Julián Ernesto Guevara por fin descansará en paz

Restos del teniente coronel serán entregados este jueves por las Farc.

Emperatriz de Guevara sólo quiere recuperar los restos de su hijo, el teniente coronel de la Policía Julián Ernesto Guevara —muerto en cautiverio en 2006 tras ser secuestrado por las Farc—, para darles cristiana sepultura. Si no se presenta algún inconveniente de última hora, una misión humanitaria encabezada por la Cruz Roja Internacional, la Iglesia Católica y la senadora Piedad Córdoba los recibirá hoy en algún lugar de las selvas del oriente del país para acabar así con más de cuatro años de sufrimientos, angustias y lágrimas desde el día en que conoció la noticia de su fallecimiento “por una extraña enfermedad”, según dijo la guerrilla.

Fue en la noche del martes 14 de febrero de 2006 cuando doña Emperatriz recibió una visita inesperada de familiares de secuestrados por las Farc, encabezados por Marleny Orjuela, para darle la noticia. “Cuando abrí la puerta y los vi a todos, sus caras me confirmaron que algo terrible había sucedido. Me pidieron que me sentara y me fueron diciendo de a poquitos que Julián sufría de una extraña enfermedad y que no pudo aguantar más (...). En ese momento supe la razón del mal presentimiento que me había acompañado todo el día y me derrumbé. Como nunca me pasa, empecé a gritar de dolor”, relata doña Emperatriz.

Llevaba siete años y tres meses soñando con la liberación de su hijo. El calvario había comenzado el 1° de noviembre de 1998, cuando más de 1.000 hombres del bloque Oriental de las Farc arremetieron contra Mitú, la capital del Vaupés. Los 60 miembros de la Policía, al mando de los entonces coronel Luis Mendieta y el capitán Julián Ernesto Guevara, subcomandante —quienes después fueron ascendidos a general y teniente coronel respectivamente—, ofrecieron aguerrida resistencia pero al final fueron vencidos por la superioridad numérica de los subversivos y la falta de municiones.

Doña Emperatriz habría de recordar cómo en la víspera del secuestro —el 31 de octubre, Día de los Niños–, Julián Ernesto la llamó unas diez veces desde Mitú para pedirle que no sacara a Ana María, su pequeña hija de seis años de edad, a pedir dulces. “Era como si supiera lo que le iba a pasar. Yo le preguntaba que cuál era su preocupación. Creo que él tenía el presentimiento de que algo le iba a pasar al día siguiente”.

Alcanzó a recibir seis cartas como prueba de supervivencia, mientras duró la zona de despeje del Caguán, el fallido intento de paz del gobierno de Andrés Pastrana. Las primeras eran largas, llenas de ánimo y en ellas saludaba a sus hermanos, le pedía a ella cordura y tranquilidad, y le daba consejos a su hija. “Mami, es mejor que sumercé no se afane, no se preocupe que yo estoy bien —le decía en la primera misiva que llegó el 21 de diciembre de 1998—, ni usted ni yo sabemos cuánto tiempo estaré aquí. Por favor no se preste para ir a protestar ni a reclamarle a nadie”.

A pesar de las recomendaciones, doña Emperatriz fue varias veces a San Vicente del Caguán, habló por todos lados, pidió, suplicó, pero la respuesta de la guerrilla siempre fue la misma: “Todo está en manos del Gobierno”. Las cartas posteriores y un video en el que se le veía flaco y demacrado llenaron de temores a la familia. “Mamá, si estoy tan flaco no es porque esté enfermo, es porque hago 500 flexiones de pecho en la mañana y otras 500 en la tarde para desaburrirme”, le escribió en febrero de 2000.

La última misiva fue fechada en febrero de 2002. Estaba escrita en un pedazo arrugado de una hoja de cuaderno y en ella se notaba la desesperanza y el desánimo. Como siempre, saludaba a sus hermanos y le recomendaba a su hija: “Mamá, a la niña se la recomiendo, cuídela, consiéntala pero no mucho”. Año y medio después, en agosto de 2003, en un video que el periodista Jorge Enrique Botero hizo en el campamento donde estaban los secuestrados, doña Emperatriz volvió a saber de su hijo. Lo vio mal físicamente, pero firme en su espíritu combativo reclamándole al Mono Jojoy por el abandono y descuido en el que los tenían: “Ya no le interesamos a nadie. Yo no le intereso sino a mi familia”, le dijo.

Los años siguientes fueron de sufrimiento y zozobra. El intercambio humanitario, la única esperanza para el regreso de Julián Ernesto, se convirtió en un continuo fracaso. Hasta que ese martes 14 de febrero de 2006 recibió la trágica noticia de su muerte. “A los 12 días, las Farc enviaron un comunicado confirmando su muerte, que había sido el 28 de enero. Decían que mi hijo había muerto de una extraña enfermedad, una fiebre de cuatro días y después se murió. Y que tan pronto como se les presentara la oportunidad enviarían el cuerpo”.

Hoy sólo quiere sacar fuerzas para recibir sus restos en Villavicencio, rezarles y darles cristiana sepultura en el cementerio Jardines de Paz de Bogotá. Ya hace algún tiempo le tomaron la prueba de ADN y lo único que le pide al Gobierno es que se acelere el proceso de identificación. “Es muy amargo el trago, eso sí se lo digo (...) muy amargo, pero de todas maneras es necesario”, concluye doña Emperatriz de Guevara con la voz entrecortada.

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