“Tengo fe en una salida negociada”

Monseñor Luis Augusto Castro, máximo vocero de la Iglesia, es optimista porque el número uno de las Farc, ‘Alfonso Cano’, opte por la salida negociada al conflicto interno armado. Además, dijo que en un siglo “seguiremos hablando de la Iglesia Católica”.

No es un obispo de catedral, es un misionero de La Consolata. Lo conocí en 1997 en San Vicente del Caguán. Estaba en una calle del pueblo, hablándole a un corrillo de feligreses. Tenía botas de caucho, acababa de regresar de una de sus travesías río abajo, selva adentro, donde encomendarse a Dios es el único paliativo contra la guerra y la pobreza.

Me impresionó que los campesinos no le hablaban con el respeto reverencial que infunden los prelados, sino como a un amigo. Lo han visto en la región desde los años 70, cuando llegó como vicepárroco de la catedral de Florencia. Por su compromiso con la educación, lo exaltaron rector de la Universidad de la Amazonia, lo convirtieron en su vocero y defensor. En 1986, cuando se creó el Vicariato del Caguán, asumió como el primer obispo, inamovible hasta 1998. Fue el gestor de la llegada de cuatro universidades más al Caquetá; creó una ciudadela juvenil para que 200 muchachos se dedicaran a proyectos de desarrollo sostenible, los salvó de ser reclutados por guerrilleros o narcotraficantes; también le atribuyen el montaje del Centro de Investigación y Formación Amazónica, las granjas familiares ganadoras del Premio Nacional de Paz, la construcción de un seminario menor y de una red de educación a distancia para campesinos adultos. Durante esos 12 años promovió los diálogos de paz entre las Farc y los gobiernos de turno. Es el único jerarca de la Iglesia que logró que la guerrilla devolviera en 1997 a 70 militares que había secuestrado durante la toma a la base de Las Delicias.

Hace rato no se pone las pantaneras, porque desde 2005 es el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia. Pero las tiene listas por si su presencia en la selva, o la de su mano derecha en temas de paz, el padre Darío Echeverri, es necesaria para liberar secuestrados o mediar entre el Estado y los grupos armados ilegales. Ahora lo encuentro en su austera oficina emocionado por varias noticias. La primera: el Centenario del Episcopado, que se celebra hoy martes. La segunda: acababa de recibir dos mensajes del Vaticano, uno confirmando la visita del cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de los obispos del mundo, y otro un saludo del Papa Benedicto XVI, que será divulgado hoy en video. Durante la celebración también publicará un libro de 280 páginas que resume el último siglo de la Iglesia colombiana. Un momento ideal para hacer balances.

El Espectador: ¿Qué significa que la Conferencia Episcopal cumpla 100 años de creada?

Luis Augusto Castro.- Una fecha para poder mirar atrás y darse cuenta de lo que se ha hecho; descubrir los valores que se han promovido en todo este tiempo, cien años de crecimiento de servicio a Colombia, de construcción de comunidades cristianas.

¿En qué ha cambiado la Iglesia Católica desde 1908?

Hace un siglo el arzobispo de Bogotá era monseñor Bernardo Herrera Restrepo y junto con él había otros tres arzobispos, más cuatro obispos y tres vicarios. Eran apenas siete diócesis. Hoy contamos con 93 obispos en ejercicio y 76 diócesis.

¿Cuántos católicos hay?

Hace cien años estaban muy dispersos y había que viajar muchas horas para atenderlos, porque ni siquiera había presencia del Estado. Hoy podemos hablar de un 95 por ciento de católicos, es decir, unos 40 millones.

Pero se habla de crisis de fe...

En 1908 se tenía la idea de que Colombia debía ser toda ella únicamente católica, hoy tenemos un pluralismo religioso muy amplio. Creo que hay una crisis en la Iglesia, pero no de las magnitudes que se quieren presentar. Efectivamente necesitamos reforzar la fe de los católicos, porque antes vivíamos en un mundo rural donde el católico no era desafiado por una serie de movimientos culturales e ideologías que generan confusión.


