La bacteria verde

El microorganismo se encarga de ayudar a conservar el medio ambiente al convertir un peligroso residuo industrial en  productos reutilizables.

“Cuando se trabaja en investigación uno tiene que estar pensando 10 ó 15 años más adelante porque si no llega tarde a la vida”. Con esta consigna en mente, Dolly Montoya, directora del Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional, empezó a trabajar en descubrir soluciones para problemas que se generarían con la producción de biocombustibles, una tendencia energética que desde hace más de una década comenzaba a sonar como una alternativa al consumo clásico de recursos no renovables.

La labor de esta investigadora parte desde lo más ínfimo de la naturaleza, aquello que escapa al ojo del hombre, a la mirada regular de ministros, industriales y consumidores. La ecuación es simple: por cada diez toneladas que se producen de biodiésel se genera una de glicerina pura, un compuesto altamente contaminante cuya conversión en algo útil era un proceso costoso y desgastante.

Bajo la tutela de Montoya, uno de los grupos de investigación del instituto descubrió una bacteria que hace el trabajo sucio con la glicerina y convierte la sustancia en una serie de productos que se pueden reutilizar en diferentes sectores de la producción. Es en este punto de la historia donde aparecen José David Montoya y Jimena Pérez, químico farmacéutico y microbióloga, ambos estudiantes de posgrado de la Nacional, cuya labor consiste en convertir a la bacteria en una consumidora compulsiva de glicerina y de esta forma mejorar su funcionamiento para que el proceso pueda llevarse a cabo en una escala industrial con menor costo y mayor eficiencia.

Ambos tienen un enfoque diferente para lograr un fin común. Por un lado, y en resumidas cuentas, José David se encarga, desde los genes, de estudiar posibles modificaciones que se le puedan hacer al microorganismo para incrementar su producción. Por el otro, Jimena estudia las condiciones óptimas que el medio de cultivo debe tener para aumentar la labor de la bacteria a un  costos muy bajo. El resultado: el organismo pasó de producir cuatro gramos del compuesto reutilizable, por cada litro que consumía de glicerina, a 70 gramos en un período de seis años.

Los residuos de la producción de biodiésel no son un problema pequeño, ni la afición de turno de un grupo de investigadores con demasiado tiempo libre. Se calcula que el próximo año existirán en el país cuatro plantas de producción que generarán unas 100.000 toneladas de este combustible cada año. Esto da como resultado unas 10.000 toneladas de glicerina lista para contaminar el medio ambiente o para quebrar los bolsillos de los industriales que quieran transformarla en algo útil.

La bacteria del Instituto de Biotecnología podría, si se lograra emplear a escala industrial, solucionar este obstáculo en el camino que lleva hacia fuentes de energía más amigables con la naturaleza. Pero todos los sueños tienen su costo y éste no es la excepción. La profesora Montoya cuenta que hasta que no consigan dos millones de dólares para financiar el proceso, que incluye la modificación genética y la producción, no podrán poner a trabajar en serio al microorganismo. Y sentencia que “de tener el apoyo suficiente en tres años, aproximadamente, estaríamos viendo la estructuración de la planta y la creación de un mecanismo único para garantizar la producción industrial y a su vez la protección del planeta”.

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