Las razones militares

Con acciones de Estado, las Fuerzas Militares revirtieron curso de la guerra contra las Farc. Inteligencia, la clave de hoy.

Hace 12 años, en la agonía del gobierno Samper, con letales ataques a bases militares en el sur del país, y alarmantes saldos de oficiales, suboficiales y soldados muertos, heridos o secuestrados, la sociedad tenía la sensación de que las Farc estaban logrando sus objetivos. Hoy, con acciones como las operaciones ‘Jaque' y ‘Camaleón' o la que acaba de dar de baja al jefe militar de las Farc, Víctor Suárez o Mono Jojoy, esa misma sociedad empieza a creer en el ocaso de la guerrilla.

¿Cómo se logró este cambio radical? Las Fuerzas Armadas, mediante acciones como la ‘Operación Centauro' en 1990, la ‘Operación Casa Verde' a finales del mismo año y las operaciones ‘Destructor Uno' y ‘Destructor Dos' a partir de 1996, ya habían identificado una prioridad: tarde o temprano el desenlace de la guerra se iba a concentrar en los territorios de retaguardia de las Farc, es decir, los mismos donde nació y se desarrolló a partir de 1964.

Una realidad en evidencia a partir de 1998, cuando las Farc, a la hora de responder a las propuestas de diálogo del gobierno de Andrés Pastrana, exigieron la desmilitarización de 42 mil kilómetros cuadrados en ese territorio ancestral: una vasta zona entre los departamentos de Caquetá y Meta. Pero simultáneamente el gobierno Pastrana, al firmar la estrategia de cooperación con Estados Unidos llamada Plan Colombia, también concluyó que era en esa área geográfica donde estaban las prioridades.

Cuando cayó el telón del fallido proceso de paz entre las Farc y el gobierno Pastrana en 2002, ya las Fuerzas Armadas habían sido sometidas a una profunda reingeniería que modernizó su estructura, mejoró su capacidad de acción y amplió sus operaciones antinarcóticos. Además, ya era claro dentro de la Fuerza Pública que Colombia estaba enfrentando una guerra asimétrica de componentes subversivo, terrorista y narcotraficante, y que debía responder en consecuencia.

Sólo faltaban los componentes político y económico para enfrentar a las Farc como un cuerpo de combate integral. Y este agregado cobró forma en la denominada política de seguridad democrática, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe. Además del recurrente discurso presidencial, el pie de fuerza aumentó en el 40%, el gasto en defensa triplicó su porcentaje en el PIB, se fortalecieron las inversiones en inteligencia técnica y se incrementó la cooperación entre las Fuerzas Militares y la Policía.

Este revolcón militar se canalizó después en el llamado Plan Patriota, que se inició en 2004 en Caquetá, Guaviare y Putumayo, con un objetivo definido: atacar directamente a la cúpula de las Farc. Con asesoría externa al más alto nivel y una infraestructura que pronto se expresó en siete batallones de alta montaña, 18 batallones de Fuerzas Especiales y el regreso de la Policía a todos los municipios del país, inicialmente con 18 mil hombres, el Estado entró a combatir a las Farc en sus territorios de influencia.

Aunque el plan incluyó despliegue militar en todo el país para enfrentar los 64 frentes de guerra de las Farc, el énfasis del Plan Patriota fue el sur del país. Y en esa zona se fueron agregando varios componentes determinantes a la hora de la guerra. Especialmente la Fuerza de Tarea Conjunta Omega, que por la misma época probó que la fusión militar terrestre, aérea y fluvial, más la adecuada inteligencia, tarde o temprano iba a dar los frutos que estaba esperando la sociedad.

La Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra) y las brigadas móviles, que ya venían de años atrás, al igual que los batallones de alta montaña, también sumaron en las operaciones conjuntas. El gobierno Uribe demostró en la práctica que sólo la operación sostenida y la unión de esfuerzos de los distintos componentes militares podía garantizar el éxito en la guerra. Esta acción produjo el repliegue de las Farc, tratando de adaptarse a sus viejos métodos guerrilleros.

Pero la decisión de Estado entró en una nueva fase: el Plan Consolidación. Y una vez fortalecida la movilidad terrestre, marítima, fluvial y aérea, con 525 aeronaves entre helicópteros y aviones, cuatro fragatas, dos submarinos y 39 vehículos blindados, entre otros equipos, el siguiente paso fue robustecer la inteligencia y las redes de informantes y desertores. Ubicados los jefes guerrilleros y sus segundos, era cuestión de esperar, persistir y adecuar el momento preciso para dar los golpes.

Lo que ha venido sucediendo desde 2007 es el producto del acumulado en más de una década. El Negro Acacio, Martín Caballero, el Negro Antonio, Domingo Biojó y el Mono Jojoy, capturados o abatidos, entre otros, constituyen una evidencia de que la guerra puede ganarse. Y las Farc lo han sentido en toda su dimensión. Hoy sus comunicaciones están bloqueadas y aunque han logrado reactivar algunas estructuras urbanas y rurales, viven su momento más crítico en los 46 años que llevan haciendo la guerra en Colombia.

El conflicto armado aún no concluye y seguramente falta tiempo para alcanzar una victoria militar o una paz negociada. Tratándose de una guerra asimétrica, siempre es posible esperar que los coletazos del terror, el secuestro o las alianzas con el narcotráfico sigan causando estragos. Pero las Fuerzas Militares han demostrado lo que pueden hacer cuando el Estado y la sociedad los respaldan. Y por ahora la guerra seguirá concentrada principalmente en Caquetá, el Meta o el sur del Tolima, donde nacieron las Farc y buscan un segundo aire.

¿Qué es la Fuerza de Tarea Omega?

Creada en los inicios de la política de seguridad democrática en 2003, la Fuerza de Tarea Omega es una unidad especializada de las Fuerzas Militares que, con un aproximado de 21.000 hombres en sus filas, fue concebida para perseguir a los históricos comandantes guerrilleros de las Farc en el sur del país y a los grupos de narcotraficantes que se mueven en los departamentos de Meta, Caquetá y Guaviare. Por medio de estrategias terrestres, aéreas y fluviales, la Omega ha planeado y llevado a cabo operaciones de gran dificultad, como el rescate de 15 secuestrados en manos de las Farc, entre ellos Íngrid Betancourt, en la aplaudida ‘Operación Jaque', el 2 de julio de 2008, y el rescate de cuatro miembros de las Fuerzas Armadas en la espesura de la selva del Guaviare, entre los que estaban el general Luis Mendieta, dos coroneles y un sargento, el 13 de junio pasado en la ‘Operación Camaleón'.