Memorias de un oligarca

El escritor Héctor Abad analiza en blanco y negro el reciente libro autobiográfico de uno de los políticos más influyentes del país.

Todo libro tiene un contenido y un continente. Por continente no quiero decir la forma, sino el soporte gráfico, el trabajo editorial que lo contiene. Antes de ocuparme del contenido de estas Memorias del ex presidente López Michelsen, quiero detenerme un momento en su continente, es decir, en esta lamentable edición preparada no por una, sino por dos editoriales: Oveja Negra y Quintero Editores. Ni siquiera entre dos pudieron hacer un buen trabajo. Mejor dicho, entre dos incompetentes completaron una labor que debería avergonzarlos y hacerlos cambiar de oficio.

Aunque el libro que quiero reseñar fue comprado durante su lanzamiento oficial, he tenido varias veces la impresión, al leerlo, de que había caído en mis manos una edición pirata. Ya desde el prólogo de Juan Manuel López Caballero empiezan a aparecer frases sin sentido y errores de ortografía. ¿Qué querrá decir esta oración, en la página 13: “cedió a la tentación de hacer escrito un semanal”? No se entiende. Y en la 14 aparece un bonito “aventurezco”, cuya zeta mejor no comento porque me enfurezco.

La tipografía de los títulos de todo el libro parece hecha con letras diseñadas por Pedro Picapiedra, que no sólo se leen mal sino que ofenden la vista, como insectos aplastados ensuciando la página. Pero este asunto, que es estético y por lo tanto sujeto a discusión, no es muy grave. Grave es que a veces los títulos de los capítulos no correspondan al tema que trata el memorialista en el mismo apartado. Al final del capítulo titulado “Mi padre y Laureano Gómez” se relata la historia de los desacuerdos entre López Pumarejo y su padre, Pedro A. López. Y en el capítulo siguiente, titulado “El conflicto entre Pedro A. López y Alfonso López Pumarejo”, se empieza a contar el cuento del Banco Mercantil Americano, que es el título del capítulo sucesivo.

Lo anterior todavía podría disculparse si, como sucede en las páginas 34 (sin numeración) y en la 52, no comenzaran y terminaran capítulos sin título y de un solo párrafo que dejan al lector patidifuso. Y hay más: en la página 80 hay un párrafo que termina en punta, en una coma, y en el párrafo sucesivo se pasa a otro tema completamente distinto. Fuera de esto, todos los párrafos del libro están separados por espacios y además con sangría, lo cual es un pecado mortal editorial, algo así como el mate pastor en ajedrez, una falla que se enseña como imperdonable desde el primer curso de diseño gráfico.

López Michelsen era un escritor pulcro, cuidadoso y culto. A pesar de su avanzada edad, no escribía barrabasadas. Pero estos editores, con una corrección hecha evidentemente de afán y a las patadas, le dejan infinidad de erratas y errores de palabras que habrían ofendido los ojos y la sensibilidad de un escritor como él. Señalo algunas de las faltas más vistosas, aunque haya muchas otras de menor gravedad: En la p. 167, López se refiere a la más prestigiosa revista y editorial francesa, La Nouvelle Revue Française (NRF), y los editores escriben “la N.F.R”.

Pero la confusión con los nombres va aumentando y a veces parecen chistes: En la p. 180, a la compañera de Gertrude Stein, Alice Toklas, se la llama Alice Tokiass, y el error se repite varias veces. Al historiador romano Cornelio Nepote, se lo bautiza Cornelio Neponte (p. 262). Al pintor Claude Monet se lo llama Monnet (p. 291). Al compositor Camille Saint-Saëns se le llama a veces Saint Saen y a veces Saint Sáens (p. 293). López seguramente escribe que alguien se mató en un precipicio por una carretera de montaña, pero los editores transcriben (p. 215) que el pobre hombre “rodó al abismo en las carreras de la montaña”.

López recuerda que en su Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario algunas placas exornaban los muros, pero el editor corrige el verbo y escribe que esas placas de mármol “exoneraban sus muros” (p. 363). A la muy conocida Royal Dutch Shell, el libro la llama Royal Dutch Sell (p. 222), como si estuviera a la venta. Y para terminar, al primer ministro británico Benjamin Disraeli se le cambia el nombre por Disraelí, lo cual parece un juego de palabras de Cabrera Infante con este político de origen judío. Quizá los editores podrán disculparse diciendo, como el mismo cubano, que semejantes deslices “son los gases del oficio”.


