Cancillería refrigerante

Hugo Chávez tiene modos muy singulares de hacer realidad el inconcluso sueño integrador de Bolívar: congelar las relaciones diplomáticas y afectar el comercio con el país cuya política exterior más lo irrite en un momento dado. Y esto aun cuando la nación más afectada resulte ser la propia Venezuela.

Así, en el pasado reciente, Venezuela llegó a retirar sus embajadores ante Washington y Bogotá, sus dos socios comerciales más importantes. La sorna caraqueña afirma que nuestra Cancillería no tiene termostato y sólo sabe congelar.

Otra variante que golpea a  Colombia es la de suspender todo trato comercial por razones que, a menudo, tienen que ver con la propensión de Chávez a darse por ofendido, pese a ser el más contumaz y vociferante insultador de la comarca.

La desproporción que entraña cerrar la frontera comercial, afectando con ello a millones de colombianos por igual, como única respuesta a acusaciones hechas por el presidente Uribe, no perturba solamente al empresariado colombiano, sino también, y muy acusadamente, al consumidor venezolano.

La noción de que la balanza de pagos entre naciones vecinas pueda depender de la mala uva de un gobernante es uno de los aportes más decisivos de la doctrina internacional del chavismo, que todavía algunos incautos toman equivocadamente por socialista e integradora.

Así, se habla alegremente de expropiar empresas colombianas que operan en mi país por razones que dejan a un lado el hecho de que el fabricante sueco de los lanzacohetes hallados en posesión de las Farc puso en claro que fueron vendidos al ejército de Venezuela. Caracas se ha hecho, justamente, el sueco al decir que responderá “oportunamente” esos señalamientos. Pero, tratándose de Colombia, no renuncia al estilo pendenciero que últimamente ha dejado ya de rendirle frutos.

Para la muestra, Honduras.

*Escritor venezolano

 

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