Experimento macabro en Guatemala

Los científicos estadounidenses que introdujeron sífilis y gonorrea a más de mil personas en Guatemala entre 1946 y 1948 sabían que estaban violando las normas de ética.

Culpables. Esa fue la conclusión a la que llegó la Comisión Presidencial para el Estudio de Asuntos de Bioética a la que el presidente Barack Obama le encargó el año pasado analizar lo sucedido entre 1946 y 1948 en Guatemala, cuando un grupo de científicos norteamericanos llevó a cabo estudios sobre enfermedades venéreas.

Se trata de una de las páginas más macabras de la historia de la medicina contemporánea. “Nunca sabremos a ciencia cierta la motivación, pero lo que muestran estos documentos históricos es impactante y da qué pensar”, observó Amy Gutmann, presidenta de la comisión y también rectora de la Universidad de Pensilvania, refiriéndose a los más de 125.000 documentos que durante años permanecieron ocultos por orden del doctor John Cuttler, jefe de las investigaciones (www.archives.gov/research/health/cdc-cutler-records/).

“Hubo un esfuerzo claro y deliberado de engañar a los sujetos de los experimentos, a la comunidad científica y a la comunidad en general”, dijo esta semana Stephen Hauser, otro de los científicos que participó en la reconstrucción de los hechos y quien pertenece a la Universidad de California en San Francisco.

Lo que pudo establecer la comisión es que al menos 5.500 individuos participaron en los experimentos. Estos fueron divididos en dos grupos: los que fueron sometidos a estudios de diagnóstico y los que recibieron inoculación intencional con los patógenos.

En este segundo grupo, más de 1.300 individuos fueron expuestos a las enfermedades venéreas, mediante contacto directo con personas infectadas o inoculación. Pero no satisfechos con ese daño intencional, los científicos tan sólo ofrecieron algún tratamiento a 700. Dejando a su suerte al resto. La Comisión de Bioética documentó la muerte de 83 personas. 

¿Qué pretendían los científicos que en ese entonces recibieron financiación de los Institutos Nacionales de Salud? Hauser explicó que el objetivo principal del experimento de inoculación con la gonorrea era “probar la eficacia de una variedad de medidas profilácticas, incluyendo varias lociones químicas, así como la penicilina por la vía oral”. También se pretendía entender los cambios en la sangre y en el cuerpo, tras la inoculación de la sífilis, y determinar si éstos variaban, dependiendo de si el contagio provenía de conejos enfermos o de personas infectadas con el patógeno.

El informe señaló que hubo dos tipos de pruebas: una de carácter serológico -se estudiaba la sangre y demás fluidos de los sujetos- y la otra de “exposición intencional” a través de las inoculaciones. La exposición intencionada, que incluyó 50 experimentos distintos con gonorrea y sífilis, se produjo tanto mediante prostitutas infectadas como a través de inyecciones directas con estos organismos.

Para Gutmann, un aspecto “chocante” de todo esto es que los mismos investigadores que fueron a Guatemala ya habían hecho pruebas con gonorrea en presos de la cárcel de Terre Haute (Indiana) en 1943 y allí sí les informaron y pidieron su consentimiento.

Según el cronograma, la comisión entregará su informe a Obama a principios de septiembre, y le dará a conocer otro sobre las normas vigentes en ensayos nacionales e internacionales, en diciembre próximo.

Desafortunadamente la justicia llega un poco tarde en este caso. John Charles Cutler, el médico que presidió los macabros experimentos en Guatemala falleció en febrero de 2003. Diez años antes, cuando se realizó un documental sobre sus trabajos, Cutler no tuvo problema en decir que era “indeseable usar grandes cantidades de penicilina para tratar la enfermedad porque habría interferido en el estudio”.

Casi por la misma época en que Cutler y sus cómplices involucraban a la población de Guatemala en sus ambiciones científicas, en Europa los nazis hacían lo propio. Según el Holocaust Memorial Museum en Estados Unidos, “los experimentos médicos contrarios a todo sentido ético que fueron llevados a cabo durante el Tercer Reich se pueden dividir en tres categorías. La primera abarca los experimentos dirigidos a la facilitación de la supervivencia del personal militar del Eje. La segunda categoría de experimentos estaba dirigida al desarrollo y comprobación de productos farmacéuticos y métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades a las que el personal militar alemán y el personal de ocupación estaban expuestos en los campos. La tercera categoría de experimentos médicos pretendía progresar en los principios raciales e ideológicos de la visión nazi”.

En los campos de concentración alemanes de Sachsenhausen, Dachau, Natzweiler, Buchenwald y Neuengamme, los científicos probaron compuestos de inmunización y sueros para la prevención y tratamiento de enfermedades contagiosas, entre ellas la malaria, el tifus, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la fiebre amarilla y la hepatitis infecciosa.

“Los más infames eran los estudios de Josef Mengele en Auschwitz. Mengele llevó a cabo experimentos médicos con gemelos. También dirigió experimentos serológicos con romaníes (gitanos), al igual que Werner Fischer en Sachsenhausen, para determinar cómo las diversas 'razas' soportaban las diferentes enfermedades contagiosas. La investigación de August Hirt en la Universidad de Estrasburgo también pretendía establecer la 'inferioridad racial judía'”, señalan los curadores del museo, en un documento sobre los experimentos nazis.

 

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