En ‘Sodoma’ con ‘Jojoy’

Reconstrucción de una travesía a bordo de la Toyota Prado robada en la que se movilizaba en La Macarena.

—Yo los acerco a La Macarena.

El ofrecimiento nos lo hizo el Mono Jojoy antes de subir a una camioneta Toyota Prado último modelo —robada en Bogotá, según nos confesaría una de sus escoltas—. Anochecía en el caserío del Alto Morrocoy, selvas del Yarí. Premeditadamente habíamos aceptado el último turno de la maratón de entrevistas que el jefe militar de las Farc dio a la prensa aquel 4 de julio, “Día de la Independencia de los gringos”, escogido por él para publicar un comunicado en contra de la posible extradición de dos de sus hombres, por secuestrar y matar estadounidenses: su hermano Grannobles y alias Romaña. Lo más sorprendente que nos dijo fue: “Preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en los Estados Unidos”. El eslogan de Pablo Escobar y de ‘Los Extraditables’. Lo reafirmó levantando la voz y dando una palmada a la mesa con su mano rolliza, fusil de por medio: —Sí. Coincidimos en este caso con los carteles del narcotráfico. (Tiempo después un video demostró que se había reunido con un médico que intentó canjear cocaína por armas con el cartel de Tijuana, en México).Junto con la fotógrafa Claudia Rubio éramos los enviados especiales de la revista Cambio (edición de julio 12 de 1999) y, por suerte, más temprano, habíamos oído que Jojoy iba para La Macarena, según el comandante Silverio —entonces la mano derecha del “comandante” y quien sería abatido cuatro años más tarde por el Ejército—.

—¿Exactamente hasta qué sitio va?, le preguntamos.

—No les puedo decir, pero a esta hora no les queda otra opción.

—¿En cuál de las camionetas?, aceptamos con escepticismo y nerviosismo antes de acercarnos a la caravana de tres vehículos grises, plateados e idénticos, a los que no se les veía la placa por las salpicaduras del lodo. El de él tenía marcas de forzaduras en el marco del vidrio.

—A veces se me queda cerrada. Aquí uno se baja y no piensa en las llaves como en Bogotá.

—¿Ha ido a Bogotá?

—A Bogotá sí puede ir uno porque hay policías y militares que se dejan sobornar, y a otras partes también, pero eso es reserva. Súbasen (sic) a mi camioneta. (Nos ordenó acomodarnos en la silla de atrás en medio de dos mujeres de unos 30 años, armadas con fusiles). Las mujeres son las mejores escoltas.

En la silla del copiloto ubicó a Sandra, en apariencia su compañera sentimental y también armada. En las otras dos camionetas iban diez hombres. A ella le pasó su arma de dotación, ajustó el acolchado de pepitas de madera de su silla y se acomodó frente al volante. Antes de encender el motor advirtió:

—No suelto el fusil sino para manejar, comer y orinar. Del machete y del fusil sólo me separo cuando me maten o me muera. Es un M-16 gringo que me trajo de regalo el Negro Acacio (también muerto por las Fuerzas Armadas) después de copar la base antinarcóticos de la Policía en Miraflores (1998).

—¿No usa cinturón de seguridad?

—No me acostumbré a esta güevonada y aquí no conviene. ¿Se habían imaginado alguna vez que El Mono les iba a servir de chofer? Pues relájesen (sic), porque el viaje puede durar unas dos horas y media, si es que no se viene el aguacero y nos enterramos en estos lodazales. Para eso es que ando respaldado por otras 4X4 que me han jalado más de una vez. (Sentimos un arrancón que nos dejó sin palabras. En seguida se disculpó por habernos hecho esperar dos días en varias veredas, desde los campamentos de paz en La Sombra hasta donde apareció).

—Ayer Silverio nos notificó que quedábamos retenidos hasta que usted apareciera. Le preguntamos si estábamos secuestrados y respondió de mal genio: “Son las órdenes que tengo”.

—Ese camarada lo tengo para frentiar lo que sea. Ustedes no se pueden quejar. Lo bueno es que se den de cuenta que estos llanos son climas tropicales con zancudero, con paludismo, con culebras, con pito (insecto cuya picadura carcome la piel). Deberíamos traernos unos cuantos gringos una temporada pa que vean que esto sólo lo aguanta el pueblo, no soldaditos monos acostumbrados a chupar helado de la última calidad y tomar agua fría; en tres días se derriten aquí. (No dejaba de hablar y no nos interesaba interrumpirlo. Miraba por el retrovisor y se reía al vernos saltar al ritmo de los huecos de la trocha).

—Ahora vivimos con comodidades. Estos caminos son autopistas para lo que eran antes del despeje. Yo mismo conseguí la maquinaria (operarios de municipios del Meta obligados a ir hasta allí y buldóceres que nos mostró más adelante sin contar que también eran robados).

Sandra le hizo una seña con la mano para que bajara la velocidad, que había subido a 90 kilómetros por hora. Ella nos había advertido: “El Mono tiene fama de pata brava. Es mejor dejarlo de último en la caravana, porque si se va adelante se les pierde a todos”. Y había acelerado de primero. De repente rebotamos de las sillas casi contra el techo, tan fuerte que temimos que se les dispararan los fusiles. Jojoy dio un par de cabrillazos y pudo frenar. Se le desacomodó la boina guevarista y quedó a la vista su secreto mejor guardado: calvicie en expansión.

—¿Alguno se golpeó? (Estamos bien, fue la respuesta entre risas destempladas). El año pasado en los combates del Billar yo iba manejando una Chevrolet, nos estrellamos, el chasis se partió y nos volcamos. Dos camaradas salieron heridos y yo quedé debajo de la camioneta. Me gritaban: Mono, ¿está bien? Quedé callado del susto tan verraco, pero no me pasó nada.

