“Falsos positivos vienen desde 1984”

Antes de irse de “retiro espiritual”, el candidato Juan Manuel Santos habló de temas candentes: falsos positivos y el armamentismo de Hugo Chávez.

Juan Manuel Santos se siente ya en el umbral de la Presidencia. Los buenos resultados alcanzados en las elecciones legislativas del pasado domingo le hacen ver con optimismo los comicios del 30 de mayo, que decidirán la sucesión de Álvaro Uribe. Antes de partir hacia un retiro espiritual con sus más allegados colaboradores del Partido de la U —en el que se definirá la estrategia a seguir en estos dos meses que quedan de campaña—, Santos habló de temas candentes como su relación con el gobierno de Hugo Chávez si llega a la Casa de Nariño, de una eventual negociación con las Farc, de Íngrid Betancourt y del gran lunar durante su gestión como ministro de Defensa: los falsos positivos.

¿Le preocupa la compra de aviones y misiles que Hugo Chávez está realizando a China y Rusia?

Por supuesto que preocupa que un vecino se esté armando de esa forma. De todas maneras, hay que saber administrar las relaciones para que no exista tanta fricción. Esperamos que esas compras no signifiquen la amenaza de una eventual agresión, lo cual sería fatal para la región.

¿Le cree a Chávez cuando dice que son para la defensa?

Prefiero creer que sí, aunque no deja de ser preocupante.

Hay quienes dicen que de llegar usted a la Presidencia, las relaciones con Chávez podrían agravarse. ¿Cómo sería su relación personal con el mandatario venezolano?

Con el presidente Chávez hay que tratar de encontrar un equilibrio entre la prudencia y la diplomacia; pero también hay que tener firmeza para la defensa de la soberanía y la dignidad del país. Ese equilibrio al que me refiero tiene un común denominador: el respeto a nivel familiar, comercial y entre países. El respeto es la base de cualquier buena relación. Uno puede ser contrario a una persona, pero eso es manejable si se respeta la diferencia y la relación. Cuando pelean los gobernantes, quienes sufren son los pueblos. Yo fui el arquitecto de la integración con Venezuela, que trajo inmensos beneficios a todos y hoy soy el primer interesado en buscar las mejores relaciones con el presidente Chávez.

¿Cómo serán las relaciones con una España que quiere ser amiga de Uribe y de Chávez?

Espero tener las mejores relaciones. Soy amigo personal de los ex presidentes Felipe González y José María Aznar. Para nosotros España es un país muy importante, la inversión española es fuerte. Aspiro a que España nos considere con la misma importancia que nosotros damos a España.

¿Qué tan difícil cree que será sustituir a un presidente tan carismático y un tanto autocrático como Álvaro Uribe?

No aspiro a reemplazar al Presidente, aspiro a sucederlo. Uribe tiene su estilo, es muy trabajador, es un gran líder y ha hecho mucho por este país. Aspiro a continuar su obra de gobierno, mejorándola en muchos frentes, pero manteniendo lo fundamental: seguridad democrática, confianza en la inversión y cohesión social.

Claro que a Uribe se le achaca falta de compromiso en lo social.

Es una percepción equivocada. Basta analizar los indicadores sociales. Cuando llegó Uribe, 10 millones de colombianos pobres estaban cobijados por el régimen subsidiado de salud. Hoy hay 23 millones y medio, y pronto estaremos con el cien por ciento de cobertura para todos. Ya tenemos el cien por ciento de cobertura en educación básica y hay programas de ayuda social en diferentes frentes. Se ha avanzado mucho, pero Colombia arrastra problemas sociales muy agudos. Había que resolver primero el problema de la seguridad para poder concentrarnos en el desarrollo económico y en el aspecto social, que es lo que aspiro a hacer.

¿Ve factible que sin Uribe en la Presidencia se pueda negociar  con las Farc?

Lo veo difícil si las Farc continúan en esa tónica de actuar a través del terrorismo y del irrespeto a todos los derechos fundamentales de los colombianos. Ni el presidente Uribe ni yo hemos cerrado de pleno las puertas al diálogo, pero debe hacerse sobre bases reales y de buena fe. Estamos cansados de procesos de paz que aprovechan para tomar oxígeno.

