Suicidio: un dilema al final de la vida

Según el Instituto de Medicina Legal, los hombres entre 70 y 80 años son el grupo que mayor riesgo corre de suicidarse en Colombia. Expertos explican qué se esconde detrás de este fenómeno.

El 22 de septiembre del año pasado, en Francia, el filósofo y editor austriaco André Gorz y su esposa Dorine se inyectaron una sustancia letal para cumplir con la promesa de no separarse ni siquiera ante la muerte. Gorz cumplía 84 años y su esposa rondaba los 82. En una amorosa carta titulada “Carta a D. Historia de amor”, Gorz escribió: “Te has encogido seis centímetros y sólo pesas 45 kilos, y sigues siendo hermosa, con gracia, deseable. Hemos vivido juntos durante 58 años y te amo más que antes. Llevo en mí, en el pecho, un vacío que devora, que sólo puede llenarse con la tibieza de tu cuerpo junto al mío... si te mueres yo estoy muerto”.

Por supuesto, la historia del matrimonio suicida ocupó primeras páginas de periódicos y revistas alrededor del mundo. El amor y la lucidez en medio de la vejez y la enfermedad hacían justificable la muerte a mano propia. Valía la pena levantar el veto que suele cubrir la noticia de un suicidio.

Los psiquiatras se refieren a estos casos como “suicidios razonados”: puestas en una balanza, las razones para morir pesan más que los motivos para seguir con vida. El filósofo Émile Cioran, en un breve texto titulado “Recursos de la autodestrucción”, a su manera se refirió al asunto: “Ninguna iglesia, ninguna alcaldía ha inventado hasta el presente un solo argumento válido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, ¿qué se le responde? Nadie está a la altura de tomar sobre sí los fardos de otro”.

Por desgracia, las historias detrás de las altas tasas de suicidio entre los mayores de edad están lejos de parecerse a la de Gorz y Dorine; están lejos de los razonamientos calculados de Cioran y lejos de la sensatez de las antiguas sociedades griegas y orientales que lo entendieron como una posibilidad honorable. Por el contrario, el suicidio en la vejez se ha convertido en un difícil reto para los sistemas de salud pública.

Las personas ancianas tienen un riesgo mayor a cualquier otro grupo de completar un suicidio. Mientras la tasa de suicidio entre adolescentes es de 19,2 por cada 100.000 personas, entre los mayores de 75 esa cifra se eleva a 55,7 por cada 100.000.

Colombia no es ajena a este fenómeno. En su informe, presentado hace apenas un par de semanas, el Instituto de Medicina Legal reveló que los hombres entre los 70 y los 80 años son los que están en mayor riesgo de suicidarse. Los hombres entre 70 y 74 años tienen una probabilidad 44 veces mayor de cometer suicidio que las mujeres de la misma edad.

Si se considera que el mundo vive una profunda transformación demográfica —las Naciones Unidas estiman que ya son más de 629 millones las personas mayores de 60 años— el fenómeno del suicidio en la población mayor adquiere proporciones temibles. Eso sin pensar que para 2050, la cantidad de personas ancianas superará por primera vez en la historia de la humanidad al porcentaje de jóvenes. ¿Qué medidas tomar, qué argumentos esgrimir frente a quienes sienten que no pueden soportar la vida?

“Se trata de una población que requiere ser estudiada en detalle pues se desconocen muchos aspectos relacionados con su ocurrencia y prevención”, comenta Jorge Oswaldo González, psicólogo especializado en investigación criminal del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.


En el olvido

El geriatra y psiquiatra Rafael Alarcón sabe muy bien a qué se enfrenta: “Es una avalancha”. A su consultorio, en el Instituto del Sistema Nervioso en la ciudad de Pereira, acuden día tras día decenas de ancianos con el mismo pretexto, “me quiero morir”.

Alarcón no ha parado de insistir desde hace dos años cuando concluyó una investigación sobre la salud de los ancianos en el Eje Cafetero, en que es hora de que las autoridades tomen cartas en el asunto. “El anciano es el gran maltratado por la seguridad social, más del 75% de ellos en una ciudad como Pereira no tienen seguridad social”, dice Alarcón.

Explica que no se trata de suicidios espectaculares, como lanzarse de un puente o dispararse. La mayoría son suicidios silenciosos, bien sea por ahorcamiento, envenenamiento o por abandono de los medicamentos que deben tomar. “Tenemos que aprender a envejecer exitosamente. Eso se aprende desde la niñez”, advierte Alarcón.

De acuerdo con autopsias psicológicas, entre el 71 y el 95% de los suicidas mayores de edad padece algún trastorno psiquiátrico. El más común es la depresión. Dependencia del alcohol y otros desórdenes mentales son comunes aunque en mucha menor proporción. Esto ha hecho pensar a investigadores del Mercer´s Institute for Research of Ageing, en Irlanda, que si “se monitorean y controlan los desórdenes mentales en la población adulta, el 74% de los suicidios podría prevenirse”.

Carmenza Ochoa de Castro, directora de la Fundación pro Derecho a Morir Dignamente coincide con ellos en que con medidas sencillas, como escuchar y atender las necesidades de los mayores, podrían evitar muchos suicidios. Recuerda el caso de una mujer que llamó solicitando que la ayudaran a morir: “Tenía una insuficiencia respiratoria, vivía conectada a un tanque de oxígeno y cuando su familia decidió acomodarla en el cuarto de atrás de la casa perdió las ganas de vivir”. Fue suficiente una charla con la familia y reorganizar los espacios de la casa para que la señora recuperara los deseos de seguir con vida. “También llama gente que no quiere seguir viviendo por algún dolor. Lo que no saben es que hoy existe una gran cantidad de medicamentos para hacer tolerable casi cualquier dolencia”, apunta Carmenza.

Pero al margen de las razones personales que esconde cada suicidio, existen factores sociales que dificultan la vida estas personas. La sociedad apenas empieza a descubrir que está envejeciendo y debe reestructurar sus políticas y rediseñar sus ciudades.

Las viviendas y el espacio público, por ejemplo, no están hechas para ancianos. Según cálculos del geriatra Germán Guevara, de la Universidad de Caldas, “un anciano en Colombia camina a una velocidad de 0,65 metros por segundo, cuando los semáforos peatonales están programados para personas que caminan al menos a 1,2 metros por segundo”. Algo similar ocurre con las puertas de los ascensores. Circunstancias sutiles que reflejan el olvido al que se someten a los viejos. De hecho, en Estados Unidos ya se comercializan automóviles diseñados para personas con artritis, con sistemas de encendido que no necesita llaves.

Claudia Posse, gerente de una empresa en Bogotá dedicada a ofrecer entretenimiento a personas mayores, como cursos de yoga, pilates, pintura o filosofía, cree que “somos una sociedad que no valora a los mayores. En Colombia la gente le tiene miedo a envejecer, por eso tantas cirugías plásticas, el consumo de viagra, las tinturas para las canas”.

Ocultar la vejez no parece una buena salida. De hecho, prolongar la expectativa de vida ha sido uno de los grandes logros de la humanidad. Desde el Imperio Romano hasta el siglo XIX, como lo señala Enrique Vega, asesor de Envejecimiento y Salud de la Organización Panamericana de la Salud, tan sólo ganamos siete años en la expectativa de vida. En el siglo XX se produjo una revolución en la longevidad y se elevó en 30 años el promedio de vida. Todos los expertos coinciden en que la tarea es descubrir la manera de disfrutar esa conquista.

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