuestas de más reformas y hasta de una nueva Asamblea Constituyente, Navarro levanta su voz de rechazo porque, dice, “sería un error reemplazar una Constitución de consenso por una polarizada”.

Horacio Serpa, sentado hoy en la Gobernación de Santander, fue su compañero en el triunvirato que llevó el timón de la Constituyente del 91 (el otro fue Álvaro Gómez, asesinado en noviembre de 1995). Para él, a pesar de que la Carta Política conserva su esencia, su desmantelamiento ha sido evidente y las ideas de reformarla persisten: “Es un proceso paulatino, una contrarreforma por la puerta de atrás, con el objetivo de quitarle todo su valor”.


 Y contrario a lo que piensa Navarro, enfatiza en que es preferible una gran convocatoria a una nueva Asamblea Nacional Constituyente “que rescate las más importantes definiciones de la Constitución de 1991 e introduzca con coherencia, dentro de unos criterios modernos y de acuerdo con la realidad actual, las modificaciones que se consideren apropiadas”.

Por su parte, el ex alcalde de Bogotá y ex constituyente Jaime Castro, es mucho más radical en la defensa de la Carta. “Con 26 reformas en 17 años se ha convertido en una colcha de retazos. Han modificado la Constitución para atender problemas coyunturales del día a día, sin visión de fondo, y se la tiraron”, dice, enfatizando en que la reelección presidencial ha sido el cambio más lesivo. ¿Qué queda entonces? “La Corte Constitucional; la consagración de los derechos políticos, económicos y sociales; la tutela y la autonomía de la junta del Banco de la República”, responde.

Para Augusto Ramírez, otro ex constituyente, todavía tenemos una Constitución “garantista” que mantiene incólumes los asuntos pertinentes a los derechos humanos. “A ese capítulo no se le ha movido ni un pelo. Salvo el de la extradición, todos siguen como fueron escritos”. Sin embargo, a la hora de hablar de las continuas intenciones de reforma a lo largo de estos 17 años, Ramírez aclara: “La Constitución no fue imaginada como una cosa que no pudiera modificarse. Claro, han habido unos cambios malos, como regresar a las suplencias, y otros buenos, como revivir la extradición”.

Y a pesar de que considera que la espina dorsal de la Carta Política se mantiene, cree también que la reelección la fracturó gravemente, “porque todo estaba calculado en el equilibro de poderes durante cuatro años y ahora tenemos una Constitución que no resiste un período de ocho años y mucho menos de 12”.

Todos coinciden en que los principios fundamentales siguen vigentes, a pesar de que la reelección causó desequilibrio en la balanza de poderes. Hernando Herrera, ex constituyente también, ve en los mecanismos de participación ciudadana, como la tutela, un logro insuperable e insiste en que las constituciones se hacen para períodos largos. “No soy partidario de que por cualquier circunstancia se modifique la Carta, aunque reconozco que en algunos momentos sí se justifica. Lo importante es conservar la estructura sin cerrar la puerta”.

A su vez, el hoy concejal Antonio Galán, hermano de Luis Carlos Galán, llegó a la Constituyente del 91 con la intención de hacer realidad los sueños de un nuevo país que tenía el sacrificado líder del Nuevo Liberalismo. “Creo que la Constitución


logró un cambio cultural en todos los colombianos, como quiera que la gente aprendió a exigir sus derechos. Desafortunadamente convirtió en un ejercicio la recolección de firmas que no conducen a nada”, agregó.

Pero Galán va más allá al proponer que la gran reforma política de la que hoy habla toda Colombia y en la que trabaja la tan mentada Comisión de Ajuste Institucional, plantee cambios en la manera como hoy se toman las decisiones en el Legislativo. “Como están las cosas se facilitan los cohechos y las extorsiones de uno y otro lado, siendo más poderoso el Ejecutivo. Por eso me atrevo a decir que en Colombia tenemos un tronco, la Presidencia, y dos chamizos, el Congreso y el Poder Judicial. La distribución de los poderes está muy debilitada”.

Claro que a la hora de hablar de reformas a la Constitución, el concejal bogotano las ve como válidas, siempre y cuando no se remitan a hechos coyunturales sino estructurales. Y nuevamente aparece el fantasma de una Asamblea Constituyente, esta vez en boca de un ex constituyente: “Si se quieren más reformas, pues convoquemos una Asamblea para construir una Carta con mayor participación ciudadana. Pero eso sí, el pueblo no se debe dejar quitar la tutela”.

Juan Carlos Esguerra, quien después de ser constituyente fue ministro de Defensa en el gobierno Samper, cree que los colombianos nos seguimos viendo y sintiendo en la Constitución de 1991, la cual cambió la mentalidad de todos al abrirnos los ojos a la diversidad y el pluralismo.

“Hemos aprendido a reconocer los cambios de las mayorías”, dice. Mientras que para Eduardo Verano de la Rosa, hoy gobernador del Atlántico, la Constitución cumplió y seguirá cumpliendo el papel fundamental para el cual fue diseñada, al tiempo que hace una advertencia: “Las intenciones de cambiar frecuentemente la Carta reflejan un facilismo para no tener que coger el toro por los cachos de las reformas reales que se necesitan”.

Alguna vez el ex presidente Samper habló de las dificultades para gobernar a Colombia con la Carta del 91 y por eso presentó su propio proyecto de reforma. El ex ministro Fernando Londoño la atacó diciendo que en la elaboración de su articulado participaron cuatro guerrilleros recién bajados del monte, “con las manos tintas todavía en la sangre de sus víctimas”. Y el ex magistrado de la Corte Suprema Luis Carlos Sáchica dijo que la Constitución “no funciona” porque con ella “nada se mejoró”, llegando a plantear una contrarreforma de un solo artículo que ordenaría: “Deróguese la Constitución de 1991 y vuélvase a la de 1986”.

La Constitución cumple 17 años y a pesar de los embates en su contra a lo largo de ese tiempo, ha sido cimiento para mantener la institucionalidad en el país en los tiempos de crisis, como el Proceso 8.000. Hoy, cuando Colombia asiste a uno de sus momentos más difíciles de su historia, hay quienes la condenan a la muerte mientras otros creen que sólo a partir de ella se puede emprender el camino de la reconciliación nacional.