Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 15 horas

Una generación de niños tristes

Están unidos como una sola familia. Muchos piden activamente la libertad de los cautivos.

A Nicolás Beltrán le arrebataron a su papá cuando tenía cinco años. La misma edad acababa de cumplir Ana María Guevara cuando se llevaron el de ella. Jenny Estéfany Mendieta perdió el suyo a los 12, y Daniela Narváez apenas contaba con tres años el día que se lo quitaron para siempre. Ellos representan la triste generación de niños colombianos a los que les tocó aprender demasiado temprano los horrores del conflicto armado: la guerra los obligó por momentos a dejar de lado las piñatas y los helados para comenzar a hablar de pruebas de vida y cadenas.

Son los hijos de los secuestrados a quienes un día, de repente y sin tener ni idea del porqué, les robaron una parte esencial de su existencia. Para algunos, como Nicolás —hijo del liberado ex congresista del Huila, Orlando Beltrán—, la pesadilla terminó de manera afortunada. Otros, como Jenny Estefany  —su padre es el coronel de la Policía, Luis Mendieta, quien ya cumple 10 años en cautiverio— continúan en medio de la zozobra esperando por un milagro. Muchos ya perdieron la esperanza de volver a estar con su ser querido.

Este último es el caso de Ana María y de Daniela. La primera es la hija del capitán de la Policía Julián Ernesto Guevara, a quien las Farc dejaron morir en la selva en 2006, luego de un secuestro de casi siete años. Ella recuerda que tomó conciencia de la situación de su padre el primero de diciembre de 1998, un mes después de su plagio, cuando llegó la primera prueba de supervivencia. “Yo ya sabía leer. Él me decía que estaba lejos, pero que pronto iba a regresar. Ahí entendí lo que era un secuestro”.

A Ana María, quien tiene 16 años y cursa último grado de bachillerato, le quedó faltando, entre muchas otras cosas, la ida al zoológico de Pereira que el capitán Guevara le prometió en todos sus mensajes. Al lado de su abuela, Emperatriz de Guevara, vive ahora su época de ir a fiestas y salir con amigos. También se prepara para estudiar comunicación social o ciencias políticas el año que viene. “No ha sido fácil”, aclara, “pero trato de hacer mis cosas como alguien normal”.

Por otro lado, Daniela tiene nueve años y es la hija de Juan Carlos Narváez, uno de los 11 ex diputados del Valle que la guerrilla asesinó en 2007, luego de un tortuoso cautiverio de más de cinco años.

Su madre, Fabiola Perdomo, dice que a Daniela prácticamente le ha tocado crecer “a punta de pruebas de vida. Como ella estaba tan chiquita, optamos por decirle que el papá estaba en una misión. Él en sus mensajes también se lo explicó así y eso fue un gran soporte”.

En cada uno de los cumpleaños que la niña pasó teniendo al padre en la selva, su familia le tomó una foto al lado de la cual colocaban otra de Juan Carlos Narváez. “Era nuestra manera de explicarle a ella que su papá la estaba acompañando, así fuera desde la distancia”, dice Perdomo.

En sus pocas pruebas de vida, el ex diputado siempre dedicó unos minutos para recomendarle a su hija que estudiara mucho y que siempre le hiciera caso a su mamá. “Siempre que puedo retomo esas palabras”, cuenta Fabiola Perdomo.

Para ella y otros padres en situaciones similares, como el ex secuestrado Orlando Beltrán, lo más importante es impedir a toda costa que el rencor toque la puerta de los corazones de sus hijos: “hay que hablarles, decirles que los secuestradores son hombres equivocados”, afirma Beltrán.

En igual sentido se pronunció la sicóloga infantil Alma Noguera, quien cree además que es muy importante que, en la medida de los posible, los niños sigan su vida normalmente.

En el caso de Jenny Estéfany Mendieta el curso de la cotidianidad la ha acercado cada vez más al resto de  rehenes, pues desde 2006 la joven de 22 años trabaja en el programa radial Las Voces del Secuestro, en el que los parientes envían mensajes a los cautivos.

En general, esta generación de muchachos se ha ido uniendo como una  familia que comparte una misma pena. Por ejemplo, todos los jóvenes consultados para esta nota participan activamente en los preparativos de la marcha contra el secuestro del próximo 20 de julio. No podía ser de otra manera porque, como dice Ana María Guevara, “independientemente de las historias personales, el dolor es uno. No nos podemos desligar de los secuestrados ni de sus parientes. Allá en la selva los nuestros seguramente están haciendo lo mismo”.

Temas relacionados