Llinás: "Un ciego me enseñó a ver"

El neurocientífico colombiano recuerda al abuelo que siempre supo alimentar su curiosidad e imaginación.

Con un abuelo como el que tuvo el científico Rodolfo Llinás podían pasar dos cosas: que tuviera la paciencia para responder inteligente y muy detalladamente a las preguntas de su nieto de 4 años, o que con una corta respuesta lo estimulara a pensar cuáles podían ser las posibles respuestas.

Papaíto, como llamaba Llinás a su abuelo Pablo Antonio Llinás Manotas, era psiquiatra y profesor de medicina; la relojería era su pasatiempo, pero su pedagogía fue vital para ‘formar’ a ese nieto.

Fue él quien le enseñó a leer, cuando, abatido, regresó de su primer día de colegio. Le habían puesto una figura y una leyenda enfrente y le preguntaron: ¿qué dice aquí? Llinás interpretó la figura y soltó una frase. Al ver que no correspondía con lo que estaba escrito, la profesora llegó a la conclusión de que este nuevo alumno no sabía leer. A Llinás no le gustó esa conclusión. Al regreso a casa le contó el episodio a su abuelo paterno.

Con la paciencia de un relojero, Papaíto explicó paso a paso la mecánica de la lectura, y le dijo algo así como “son 27 letras las que tiene el alfabeto, que son estos garabatos que ves aquí, cada una representa un sonido, y puedes mezclarlas de muchas formas para poder hacer palabras”. ¿Pero por qué dices “eme” si realmente suena “m”? Preguntas iban y venían, las respuestas llegaban con explicaciones detalladas y Llinás aprendió esa tarde las bases de la lectura.

Quizá las preguntas eran las mismas que puede hacerse un niño que está empezando a vivir. La infaltable ¿cómo vuelan los aviones? la resolvió el abuelo simulando el movimiento de las alas con un cuchillo, probablemente untado de mantequilla a la hora del desayuno.

O el mecanismo por medio del cual hay puertas que se cierran automáticamente, como las que por lo general separan —o unen— el comedor con la cocina. En esta ocasión el abuelo le dio una respuesta que no convenció del todo a su nieto Rodolfo. Así que se fue hasta la puerta, desbarató el mecanismo y llegó él con la respuesta donde su abuelo.

Así transcurrieron largas jornadas y conversaciones entre los inseparables abuelo y nieto. Pero el gran Papaíto murió. Llinás creció, se graduó de bachiller e inició estudios de medicina en la Javeriana.

En clase de psiquiatría quiso saber si los ciegos tenían la capacidad de soñar. Más que a su profesor, resolvió visitar a un ciego de nacimiento y preguntárselo a él mismo. Le describió perfectamente su entorno, dónde estaban colocados los muebles, cómo eran, de qué material, cómo era su recorrido hacia el comedor, cómo le llegaba el sol a su piel cuando atravesaba el corredor con marquesina. “Era como si lo estuviera viendo”, me cuenta Llinás, al calor de un cafecito que compartimos con un postre y dos cucharas. “Nuestra visión es una interpretación: si cierro los ojos y veo un objeto, estoy haciendo algo muy similar a ver sin los ojos”, continúa. “Un ciego sí sueña”, concluye.

Su abuelo le enseñó a pensar, pero “un ciego me enseñó a ver”, dice, abriendo aún más sus grandes ojos azules.

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