Hay muchas más erratas y burradas en esta edición, pero por piedad me detengo aquí. He sido editor y cuando un libro sale con semejante número de faltas cuya culpa no es de nadie más que de quienes lo corrigieron e imprimieron, la solución es una sola: pedir perdón, recoger todos los ejemplares impresos, picarlos y volver a preparar con pulcritud una edición decente. Y ahora paso a hablar del contenido de un libro que no se merecía semejante continente.

La prosa de López Michelsen es amena, sin demasiados adornos ni rebuscamientos. Va contando su vida sin la melcocha de la nostalgia, con cierta distancia irónica que tiene una gracia indiscutible. Siempre me ha parecido que los relatos de la gente muy rica o privilegiada, así como los de las personas muy pobres y miserables, tienen un encanto especial: unos y otros parecen extraterrestres, tan alejados están de nosotros, los comunes mortales. El ex presidente, pese a que al principio de su relato trata de hacernos creer que la suya no es una familia venida a menos, sino venida a más, por el oficio de sastre de su bisabuelo, es consciente desde el principio de que él pertenece a aquello que él mismo llama “la oligarquía”, es decir, los pocos que gobiernan un país.

Y para llegar a gobernar conviene, en los avatares de la vida, o conseguir mucha plata, o tener la habilidad de apoderarse siempre de alguna teta jugosa de la cosa pública. Si bien López Michelsen le atribuye a su padre una cualidad bastante rara, la de “un marcado sentido de la igualdad humana, por encima de consideraciones económicas y sociales”, el ex mandatario no es menos consciente de otra característica mucho más general y común de la mayoría de los seres humanos: “Ha sido una constante experiencia de mi vida ver cómo la conversación de quienes han tenido éxito en la vida de los negocios es seguida casi con unción por los interlocutores, que pierden toda objetividad en sus juicios aun para las apreciaciones más absurdas, frente al temor reverencial que inspira el dinero”.

Lo mejor de López Michelsen es que era un oligarca que no se avergonzaba de serlo. Habla de viajes a Londres o a París con la sola finalidad de hacerse coser camisas y vestidos, con la misma naturalidad con la que uno contaría que fue a la esquina a comprar empanadas. Bien sea por los méritos propios de su inteligencia, o porque pocas veces lo avergonzaron sus ancestros, siempre pareció sentirse cómodo siendo lo que era. No es de extrañarse. A cualquier parte del mundo adonde dirigiera sus pasos, algún primo, tío, sobrino o hermano de su padre estaba al mando “de la Legación colombiana”.

Las frases más corrientes de sus memorias son una especie de letanía que suena así: “Mi tío era a la sazón Embajador en Washington…”, “en la estación del Norte nos esperaba mi primo, que era cónsul en París…”, “mi padre era ministro plenipotenciario en Londres…”, “en Barranquilla nos bajábamos en casa de mi primo Mario Santodomingo…”. Y lo mismo en Marsella, en Santiago, en Buenos Aires, en Roma, en Madrid y donde fuera: siempre lo recibía un pariente bien colocado. Quitando los modales y la apostura, los López de ayer en el mundo eran como la familia Chávez de hoy en el Estado Barinas: todos con puesto público.

Quizá el rasgo que les concede mayor encanto a estas Memorias de López sea el desenfado con que trata los asuntos de las relaciones con las mujeres. El autor es muy consciente de la evolución moral de las costumbres y siempre contrasta los impedimentos y dificultades que en esta materia había en su juventud, con las libertades actuales. Sin ningún moralismo religioso e incluso con cierto desparpajo que se agradece, relata los decepcionantes amores prostibularios y los compara con las ventajas de un mundo que ya no es mojigato. Cuando cuenta su vida de estudiante en Chile, a mediados de los años 30, comenta lo siguiente: “En Colombia se imponía recurrir al amor mercenario de los barrios periféricos mientras en Santiago ya existía una permisividad entre los jóvenes de ambos sexos que solucionaba la abominable práctica de la prostitución”.

Cuando habla de su propia esposa, doña Cecilia Caballero, en cambio, es de un laconismo asombroso. Quizá el hecho de que su matrimonio, en el mejor estilo semita, fuera concertado según lo que su padre consideraba conveniente, impide que el ex presidente dilate su prosa en efusiones sentimentales. Más bien, con su ironía habitual, insinúa que quizás las uniones más estables y serenas sean las que se deciden más por conveniencia que por esa locura momentánea que se conoce con una palabra de exagerado prestigio: amor.

