"En mi época o te casabas o te ibas de monja": Ángela Restrepo

Reconocida por sus investigaciones con hongos, formó parte de la Comisión de Sabios durante el gobierno de Cesar Gaviria.

A sus setenta y tantos años, Ángela Restrepo, la única mujer que en 1994 formó parte de la Misión de Sabios, sigue pensando en los jóvenes y en el largo plazo. La sesión, que ella misma moderará, en el Simposio con el que se celebrarán los 40 años de la creación de la Corporación para Investigaciones Biológicas en Medellín, la ha titulado “El futuro de la ciencia en manos de los jóvenes que se forman hoy”.

“Quisimos invitar a los jóvenes que ya decidieron que su camino de vida está en la ciencia para que les narren a los estudiantes cuál ha sido su batalla y cómo fue que se decidieron a hacer todos los sacrificios del mundo por escoger, entre comillas, una profesión que no tiene un estatus muy importante dentro de la sociedad, y que nunca los hará ricos”.

Parte de la filosofía del Centro siempre ha sido atraer nuevos talentos y ofrecerles un espacio para generar nuevo conocimiento. “La capacidad que tienen nuestros jóvenes para afrontar dificultades, para cruzar montañas sin necesidad de mapa… ¡es increíble!”.

Tienen ellos en sus manos el futuro del país y son ellos quienes deberán descifrar los microorganismos para que no causen las enfermedades que hoy aquejan a los colombianos. Ellos lo saben: el microbiólogo Daniel Matute, candidato a doctor en la Universidad de Chicago; Juan Eugenio Ochoa, experto en hipertensión y riesgo cardiovascular, hoy en Italia; Ángel González, del doctorado en ciencias básicas médicas de la Universidad de Antioquia; la bióloga Sat Gavassa, quien actualmente aspira a PhD en la Universidad Internacional de la Florida, en el tema de evolución, fisiología y ecología del comportamiento animal; Jorge Iván Álvarez, cuya línea de investigación es la esclerosis múltiple y actualmente está vinculado con el centro hospitalario de la Universidad de Montreal, Canadá; y Manuel Alfonso Patarroyo, quien, como su padre,
Manuel Elkin, trabaja en malaria en la Fundación Instituto de Inmunología de Colombia en Bogotá. Se trata de jóvenes con publicaciones y con premios, añade Restrepo. Demuestran “que es posible ser colombiano, haber decidido llenar su espíritu queriendo ser científicos y al mismo tiempo darle placer a su intelecto”.

Muchos de ellos han pasado por los laboratorios de la CIB, donde discuten sobre bacterias y micobacterias, biología celular, biodiversidad y biotecnología vegetal, y buscan nuevas propuestas para hacer control biológico. También allí se mueren de la risa con sus chistes y apuntes, comentan sus ‘rumbas’ y tararean canciones de Juanes.

Los 40 años de la CIB

En 1970, un grupo de profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia fundó este centro con el objetivo de mejorar las condiciones de salud de los colombianos y poner “la ciencia al servicio de la vida’”, su actual lema. En un recorrido que no ha sido fácil, hoy cuenta con una patente, más de 320 publicaciones en revistas científicas y ha formado más de 200 científicos, 45 de ellos con título de doctorado.

La “doctora Angelita” estuvo en esos inicios. Por eso la reunión que festeja las cuatro décadas del Centro tiene su sello y ha sido pensada para hacer una reflexión sobre la investigación médica que se produce en el país en microorganismos y  transmisores de enfermedades.

También se contarán historias sobre Newton y Darwin, para descifrar cómo se genera el pensamiento científico, cuáles han sido las contribuciones de los grandes pensadores de la historia y cómo se hace un científico.

La mujer detrás del pensamiento

Ya visité la CIB, ahora recorro Medellín a su lado. Concentrada en el volante, pero con la emoción que le produce seguir activa y ser parte de la historia de la ciencia, la doctora Angelita me da detalles del Simposio. Generosa y tímida, demostrando una gran seguridad en sus palabras —y en el timón—, quiere que el auditorio del Parque Explora, donde se realizará entre el 8 y el 10 de noviembre, esté a reventar de jóvenes.

Recuerda entonces su juventud. “Fue difícil porque en mi época no había sino dos opciones: o te casas o te vas de monja. Una persona que quisiera estudiar algo relacionado con la ciencia era inusitado, aunque mis padres me apoyaron porque al fin de cuentas era lo único que quería y había que darle gusto a la muchacha”. ¡Hija única! La interrumpo.

Entró al Colegio Mayor de Antioquia, donde se graduó como técnica de laboratorio. “En la Facultad de Medicina yo podía ayudar a los profesores en sus clases y después hacer investigación con ellos; y nunca me sentí menospreciada; al contrario, estimulada”.

Se fue para la Universidad de Tulane, donde en 1964 terminó su doctorado en micología —estudio de los hongos—, y hoy en día es reconocida mundialmente por sus conocimientos en uno de ellos: el Paracoccidioides, que produce una enfermedad propia de América Latina, más frecuente en hombres que en mujeres.
Toda una vida dedicada al hongo, pero también a formar investigadores. “Yo tengo una fe enorme en los jóvenes del país, admiro tanto su capacidad, y si los pudiera ayudar a que encontraran en estos desarrollos científicos una forma de realizarse a sí mismos, y al realizarse, ayudarle al país, sería maravilloso”.

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Lisbeth Fog

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