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“Le temo a una enfermedad larga”

Reconocido por su programa ‘Animalandia’, el ex presentador Fernando González Pacheco recuerda que llegó a la televisión por accidente.

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El Espectador
18 de febrero de 2009 - 11:19 p. m.
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La última vez que vio a su natal Valencia, en España.

Fui a Valencia solo tres veces en mi vida. Nací por casualidad en Valencia. Mis padres fueron a establecer  una sucursal en Valencia. Después nos vinimos a Madrid y a los 12 años nos vinimos para Colombia. Soy un colombiano desde los pies hasta el cabello.

Lo mejor de venir a Colombia.

Lo que soy se lo debo a Colombia, me ha aguantado 50 años.

¿Cómo llegó a la T.V.?

Por casualidad. Al buque en el que trabajaba se subió Alberto Peñaranda, dueño de Punch. Me propuso que tocara unos acordes de guitarra, decir algunas tonterías y venirme a la televisión. Pedí licencia por 15 días, pero me quedé en este sitio tan grato.

Su faceta preferida.

La actuación, especialmente en teatro. En televisión es diferente: se borra si algo sale mal. Aunque yo la hice en vivo y en directo, en blanco y negro.

¿Ese es el mejor medio?

Es el de menor retribución económica, pero el contacto directo con el público es maravilloso.

Un colega inolvidable.

Varios se han ido ya. Alvarito Ruiz, el hombre feliz. El culebro Casanova, el Chato La Torre.

Y un amigo insuperable.

Un primo hermano, Guillermo la Chiva Cortés. Maneja mis finanzas, porque soy negado para ello. Es de carta cabal, leal.

Su mayor logro en la vida.

Mantenerme. Llegar cuesta, pero mantenerse es difícil.

Lo que le falta por hacer.

A mi edad no puedo lanzarme en paracaídas, dármelas de torero, ni de boxeador, pero me falta ver este país en paz.

¿A qué le teme?

No le temo a la muerte, pero sí a una enfermedad larga. Ojalá Dios se apiade de mí y cuando decida llevarme me lleve rápidamente.

Usted hizo reír al país, ¿qué lo hace reír a usted?

Aprendí rápido a reírme de mí mismo, con todo y mi feura, que creo que no es tan exagerada.

Su comida favorita.

Recuerdo la española, pero como muy normal en mi casa.

¿Qué le gusta preparan en casa?

Un par de huevos fritos entre arroz blanco son una maravilla,  entre otras cosas porque en España no existe el arroz blanco.

Entonces no es muy exigente…

Soy muy normal, no solo en la comida. Común y corriente. No me gustan las reuniones sociales, me producen mareo.

¿El mejor regalo que recibió?

Una neverita en mi habitación. Me evita ir a la cocina.

Su mentor.

Mi padre. La persona que más extraño: compañero, cómplice, amigo, la persona que más extraño. Un mentor en la T.V., Bernardo Romero Pereiro.

El mejor programa que presentó.

Compre la orquesta. Los premios de periodismo que gané sin ser periodista se los han ganado los entrevistados, no yo.

Su entrevista memorable

Precisamente con la que gané el Simón Bolívar del Periodismo, con el general Omar Torrijos. Otra que recuerdo mucho fue con el doctor Luis Carlos Galán.

¿A quién habría querido entrevistar?

Al Papa, no para hablar de catolicismo, sino como humano.

¿Qué colecciona?

Carritos de miniatura, pero me aburrí y los regalé.

El mejor presentador de la televisión colombiana.

Hernán Orjuela, Carlos Calero. José Gabriel Ortiz tiene estilo particular. Lucía Esparza Baena.


¿Jota Mario Valencia sigue siendo un bobo?

Es de nacimiento. Así terminará mi gran amigo Jota Mario.

¿A quién le debe un abrazo?

De agradecimiento, a Bernardo Romero Pereiro y a David Stivel.

¿A quién le daría un consejo?

No me gusta darlos, ni dar cátedra. Hay que ser auténtico.

¿Y a quién le aceptaría uno?

Me gusta más escuchar. Aceptaría uno de un niño, no tienen los prejuicios de los adultos.