En Colombia, cerca de 2.000 jóvenes fueron asesinados por el Ejército para después hacerlos pasar por guerrilleros abatidos en combate. ¿Qué responsabilidad le cabe a usted, como ex ministro de Defensa, y al presidente Uribe por esos crímenes?

Me gusta su pregunta. Voy a aclarar lo siguiente: quienes tomamos las decisiones que acabaron con ese problema fuimos el presidente Uribe, el comandante de las Fuerzas Militares y yo, como ministro de Defensa. Los falsos positivos vienen desde 1984. Cuando nos dimos cuenta de la magnitud del problema, tomamos la decisión de cortar con eso. Desde noviembre de 2008 sólo ha habido dos denuncias. Recalque que este Gobierno, y yo como ministro de Defensa, puso en práctica en la Fuerza Pública una política de Derechos Humanos que ha sido señalada por la ONU como ejemplo para el mundo. El Gobierno actuó con toda determinación para corregir y acabar con un  problema realmente horripilante. Fuimos los primeros en apoyar el proceso judicial para que se condenara a los culpables. Cerca de 200 militares están enjuiciados o en prisión.

¿Íngrid Betancourt ha sido ingrata con Colombia al marcharse en seguida del país tras su liberación?

Me habría gustado verla más cercana a su país después del esfuerzo tan grande que hicimos para liberarla. Usted tiene parte de razón, para los colombianos, el sabor que ha dejado Íngrid no ha sido el más grato. Tendrá sus razones, hay que respetárselas, pero me hubiera gustado verla más cercana.

¿El cautiverio de Íngrid fue su mayor dolor de cabeza como ministro de Defensa?

Fue un dolor de cabeza especial. Tenía gran amistad con ella, trabajó conmigo cuando fui ministro de Comercio, fui el que la lanzó a la política. Para mí era importante su liberación porque la presión internacional se concentró en ella. Me pareció injusto ante los demás secuestrados, como si hubieran secuestrados de primera y de segunda clase. Por fortuna, la ‘Operación Jaque’ resultó impecable.

Hablemos de las elecciones del domingo. ¿Los resultados lo catapultan a la Presidencia?

Me dan optimismo. Los votos mostraron que la gran mayoría de colombianos quiere que continúe la senda que Uribe ha venido señalando, mejorando muchas cosas, por supuesto. En lo básico no queremos cambio de rumbo. Yo encarno esa política, por eso, las elecciones abonaron el terreno para nuestra victoria en mayo.

¿En alianza con los conservadores?

Vamos a ver qué pasa en las primarias de nuestro gran aliado. Hemos dado señales de un gobierno incluyente con la elección de un vicepresidente de izquierda, Angelino Garzón. He trabajado con él mucho tiempo, tiene gran sentido de lo social, ha defendido como ningún otro colombiano los Derechos Humanos y los derechos de los trabajadores.

Uno de los partidos que dice ser uribista y que logró buenos resultados el domingo es el PIN. ¿Qué opinión le merece el hecho de que parte de sus integrantes son familiares o gente respaldada por ex congresistas presos o procesados por nexos con paramilitares y narcos?

Pues sí, el PIN surgió de una mezcolanza de partidos y políticos. Unos son buenos, otros muy malos. Hay que juzgarlos de acuerdo con sus actuaciones. En el PIN hay personas que mi partido no las habría recibido por ningún motivo. Hay que analizar caso por caso.

Por lo visto, todos los partidos tienen congresistas elegidos con apoyos dudosos, ¿es imposible que se regenere el Congreso?

El nuevo Congreso tiene mayor legitimidad. Dice mucho de la democracia colombiana que estén en la cárcel la mayoría de los elegidos con dinero del narcotráfico en el pasado.

Eso habla bien del sistema judicial pero no del legislativo...

El tema de fondo es que hay que depurar cada vez mejor los mecanismos para elegir a los candidatos. Creo que también hay corresponsabilidad del pueblo colombiano, que muchas veces elige a quien no debería estar en el Congreso.

 

 * Corresponsal para América Latina del periódico español La Vanguardia.