El guardaparques de Paramillo

Hay quienes comparan la labor de estas personas con la de un cura: dicen que es vocación la que los lleva a entregar la vida entera a una reserva natural que, en el caso de este monteriano, está plagada de guerra.

Les tengo pánico a los periodistas. A los que preguntan cuántas áreas de coca hay sembradas en el Parque (Paramillo) y cuándo las van a erradicar. Les digo que ese tema no nos compete, que pregunten en Presidencia. Responder esas preguntas es como ponerme un ataúd en la espalda. Antonio Martínez Negrete, 51 años, es el administrador del Parque Nacional Natural Paramillo, en el que hay 1.212 hectáreas de cultivos ilícitos (Oficina de las Nacionales Unidas contra las Drogas y el Delito 2010). La cifra se la debe saber de memoria Antonio Martínez, pero tiene que ser discreto, cauteloso. Trabaja y vive en el que ha sido históricamente el epicentro del conflicto armado en Colombia. Cualquier paso en falso se paga con la vida. Eso lo ha sabido siempre: a la guerrilla no le gustan los sapos.

Nació en Montería, pero pasó casi todos los años de niño en una finca en Tierralta, Córdoba, con sus papás Carmelo y Herminia, y sus siete hermanos. Hasta allá llegó la guerrilla en la Semana Santa de 1980, tocó a su puerta, un hombre de uniforme camuflado posó un fusil en el suelo y se presentó. “Somos representantes del pueblo”. “Enemigos de la corrupción”. “Estamos aquí y aquí nos vamos a quedar. Somos las Farc”. Por ese episodio, los que había vivido en el pasado con otras guerrillas —Epl y Eln– y por la época de la violencia de los 50 que todavía pesaba, Antonio Martínez se memorizó la guerra y dejó de temerle.

Entré a este trabajo sabiendo a lo que me iba a enfrentar. Paramillo es un parque que trae una historia fuerte, de conflicto. Una historia desde los 50 que ha sido repetitiva. Por su posición geográfica tan privilegiada cualquier grupo armado quisiera tener un frente allí. Y todos lo han tenido. Porque conocen su gran extensión boscosa —que supera las 200.000 hectáreas—, porque saben que desde allí se accede con toda la facilidad a Urabá, al sur de Córdoba, al nordeste y al bajo Cauca de Antioquia.

En 1996 Martínez llegó al Parque Paramillo. Ya se había graduado de Ingeniería Forestal y tenía una especialización en Sistema de Ubicación Geográfica. Llegó y se encontró con el mismo escenario de armas y zonas prohibidas que existe hoy. Cuenta que el parque, que había sido históricamente territorio de la guerrilla, empezó a ser tomado por las autodefensas. Y su estrategia fue desterrar a los campesinos que habitaban esas tierras con el objetivo de —en sus palabras— derrumbarle el argumento social que sostenía a la guerrilla. Vinieron los ataques y las víctimas civiles. Y ellos, que trabajaban desde una oficina en la vereda de Saiza, Tierralta, tuvieron que huir como campesinos e indígenas desplazados de sus tierras.

El Parque Paramillo se maneja desde afuera —se lamenta Martínez—. Pero este año queremos construir una nueva cabaña adentro, en el sector de Manso. Si no existiera la guerra usted encontraría un paisaje de agua, es una fábrica de agua. Podría navegar hasta diez horas por sus ríos y se encontraría con túneles de árboles, con contrastes de colores en las corrientes, con el río verde esmeralda. ¡Es una belleza! Creemos que tenemos las tres clases de dantas que existen en el mundo (la de páramo está por reconfirmar), jaguares, pumas, caimanes, paujiles, cerdos salvajes, más de 300 mil hectáreas de bosque. Ofreceríamos travesías hasta de diez días.

Pero existe la guerra que les restringe la entrada hasta a ellos mismos, a los guardaparques que con la guerra nada tienen que ver. Y cuando se atreven a cruzar la frontera de los armados, porque es un recorrido vital, porque es su trabajo y tienen que preservarlo, los trámites de permisos y protocolos de seguridad llevan semanas, meses. Hay que reunirse con el Ejército, demarcar en un mapa la travesía exacta que van a seguir —hay minas, tantas minas como para ser el parque nacional número uno en esta problemática—, dialogar con los líderes campesinos; llevar siempre el uniforme de camisa azul cielo y pantalón caqui para que los reconozcan, para evitar “equivocaciones”.

¿Y qué dice el protocolo de seguridad sobre cómo actuar si se encuentran con ellos? Si soy el jefe de la comisión, yo los enfrento. Las reglas más importantes son: no estar nervioso y no decir más de lo que te pregunten. Nos presentamos: “Somos de Parques Nacionales y estamos haciendo un trabajo en...”. ¿Sabe qué es lo más importante? Demostrarles que la unidad de Parques Naturales es una entidad neutral en el conflicto.

Antonio Martínez tiene tres hijas —Viviana, Melisa y Sara—. Y tiene a Doris, su esposa. Con ella lloró la última vez que recuerda haber llorado por la guerra del Paramillo. Lloró describiéndole una escena que tiene intacta en la memoria: luego de un tiroteo de horas en una vereda cercana llega él. La gente ha huido aterrorizada a esconderse entre el monte. En las calles desiertas se ven sólo dos niños: uno de siete y otro de cuatro años —calcula él—. El mayor toma de la mano derecha al pequeño y en la otra sostiene una bolsa con ropa. “¿Y qué hacen ustedes por aquí solos?”, les pregunté. “Estamos cuidando la casa, y la ropa, para que no se la roben”, me respondieron ellos. ¿Le parece justo eso? —dice Martínez. Y vuelve a conmoverse—. Sabe por qué sigo allá, porque nosotros, de alguna manera, estamos construyendo país. A este país hay que reconstruirlo.

“Es un proyecto de vida”

María Ximena Zorrilla (39 años) pasó once años en el Parque Nacional Sanquianga, que posee gran parte del ecosistema de manglar del Pacífico colombiano. Había estudiado biología marina en la Universidad del Valle, había sido guardaparque voluntaria y decidió pasar su vida completa en esta región.

Hoy es la administradora del Parque Gorgona. Cuando le preguntan por las razones que la llevaron a elegir este oficio responde segura, contundente: “Es un proyecto de vida. Uno no lo planifica, lo va entendiendo en el día a día y se va dejando absorber”.

Un trabajo de vocación

“Para ser guardabosque se tienen que juntar tres elementos: la sensibilidad, los conocimientos técnicos y la oportunidad”. Habla Luis Fernando Gómez, 57 años, director territorial del Pacífico. Es biólogo de la Universidad del Valle y se vinculó con Parques Naturales en 1995, como administrador de los Farallones en Cali.

Explica que su trabajo es preservar la vida. Habla de la vocación, de la entrega incondicional. Se confiesa cautivado por su labor.

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2011-06-11T22:00:00-05:00

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Carolina Gutiérrez Torres

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El guardaparques de Paramillo

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