Herederos de la seguridad democrática

Almirantes y generales de la cúpula militar compartieron inquietudes sobre Colombia. Además de apoyo judicial, piden una reflexión sobre la necesidad de que el valor de la vida empiece en la familia.

Alcanzaron su primer grado de oficiales promediando los años 70, cuando Colombia empezaba a sufrir los estragos del fuego cruzado de la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico. Se curtieron en los fragores de la guerra cuando la violencia de los años 80 dejó la secuela de la masacre y el terror. Su dedicación y estudio les dio el mando y su formación en inteligencia fue clave en los retos de los años 90. Hoy integran la cúpula de las Fuerzas Militares que heredó la seguridad democrática y busca complementarla con la hora de la justicia.

El almirante Édgar Cely, los generales del Ejército Gustavo Matamoros y Alejandro Navas, el almirante Álvaro Echandía, el general de la Fuerza Aérea Julio Alberto González y el general de la Policía, Óscar Naranjo. Seis oficiales con edades afines que crecieron descifrando las entrañas de las Farc y el Eln, o se hicieron expertos desmantelando carteles de la droga, y ahora los une el destino para fortalecer “un esquema integral de componentes militar, político, económico, social, informacional y jurídico con un mismo objetivo: seguridad”.

Esta semana pasaron por El Espectador para comentar sus expectativas, y en sus propios despachos complementaron a este diario su idea de consolidar una fuerza común al servicio de la sociedad. Un ideal que comienza preservando exitosas experiencias de trabajo conjunto e información compartida, como la Fuerza de Tarea Omega creada en 2003 con eficaces resultados operativos contra la guerrilla y que pasa por el simple detalle de actualizar su conocimiento de los distintos frentes de la nueva tecnología y la acción militar.

La compleja geografía del país vista desde la mirada topográfica de los avezados pilotos; o desde un buque nodriza abriéndose paso por el río Atrato enmarcado en la selva chocoana. En centros urbanos conociendo los desafíos de la Policía en los recovecos de la calle; o en los terrenos del combate donde las tropas avanzan eludiendo celadas. Almirantes y generales   decididos a unirse y promover esa dinámica entre sus subordinados porque saben que su enemigo hace lo mismo y en los vasos comunicantes del delito, el crimen se asocia.

Las pruebas abundan en las alianzas que en algunas regiones del país concretan la guerrilla y el narcotráfico; o en otras unen a bandas criminales con traficantes de armas. Por eso la nueva cúpula sabe que sumar especialidades es el principio del éxito. Y en este escenario, la mayoría por no decir todos, los generales y almirantes que hoy lideran a las Fuerzas Armadas tienen una virtud en común: son expertos en inteligencia, buena parte de sus logros se deben a sus estrategias y análisis, y esa certeza les ha permitido operaciones acertadas.

El almirante Cely fue el jefe del estado mayor conjunto de la Fuerza de Tarea Omega; el almirante Echandía, el oficial que planificó toda la operación que desterró a las Farc de la zona de los Montes de María en Sucre y Bolívar; del general Naranjo se conocen sus acciones desde que capturó a los Rodríguez Orejuela hasta que puso tras las rejas a alias Don Mario ; el general Navas lleva 38 años tropeando como soldado; el general Matamoros nació para ser general como su padre; y el general González conoce a Colombia como la palma de su mano.

En el frente o en la retaguardia, aportando información o ultimando detalles, unos y otros aportaron en las operaciones Jaque y Camaleón, que con mucha inteligencia e intrepidez operativa, en 2008 y 2010, propinaron duros golpes militares y de opinión a las Farc y probaron que era posible rescatar secuestrados sin disparar un tiro. Sin bajar la movilidad de las unidades ni sacrificar asesoría externa, esa es la medida de lo que buscan seguir desarrollando. Después de recuperar territorios y arrinconar a las Farc, la prioridad son las capturas.

El objetivo principal son los miembros del secretariado de las Farc, pues saben en qué región transitan y cómo se mueven, pero también entienden la dificultad de llegarles, pues operan en intrincadas zonas que dos o tres generaciones de guerrilleros han aprendido a conocer hasta en sus subterfugios más ocultos. Es una ofensiva con más inteligencia que despliegue armado, aislando sus anillos de seguridad o detectando a sus enlaces, ante lo cual es necesario agregar a su labor el componente estatal que hoy necesitan con urgencia: la justicia.

