Bandera color esperanza

Bogotá fue el epicentro de las marchas por la liberación de los secuestrados y las celebraciones del Día de la Independencia.

Atado de pies y manos caminó el domingo en la mañana durante más de dos horas un hombre que dijo llamarse Juan Carlos Muñoz. Había llegado por la carrera séptima a la calle 72, con los pies descalzos y unas cadenas que sonaban con cada paso. Gritaba y gritaba, como si quisiera que el último rincón del mundo contuviera su clamor. Lo hacía intentando sentir lo que algunos cautivos padecen en las selvas del país, prácticamente desde hace 40 años. Esto lo vivió el domingo durante la marcha por la paz y la libertad de los secuestrados. “Cómo vivirán los secuestrados, cerca a los peligros de la muerte, no es justo que estén pasando por eso”,  afirmó, recordando y enlazando los traumas del secuestro con  una picadura de serpiente por la que casi muere en la mina donde trabajó desde muy niño casi toda su vida. 

Ésta fue una de las miles de historias que se reunieron el domingo en la mañana en la calle 72 con Carrera Séptima, y que hacían parte de las marchas organizadas en todo el mundo. Con motivo de  los 198 años de la Independencia, se pedía por la paz y la liberación de los que aún se encuentran secuestrados.

Para éste y todos los puntos de Bogotá, los dispositivos de seguridad empezaron desde muy temprano. Decenas de guardias revisaban alcantarillas, rincones, bolsas, antejardines y demás, completando sus requisas con la labor de perros antiexplosivos.

Todo esto con el fin de prestar seguridad y apoyo a los organismos de control para que la marcha se llevara a cabo con la mayor seguridad, mientras se disfrutaba de miniconciertos de agrupaciones locales como Vinz de Gar, una de las bandas que amenizaron por un par de horas la estancia en este punto de encuentro.

A las 12 m., luego de un breve y emotivo silencio, sonó el Himno Nacional. Pocas veces se oyó a tanta gente entonarlo de una forma tan sentida. Comandados por las voces de Valeriano Lanchas y Martha Senn, y con el acompañamiento de la Orquesta Filarmónica, se dio inicio al Gran Concierto Nacional.

El Parque Metropolitano Simón Bolívar era una marea humana de camisetas blancas y sombreros ‘vueltiaos’. Uno a uno, los artistas fueron subiendo al escenario. Primero mi Tía, Doctor Krápula, Totó La Momposina, Aterciopelados; todos gritaban arengas y consignas por la libertad de los secuestrados, por el final de la guerra. Lo que había en la plaza de eventos del parque era una manifestación en pro de la concordia y del entendimiento. 

Entre las muchas personalidades que merodeaban tras bambalinas se encontraba el profesor Moncayo. Para él lo que sucedió el día domingo debe interpretarse como un símbolo, como un llamado a la cordura, al diálogo, a la mediación. El arte, como siempre, fue al rescate de los hombres. En medio de los presupuestos de la guerra, de las operaciones militares, la ciudad se puso la camiseta para cantar, para pedir con himnos y poesía el final de una guerra que debe ganarse con ideas, no con balas.

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