Los rezos no escuchados

Varios habitantes de Villanueva, Casanare, han perdido sus extremidades por no confiar en la medicina occidental.

Salvador Martínez pasa sus días sentado en una silla negra y oxidada. Confecciona prendas femeninas en una máquina Pfaff color crema acompañado siempre por su esposa. Las dos muletas a su lado le recuerdan la fobia a las serpientes que se le despertó después de que una de ellas lo mordiera en 1995.

En la parte de la pierna que no le amputaron aún siente dolor. Por eso evita usar las prótesis que lo maltratan. No le gusta salir a la calle y mucho menos al campo donde trabajó toda la vida. El único peligro al que ahora se expone es al pinchazo de una aguja de coser.

El día en que lo mordió la serpiente sigue  fresco en su memoria. Martínez y su hermano caminaron muchas horas por el monte para llegar a una finca donde debían recoger un dinero para su padre. De regreso, a eso de las seis y media de la tarde, los dos hermanos llegaron a una pequeña cañada donde había unos delgados palos puestos a manera de puente.

La noche ya empezaba a caer en las llanuras del Vichada. Su hermano cruzó corriendo y él lo siguió. No sintió nada en el momento, pero después de caminar aproximadamente 150 metros un leve dolor comenzó a recorrerle la pierna. Al levantarse el pantalón observó una herida grande en el tobillo. “Guevón, me picó una culebra”, le dijo a su hermano, quien inmediatamente corrió a buscar ayuda.

En la tierra de Martínez se cree más en la fe que en la ciencia. Cuando una culebra ataca a algún campesino se acude a los rezanderos. A Salvador Martínez lo rezó un joven indígena guahibo en una cañada. Lo rezó cada seis horas durante toda la noche y todo el día siguiente. Este era un tiempo valioso para lograr que el tratamiento con suero antiofídico fuera exitoso y por eso cuando finalmente recibió la medicina ya era muy tarde.

Héctor Charry, herpetólogo y director del Centro de Investigación y Asesoría Ofidiológica (Ophidia), cree que esta es una de las causas más comunes de complicaciones por mordeduras de serpientes. Las personas confían más en sus medicinas tradicionales y no acuden a tiempo a clínicas y centros de atención.

Villanueva, donde vive Salvador Martínez, es un municipio del Casanare de aproximadamente 10.000 habitantes. Desde 2007 se han registrado 27 casos de mordeduras. Pero en Yopal, la capital, éstos son muchos más. Al menos 77 se han presentado en este período de tiempo. Casanare, al igual que muchos otros departamentos del oriente de Colombia, tiene una gran población de serpientes venenosas, entre las cuales las llamadas cuatronarices o la pudridora suelen ser las más comunes.

Ante la magnitud de este problema, en un país donde hay prácticas y costumbres de medicina popular todavía tan arraigadas, queda preguntarse qué medidas pueden llevarse a cabo para encontrar una solución. La respuesta podría estar lejos de allí, en el municipio de Silvia, Cauca.

En este lugar, Emilsen Johana López, una joven guambiana, está luchando por cerrar la brecha entre la tradición de su pueblo y la ciencia occidental. Adelanta su tesis de enfermería en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá trabajado en una IPS indígena llamada Mamá Dominga en los alrededores de Silvia, donde vive su comunidad. La clínica es manejada en su totalidad por indígenas guambianos, quienes atienden a los pacientes en namtric, su propio idioma.

Como en el Casanare, los guambianos, los nasas e inclusive otras personas del pueblo no creen en los médicos. Quienes trabajan en la clínica tienen que lidiar diariamente con mujeres embarazadas que confían únicamente en sus parteras y pacientes que reclaman la presencia de sobanderos.

Nada de esto representa un conflicto para los médicos que trabajan de la mano con los guambianos. Prueba de su comprensión es que dejan ingresar a las parteras para que acompañen los nacimientos. Hasta sus infusiones de hierbas medicinales son bienvenidas. Para Emilsen, lo más importante es crear una relación de respeto entre médicos y pacientes, en donde se tenga en cuenta la forma de pensar de estos últimos.

Esto fue precisamente lo que no hicieron con Salvador Martínez, quien terminó en Bogotá después de un suplicio de diez días en un hospital de Villavicencio. Esa semana tuvo que aguantar el dolor de la herida abierta cubierta con un pesado yeso. “El doctor lo terminó de enfermar”, dice su esposa con voz resignada. Explica que de acuerdo con sus creencias ella pidió al médico que no lo atendiera una mujer embarazada o alguna persona de ojos azules, ya que se cree que empeoran la condición de quien ha sido mordido. El doctor se enfureció y le exigió no creer en agüeros. Esa tarde fue a curarle el pie una enfermera que tenía estas dos características.

“Cuando llegó esa muchacha y me miró la pierna, me subió un dolor intenso que casi me termina de matar”, cuenta Martínez con la mirada fija en la distancia. Así perdió su pierna y así también su capacidad de confiar en los médicos y los hospitales.

Los testimonios de desconfianza hacia los médicos abundan en el pueblo de Salvador. Evangelina Vargas tenía 10 años cuando la mordió una culebra mientras caminaba a su casa desde la escuela. Su padre la llevó a un rezandero y la encerró por un día lejos de los ojos de cualquiera que pudiera empeorar su situación. Cuando finalmente la llevó al centro de atención de Guateque, otro pueblo cercano, no la atendieron porque el director no estaba. Tuvieron que viajar hasta Bogotá, al Hospital la Misericordia, donde le amputaron la pierna desde la rodilla.

Por las calles de Villanueva maneja su taxi un hombre de bigote negro y barriga prominente. Es Orlando Bohórquez. Luego de perder la pierna derecha por culpa de una serpiente cuatro narices, no tuvo otra opción que adaptar su taxi a su cuerpo mutilado. El embrague ahora es una palanca situada a la izquierda del timón, y acelera y frena con su pie izquierdo.

Después de quince años, está totalmente consciente de que perdió la pierna por no acudir a tiempo al médico. Sin embargo, sus profundas creencias en la medicina popular muy pronto vuelven a salir a flote: “Si yo hubiera sabido que por ir al rezandero iba a perder la pierna, no lo hubiera hecho. Pero de lo que sí estoy seguro es de que si en ese momento me hubiera comido los sesos del animal, así fuera con guarapo para pasar el mal sabor, todavía tendría mi pierna”.

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