López Michelsen está en su elemento, como pez en el agua, cuando habla del poder. Su punto de vista es privilegiado y sus recuerdos de la primera parte del siglo XX ayudan a entender cómo se fue formando la élite colombiana que nos gobernó en su segunda parte. Lo bueno es que López tiene sentido autocrítico y puede verse a sí mismo y a su círculo más íntimo con cierta distancia desencantada que lo honra. Dice por ejemplo: “El más severo crítico de nuestros actos duerme en nuestro propio ser y muchas veces por conocer nuestras deficiencias paraliza nuestra voluntad”. Habla con sinceridad de la inseguridad que produce ser “el hijo del Presidente de la República” pues nunca se sabe bien si lo que se obtiene es por privilegios de casta o por los propios méritos. Esta condición, dice López, “me creaba por igual toda clase de ventajas inmerecidas y de tropiezos injustificados”.

Pero no es sólo crítico consigo mismo. Duro y agudo es con muchos de los demás miembros de la élite colombiana. De Eduardo Santos dice que era un “escritor amante de la adjetivación”, que “administraba su hermosa voz con la destreza de un violinista” y a uno le parece oír una cadencia aflautada. Hace también la disección de los discursos de Laureano Gómez, con su falso moralismo incendiario: “Gracias al uso y abuso de vocablos altisonantes en que se invocan la Gracia Divina, la mano de la Providencia, la moral, la virtud, el decoro y otros giros propios del léxico religioso […] los episodios de la historia colombiana se explican a la luz de la lucha entre el bien y el mal, la corrupción y la virtud, el ateísmo y la fe, sin que el contexto internacional, la crisis económica, la penuria fiscal, la paz o la guerra, tengan nada que ver con el proceso político”.

Se refiere también a las regiones colombianas, caracterizándolas con ciertos lugares comunes que no carecen de un fondo de humor. Dice de Antioquia que “a los ojos de mi padre el ancestro antioqueño era una garantía de disciplina y eficiencia”. Y de las empresas de la Costa Norte: “El lector contemporáneo podrá sorprenderse de que la mayor fortuna de Colombia tuviera su origen en un rincón de Colombia tan encantador por muchos conceptos distintos al amor al trabajo”.


Cuando López trata aspectos de mayor intimidad, consigue también apuntes de buena penetración psicológica. Una muestra es esta reflexión sobre la paternidad: “No es que los hijos les enseñen nada a los padres sino que tener hijos, formarlos, frecuentarlos, abre horizontes sobre nuestra propia personalidad, como no puede hacerlo ninguna otra de las experiencias vitales. No nos revelan nada nuevo sobre el mundo exterior, pero nos corren el velo sobre nuestro propio yo. Nuestros afectos, nuestras ambiciones, el sentido mismo de nuestra vida, en función de la sangre”.

Para terminar debo decir que estas Memorias son bastante fragmentarias e incompletas. Sería muy injusto, en todo caso, criticarle esto a una persona que ya no está entre nosotros y que al parecer no dejó sus papeles en perfecto orden. Los editores y el prologuista anuncian una segunda parte, con episodios más recientes de nuestra historia, en los que López Michelsen ya no estuvo vinculado como espectador, sino como protagonista. Es de esperarse que para esa segunda entrega tanto los herederos como los editores le hagan un favor y un honor a su ilustre progenitor: es necesario que se haga una labor seria de recopilación, ordenamiento y corrección de los papeles dejados por López Michelsen. Sería el mayor homenaje que podría hacérsele a un hombre que, en el fondo, quiso ser más un intelectual que un oligarca, y cuyo pensamiento y vida pública dejaron una huella profunda en la historia de Colombia.

El contraste entre esta publicación, tan mediocre y apresurada, con la bellísima edición que hiciera Villegas de la obra de Lleras Camargo, es una muestra clara de lo que debe hacerse y de lo que no debe hacerse con los papeles póstumos de dos ilustres ex presidentes que dominaron el difícil arte de plasmar bien las ideas por escrito.

La cruzada humanitaria de López

Durante sus últimos años de vida, el presidente Alfonso López Michelsen tuvo una obsesión: la de promover un acuerdo humanitario para lograr la libertad de los denominados canjeables en poder de las Farc. El 7 de julio de 2007, en la última columna que público en el diario El Tiempo —cuatro días antes de su muerte— propuso “un canje de concesiones humanitarias por concesiones territoriales”, refiriéndose precisamente a la postura negativa del presidente Álvaro Uribe de no ceder en materia territorial ante la guerrilla. Buscarle salidas al conflicto y acabar con la abominable práctica del secuestro se convirtieron para López en su razón de ser. Creía que el intercambio humanitario era “un imperativo ético para humanizar el conflicto”.

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