¿Qué música le gusta escuchar?

Según las circunstancias. El bolero es la melodía de mi época.

¿Lo último que leyó?

El Karina, de Germán Castro Caicedo.

El mejor golpe que dio “Kid Pecas”.

Fui un boxeador malito. Fui campeón por casualidad, porque en peso pluma no había buenos boxeadores. Pero la cara la tengo así de nacimiento.

¿Lo más insólito que ha hecho?

El salto en paracaídas, me fracturé al caer. El toreo, pero me convencí de que no era mi oficio porque conocí más las enfermerías que al ruedo mismo.

¿Su mejor momento en la pantalla chica?

El programa que me marcó el público fue Animalandia.

¿Cómo se ganó su primer dinero?

Instalando radios en los automóviles, antes de estudiar.

¿En qué lo invirtió?

No debo contarlo, pero fue muy bueno.

Su entrevista memorable en “charlas con Pacheco”

La primera, con el maestro León de Greiff. Era una persona distante, difícil, pero se soltó.

¿Qué añora de la televisión de su época?

La mística. No pensábamos tanto en lo comercial, en cuánto nos pagaban, sino en hacer las cosas.

¿Y qué le falta a la actual?

Es muy buena, aunque la gente se queja -a veces con razón- porque está muy saturada de telenovelas, pero es de exportación, técnicamente de maravilla y de talentos.

¿Quién le pide cacao?

Mis amigos cuando jugamos cartas, porque dicen que hago trampa.

¿A qué se dedica ahora?

Hago mini entrevistas para Caracol Televisión, no hago más para dejar descansar a los televidentes.

¿Ya dejó el cigarrillo?

Lo dejé un tiempo. Tengo ganas de dejarlo otra vez porque nos podemos convertir en seres despreciables para la


humanidad y hasta en la casa lo miran a uno feo.

¿Cree que en Colombia ya llegó su reemplazo?

No, pero no porque sea el mejor, sino porque soy Pacheco. Veo muy buenos elementos, no remplazos y ojalá no lo tenga.

¿La compañía qué más disfruta?

Mis amigos. Algunos no tienen relación con la televisión y no me consideran un personaje, sino un amigo, como yo a ellos.

¿Qué lo asombra?

La ignorancia de la gente en este país. No nos hemos convencido de que tenemos que ponernos de acuerdo para solucionar los problemas, especialmente la diferencia social entre los que tenemos la suerte de tener y los que no. La brecha es muy grande.

Su lugar predilecto.

Mi casa. Voy a jugar con mis amigos a Divisas y caireles.

¿La fama alguna vez lo enloqueció?

No me creo famoso, esa palabra es muy presumida. Soy popular. No soy monedita de oro. Llevo 50 años entrando a la casa de la gente sin permiso.

¿Qué tanto se habla con su amigo Carlos Benjumea?

No mucho, pero sí es uno de mis amigos íntimos. Es un niño.

Un amor auténtico.

El de mi primera novia.

¿Qué quería ser cuando niño?

Estudié dos años medicina y me salí por problemas familiares. Intenté estudiar economía y derecho y al final me fui de camarero a un buque y creí que mi vida era terminar en el mar. La única cosa que extraño en mi vida tras haber escogido un oficio como la televisión es el mar. El mar lo marca a uno muchísimo, le cambia los valores, le cambia a uno muchas formas de pensar, lo convence a uno que uno es un gorgojo en el mundo.

Un chasco al aire.

El primer programa que hice se llamaba Agencias de Artistas. Presentaba al maestro Pedro Vargas y él iba a cantar una canción del maestro Agustín Lara que se llama Noche de ronda y yo dije: “aquí está el maestro Pedro Vargas cantando Noches verriondas”. Dije una grosería sin darme cuenta.

Dicen que usted entró a la T.V. porque en esa época era más importante el ingenio que la apariencia física.

Es posible. Si yo empezara ahora no conseguiría nada. Hoy se ve mucho la estética, los rostros bellos, impactantes. Pero el talento de todas maneras se impone. Al principio la apariencia física ayuda, pero sin talento no hay nada.

Por El Espectador

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