Entre el síndrome de los falsos positivos, que le ha causado un enorme daño a la institución militar, y la exigencia de capturar como hoy lo ordena un Estado garantista en derechos humanos, los nuevos integrantes de la cúpula de las Fuerzas Armadas tienen claro que la validación de sus logros está íntimamente relacionada con la eficacia del Poder Judicial. “Hace ocho años, en cada pueblo nos pedían que volviera la Policía o el Ejército, hoy nos reclaman fiscales y jueces”, comentó el almirante Cely.

Las razones se multiplican en ejemplos. “Muchas veces capturamos milicianos o integrantes de las redes de apoyo de la guerrilla o de las bandas criminales, pero después hay enormes dificultades para sustentar esas aprehensiones ante los jueces de garantías. En otras ocasiones, los oficiales que están en operaciones llegan a los pueblos preguntando con premura dónde encontrar a los jueces, y resulta que no hay. Sin una justicia pronta hasta el último rincón de Colombia, a veces nos sentimos cojos”, agregó el general Matamoros.

En esta misma temática y con tono de denuncia, almirantes y generales recalcaron que la ausencia de fiscales y jueces permite a la guerrilla y a quienes la apoyan manipular circunstancias creando falsas informaciones. “Tenemos grabaciones que prueban cómo en momentos en que desarrollamos operativos contra las Farc, sus mandos medios dan instrucciones a su gente para que se comuniquen con la radio o la prensa y denuncien que el Ejército está bombardeando zonas de civiles con niños”, insistió el almirante Cely.

La falta de fiscales y jueces en regiones apartadas del país, donde aún se mueve la guerrilla o se atrincheran las bandas criminales, es una debilidad del Estado. No siempre es posible capturar en flagrancia y ese aspecto constituye un talón de Aquiles en la estrategia de seguridad de las Fuerzas Armadas. Por eso, almirantes y generales creen que la verdadera consolidación de la seguridad democrática es abrirle paso a la justicia y ellos están dispuestos a blindar su presencia. “La guerra jurídica empieza cuando la justicia está ausente”.

No es tarea fácil y tampoco el accionar militar depende completamente de lo que haga la justicia. Analistas como el director ejecutivo de la corporación Nuevo Arco Iris, León Valencia, han advertido que, a pesar de los duros golpes que han recibido en los últimos años, las Farc han logrado reactivar algunas estructuras urbanas y rurales en Cauca, Nariño, el Bajo Cauca o la frontera con Venezuela. La nueva cúpula militar reconoce que el triunfalismo es un error tan grave como dejarse inmovilizar por el eco de los falsos positivos.


La operatividad es la respuesta. Y en esa materia la presencia de un oficial como el general Alejandro Navas al frente del Ejército es determinante. Pocos oficiales tienen tanta experiencia en combate como este monteriano con más de 50 condecoraciones por mérito militar. Jefe de Operaciones del Comando General de las Fuerzas Militares, comandante de la Fuerza de Tarea Omega, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra). Si alguien hoy representa a la tropa y cuenta con su respaldo y respeto es Alejandro Navas.

Aunque estuvo ausente en la cita con El Espectador, porque estaba fuera del país, sus compañeros de cúpula no se cansaron de elogiarlo. “La tropa lo admira y eso es fundamental en un ejército”. “Su espíritu de lucha es un ejemplo y desde su grado de subteniente lo prueba”. “Me consta cómo hace algunos años un general la emprendió contra un grupo de soldados en situación apremiante y Navas, quien en ese tiempo no era general, se abrió la camisa y enfrentó a su superior diciendo: Estamos poniendo el pecho. Yo respondo por ellos”.

Navas está en lo suyo. Lo prueban sus especialidades: avanzado de Infantería, paracaidista, lancero, regular de comandos, comandante terrestre. En pocas palabras, el teatro de operaciones. Y ese es otro aspecto crucial en el presente. La era Uribe dejó el Plan Patriota y el Plan Consolidación que le hizo entender a la sociedad que el monopolio de las armas pertenece al Estado. Un objetivo que ahora quiere complementarse con operaciones envolventes en aquellos focos donde la violencia subversiva se quiera volver a expandir.

“Llevamos 30 años oyendo a las Farc, pensando en las Farc, combatiendo a las Farc. Conocemos de memoria la historia de Marulanda, del Mono Jojoy, de Alfonso Cano, de Timochenko, ahora nos toca cogerlos”, manifestó el general Matamoros. Una convicción que nace de una necesidad generacional. Son muchos años de violencia guerrillera, paramilitar o narcotraficante, y Colombia merece recobrar su seguridad y crecer en paz. La nueva cúpula militar está dispuesta a darlo todo porque ese día esté cerca y se cierre un ciclo histórico.