Luego del sobresalto una de las camionetas nos pasó, se puso delante y bajó la velocidad a 60 por hora. Jojoy se secó la frente con una toalla verde y se calmó a punta de sorbos de Pepsi-Cola. Había vetado la Coca-Cola.

—La gaseosa me tiene jodido con la vaina del azúcar, pero es tan buena que no he podido dejarla. También le bajé al cuero de gallina y al de marrano. Al sancocho sí no, porque es bendito. (Más temprano, cuando leyó el comunicado durante la entrevista, con uno de sus dos Montblanc en la mano, contó que estrenó gafas porque la diabetes le afectó “las vistas”).

—Dicen que todas estas fincas con los cercados pintados de blanco en la punta son las que se apropiaron las Farc.

—Mentira, es una cuestión de orden. (Fedegán denunció la expropiación de 3.967 predios en esta región a donde la guerrilla llevó 567 mil cabezas de ganado robadas).

—¿Y los empresarios que dicen que les toca venir a pagar impuesto de guerra?

—Los ricos están viniendo al tablero. (Meses después anunció la “Ley OO2”, por la que todos los millonarios debían pagarle el 10% de su fortuna).

El ambiente se tornó  tenso hasta mitad de camino, cuando el chorro de luz de las camionetas enfocó a un motociclista que se acercaba de frente. Alerta, velocidad a 30, luces de alta, fusiles en alistamiento.

—Ojo, que puede ser un pistolero infiltrado. (Jojoy precavido. La intensidad de las luces obligó al piloto casi a detenerse. Saludó con el pito y siguió).

—Un proceso de paz es más peligroso que un combate. En una plomacera uno sabe a qué atenerse, en cambio aquí en cualquier momento una sola persona le mete a uno un balazo o le bota una bomba y listo.

—Pero, usted parece tener todo controlado aquí.

—Pero no hay que dar papaya.

—¿Usted sigue combatiendo?

—Desde hace cuatro años no me meto por la cuestión del peso. (Había llegado a 105 kilos y quería aprovechar esos días de “calma chicha” para ponerse la sudadera y “sacarle el jugo” a una máquina trotadora que le habían llevado).

—¿Si no fuera guerrillero qué hubiera querido ser?

—Estudiar Ciencia Política.

—¿Si un día hay paz qué haría?

—Asolearme en una playa de San Andrés.

—Ya llevamos más de dos horas de camino. ¿Qué tan cerca de La Macarena nos puede dejar?

—Son las 8:15 (dijo mirando su Rolex plateado de uso diario. El dorado sólo era para ocasiones especiales). Pa que vean que El Mono no es tan mala gente como dicen los periodistas, aquí quedan sanitos a un kilómetro del aeropuerto de La Macarena.

—Gracias comandante. ¿Y cómo terminarán los diálogos?

—No se hagan ilusiones, en cualquier momento se arma un despelote el hijuemadre.

La promesa

Después del 9 de diciembre de 1990, cuando el Gobierno bombardeó Casa Verde, el ‘Mono Jojoy’ les prometió a ‘Tirofijo’ y a ‘Jacobo Arenas’ venganza. Lo que enseguida se cuenta fue corroborado por un informe secreto del comando de la VII Brigada del Ejército, incluido dentro del ‘Manual de Casos Tácticos de las Fuerzas Militares’:

El ataque

En medio de la niebla, a las 11:45 de la noche del 8 de enero de 1991, 200 hombres de las Farc dirigidos por ‘Jojoy’ se tomaron la base Girasol del Ejército, considerada como inexpugnable, levantada sobre una cordillera rocosa de entre 200 y 300 metros de altura, para dominar la Serranía de La Macarena, territorio histórico de la guerrilla.

La estrategia

Tres días antes los centinelas habían visto “cazadores con perros en la parte baja” y lo último que advirtieron fueron “destellos de luces de linterna” antes de caer por la explosión de granadas de mano y de fusil. “No pudieron reaccionar también debido a la explosión de artefactos ensordecedores que causaron pánico y desconcierto”.

El testimonio de ‘Jojoy’

El 4 de julio de 1999, durante la entrevista con Nelson Fredy Padilla, el ‘Mono Jojoy’ recordó orgulloso cómo su avanzada “trepó las rocas con ayuda de equipos de alpinismo como poleas y lazos, para alcanzar los barrancos, cañones y acantilados de Girasol”. Los militares reconocerían luego que “el avance fue compacto y suicida, quebrantando rápidamente la línea de defensa, que no pudo reaccionar”.

Las víctimas

Los soldados del Ejército aguantaron tres horas, hasta que se les acabó la munición que tenían a la mano y tuvieron que rendirse. Murieron un suboficial y un soldado. Quedaron heridos otro suboficial y once uniformados más. Fueron secuestrados un suboficial y 16 soldados.

El botín de guerra

Los hombres de ‘Jojoy’ se llevaron 20 fusiles, una ametralladora, un mortero, 138 granadas, dos lentes de visión nocturna, dos minidesignadores laséricos para fusil, cinco radios, cinco microteléfonos, una antena repetidora, la munición de reserva, la comida y las medicinas almacenadas.

El nombramiento

Sobre el escritorio del comandante de la base Girasol había dos radiogramas alertando sobre una posible retaliación de las Farc. El documento militar reservado calificó el hecho como “innovador asalto, con un excelente planeamiento que incluyó la guía de soldados reservistas para evadir los campos minados”. ‘Jojoy’ asumió como jefe militar de las Farc.