¿Habrá católicos en un siglo?

Dentro de un siglo seguiremos hablando de Iglesia Católica, con características muy diferentes a las de ahora, aunque con la misma fidelidad a Jesucristo como en 1908, y hoy seguimos igual.

¿En qué han cambiado para adaptarse a esta época?

Es que el problema es que no queramos adaptarnos a esta época que quiere relativizar los valores, el valor de la vida por ejemplo. Si nosotros cedemos quiere decir que aceptamos, por ejemplo, el aborto, la eutanasia, que se destruya la familia, todo lo que va contra la vida. Y, al contrario, hay que estar en contra de todo eso.

¿Pero en qué sí pueden flexibilizar esa doctrina?

Si un grupo quiere celebrar la misa de otra manera, pues que la celebre de otra manera, a veces hay crisis familiares, entonces que se estudie si esos matrimonios son válidos y si no lo son se acepta la anulación, eso era más difícil en el pasado.

¿Y el matrimonio homosexual?

Eso no. Para la Iglesia la familia la compone hombre y mujer, no de otra manera. Uno puede aceptar hasta que si dos personas quieren hacer una sociedad libre para vivir juntos, bueno, pero no llamarlo familia, tanto menos aceptar que adopten niños que no van a tener un papá y una mamá como se debe.

El escritor Fernando Vallejo dice que por eso la Iglesia se quedó en el oscurantismo, en la ostentación de poder. ¿Qué opina?

Es la expresión de un corazón amargo, lleno de furia, que no es objetivo. Que sólo estamos buscando el poder, muéstrenme dónde está ese poder.

Claro que la Iglesia es poder...

¿Un poder para qué? Para servir, no es un poder económico ni político.

Económico, sí, es evidente.

Que nos lo demuestren porque no es así. Cualquier corporación tiene mil veces más que lo que tiene la Iglesia. Lo que pasa es que hay gente que vive de prejuicios como este señor Vallejo.

Él dice estar documentado sobre la corrupción religiosa de este tiempo. ¿Ustedes lo han invitado a oír su versión?

Lo que pasa es que Fernando Vallejo ni siquiera vive en Colombia, ni siquiera quiere ser colombiano. ¿Cómo se acerca uno a él? No escribe sólo contra la Iglesia, sino contra todo.

¿En qué año se ordenó usted?

 En 1967.

¿Cómo era ser sacerdote entonces y cómo es serlo ahora?

Un sacerdote tenía mucha ascendencia en la sociedad. Hoy es mucho más difícil ser sacerdote.


Entonces estaba en boga la Teología de la Liberación...

Sí, pero más allá de la Teología de la Liberación la gente quería salir adelante, progresar, y yo busqué ser un factor como profesor y como sacerdote, no de otra manera. Eso de la teología lo llevaba a uno a un fuerte compromiso social con los pobres, con los marginados. Hoy el sacerdote, sin dejar de estar comprometido con los pobres, tiene un mayor compromiso con lo que es la fe, la liturgia. Por eso le insisto a mi clero que recuerde la acción por los pobres, por la justicia, que no se encierren sólo en la preocupación pastoral, porque hoy ese acento es débil.

Otro énfasis de hoy es la paz.

Sí, porque antiguamente la mentalidad era que ese es un asunto del Estado y del Ejército.

¿Pacifista desde cuándo?

Siempre, pero con mayor intensidad cuando volví al Caquetá como obispo del Caguán. Había vacío de Estado, la guerrilla quería llenarlo siendo la autoridad y lo era al punto que si uno le preguntaba a un niño: ¿tú qué quieres ser cuando grande? Contestaba: guerrillero. Había un vacío económico y se llenó desgraciadamente con la coca.

¿La guerrilla quiso someter también a la Iglesia?