Pero las amenazas no sólo provienen de la guerrilla. El narcotráfico es otro desafío mayúsculo. Un curtido enemigo de los carteles de la droga lo sabe y hoy está al frente de la Armada. Es el almirante Álvaro Echandía, un antioqueño que se volvió experto en inteligencia y tiene claro dónde están los enclaves en que la mafia se expande. Jefe de Inteligencia Conjunta de las Fuerzas Armadas, Jefe de Inteligencia Naval, conoce las rutas, los comportamientos, las complicidades, sabe que el narcotráfico es el combustible que mueve la guerra,

En Urabá, en el Bajo Cauca, en el Pacífico, en la frontera con Venezuela y en esas y otras áreas asume que la vigilancia tiene que ser tan sigilosa como extrema. La misma medida con que entendió que después del fracaso de los diálogos de Andrés Pastrana y las Farc, la enmarañada zona de los Montes de María había quedado a merced de guerrilla y paramilitares. A ambos los penetró, los supo enfrentar y terminó por desterrarlos. El reino de alias Martín Caballero se acabó y los paramilitares Juancho Dique y Diego Vecino pasan apuros judiciales.

Conoce tanto de inteligencia como el comandante de la Fuerza Aérea, general Julio Alberto González, sabe de regiones. Escucharlo hablar es comprender la geografía de un país con demasiadas zonas impenetrables. Explica por qué Caucasia es estratégica para la paz o el narcotráfico. Define cada recodo del Magdalena Medio como evaluando una vereda. Describe la Serranía de San Lucas, analiza cuáles son los corredores fluviales por donde crece la guerra. Es un hombre del aire, pero parece un cartógrafo.

Ambos oficiales sostienen que la radiografía del país y la evaluación de sus áreas representan un inventario indispensable. Por eso saben que las Farc regresaron a sus territorios ancestrales. Donde nacieron volvieron. Y el Cañón de las Hermosas en el Tolima, la región de El Pato en el Huila, el norte del Cauca o el área montañosa del Meta, siguen siendo los refugios del secretariado y sus protectores. “Pero están metidos debajo de la tierra y sólo con paciencia y disciplina es posible ubicarlos”, resaltan al unísono almirantes y generales.

El otro ausente de la cita con El Espectador fue el comandante de la Policía, general Óscar Naranjo, por estos días ocupado en responder al reto del momento: la violencia de las bandas del narcotráfico que en Medellín, Córdoba, Meta o Valle buscan restablecer su poder de antaño. Pero no sólo es el narcotráfico. Hoy se advierte un renacimiento del sicariato y la multiplicación de la extorsión hasta sectores sociales poco tocados. El modelo de las oficinas de cobro de los tiempos de Escobar Gaviria o Don Berna con nuevos protagonistas del delito.

La violencia urbana que no es un fenómeno exclusivo de Colombia, pero que golpea con fuerza en las ciudades. El general Naranjo advierte que la Policía y los alcaldes no pueden solos enfrentar el desafío, pero también reconoce que su deber es encararlo. Sin embargo, como sus colegas del Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea, pide el respaldo de la justicia. No sólo para acoger las evidencias que pueden llevar a prisión a los responsables de la violencia, sino para dar ejemplo a una sociedad que tiene que unirse en defensa de la vida.

“Esto empieza desde la familia, desde la casa, y Colombia tiene que entenderlo”, insistió el general Naranjo. Y su reclamo es sensato. La población es mayoritariamente urbana y la seguridad ciudadana no puede limitarse a que la Policía vigile, capture y reprima. La clase política también tiene responsabilidades, lo mismo que los empresarios. En el fondo la sociedad colombiana exige un cambio de mentalidad para reconciliar y enfrentar el crimen. Al general Naranjo le corresponde ese liderazgo, pero él reclama un debate abierto para que la labor sea colectiva.

Son reflexiones de la nueva cúpula militar que hoy acompaña al gobierno de Juan Manuel Santos. Asumieron el 7 de agosto y ya tienen claro su norte específico: no bajar la guardia. En tiempos de la seguridad democrática, el país aprendió por qué el monopolio de la fuerza es un deber del Estado.

Hoy es una premisa social que requiere otra conquista: que el poder judicial haga presencia en todo el territorio. Como lo advirtió hace un año el magistrado de la Corte Suprema, Francisco Javier Ricaurte, habrá seguridad hasta que en el último municipio del país haya un juez de la República.

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