No, la guerrilla no se atrevió a condicionarnos. Se dialogaba con ella y respetaba porque veía el trabajo que hacíamos con la gente.

¿Lo atacaron alguna vez?

Hubo momentos muy difíciles. En una ocasión secuestraron a un grupo de políticos y a otras personas en la carretera entre Florencia y San Vicente. Me pararon y me dijeron: “Monseñor, párese que no lo llevamos”. Yo les dije: más bien que llevarme, entréguenme a los que ya tienen. No me secuestraron y a los dos días liberaron a todos los secuestrados con la orden de presentarse donde el obispo. Después tuve muchísimos encuentros con ellos.

¿En estos momentos la Iglesia sigue siendo mediadora de paz?

Claro, porque la paz está entre nuestros mandamientos de amor. Aun cuando esto les duela a Vallejo y a otros, la gente al ver el compromiso, la rectitud, la capacidad de diálogo, la imparcialidad de la Iglesia, nos tiene confianza.


¿Esta es época de bajo perfil?

Estamos trabajando como nunca en este tema, lo que pasa es que hay momentos en que por respeto a los familiares de los secuestrados, por respeto a los secuestrados, no podemos ir a los medios de comunicación a decir tonterías. Hay momentos en que hay que proceder calladamente. Estamos en un momento en que las Farc están tratando de reorganizarse después de los golpes tan violentos que han tenido y entonces no ha sido fácil encontrarse con ellos.

¿Tiene luz verde del Gobierno?

¡Claro!

¿Y de parte de la guerrilla?

Raúl Reyes no quería hablar con nosotros, pero ahora que hubo un cambio en la cúpula esperamos que sea más fácil dialogar.

¿Conoce a ‘Alfonso Cano’?

Sí lo conozco, pero nunca hablamos. Lo conocí después de que llegó a un pueblito del Caquetá que se llama Santana. Yo estaba ahí de casualidad y él llegó en un helicóptero del Gobierno que lo llevó por un compromiso durante unos diálogos de paz. En esa misma zona había encontrado a los demás; con Marulanda hablamos varias veces, con Joaquín Gómez y con otros, incluido Raúl Reyes.

¿Tiene fe en que se restablecerán los contactos de paz?

Tengo fe en que estas personas, universitarios que tienen capacidad de entendimiento de la situación que están viviendo, opten por la salida dialogada al conflicto y entonces abran puertas para un encuentro con el Gobierno.

¿Cómo evalúa la mediación en el caso de los paramilitares?

Ha sido muy positivo. Nuestros obispos llegaron donde los paramilitares como pastores de la Iglesia y los pusieron contra la pared a punta de Evangelio. Eso fue así. Fueron dialogando con ellos hasta llevarlos a la convicción de que lo más indicado era dejar la guerra, entregar las armas y seguir el proceso de justicia y paz. Últimamente algunos de ellos, los que fueron extraditados, dijeron que les habíamos dado la espalda. ¿Por qué dicen eso? No sé, pero muchos de ellos dejaron las armas y siguieron haciendo por debajo sus cosas horrorosas.

¿Cree que hubo verdad, justicia y reparación?

No se puede decir que se logró totalmente, porque muchos no cumplieron su palabra, otros nunca se desmovilizaron, están las ‘Águilas Negras’, pero es un hecho que muchos sí aceptaron hablar, decir la verdad de sus crímenes, de los muertos, de las fosas, de tantas cosas que cometieron que el mundo urbano jamás se soñaba. Para muchas familias que tuvieron en su corazón ese interrogante de dónde estará nuestro ser querido hubo una respuesta. Les entregaron dos huesos y pudieron cerrar el ciclo del duelo.

¿Qué falta?

Que la verdad siga purificando, así sea en medio de cosas dolorosísimas como las de la política. Soy optimista con lo que está pasando en el país, porque es un proceso de purificación lo que está teniendo lugar, no es la destrucción de las instituciones. Y eso nos facilita el avance hacia la paz.