“Cada huevo de tortuga cuenta”

Carlos Drews se ha dedicado por más de cinco años a proteger a estos reptiles.

“La mayor parte de mi trabajo consiste en contestar correos y hacer millas en un avión para mantenerme al tanto de las decisiones que se toman en foros sobre temas marinos”, contesta con humor el biólogo colombiano Carlos Drews desde su oficina en Costa Rica, donde se desempeña como coordinador del Programa Marino y de Especies de Latinoamérica y el Caribe, de la organización ambientalista internacional  WWF.

Esta semana tendrá que empacar maletas para viajar a Chile. Allí se lleva a cabo la  reunión número 60 de la Comisión Ballenera Internacional. Las decisiones que tomen las autoridades de más 80 países durante esta jornada serán determinantes para el futuro a mediano y largo plazo de una de las especies más emblemáticas de la fauna del mar.

Aunque ahora debe repartir su atención entre todas las especies marinas que se encuentran en peligro de extinción o bajo graves amenazas, sus consentidas por mucho tiempo han sido las tortugas marinas. En 2003, y por más de tres años, fue el encargado de formular una estrategia para evitar que las poblaciones de tortugas, desde las costas de México hasta las de Perú, y por supuesto el Caribe, siguieran diezmadas.

Su amplia experiencia desde que trabajó con caimanes en los Llanos Orientales de Colombia, luego con primates en Tanzania mientras completaba su doctorado en la Universidad de Cambridge (Inglaterra), y más tarde con murciélagos en Costa Rica, lo acreditaban para asumir esa tarea.

Luego de consultar con científicos y expertos, y analizar el peligro que se cernía sobre diferentes especies, Carlos diseñó junto a su equipo de colaboradores un plan de acción basado en tres pilares: trabajo con las comunidades costeras, transformar las prácticas pesqueras que provocan la muerte incidental de estos animales y por último, implementar medidas para ayudar a las tortugas en la adaptación al cambio climático.

A las familias que viven de la caza comenzaron a convencerlas de que es mejor negocio una tortuga viva que una muerta.


“Hicimos un análisis económico que comprobó que un animal vivo produce tres veces más ganancias como parte de un proyecto ecoturístico que cuando se cazan para vender su carne, huevos y caparazón”, comenta Carlos. 

A los pescadores los han motivado para que poco a poco sustituyan los anzuelos en forma de ‘J’ por otros circulares con la punta inclinada hacia adentro, que han demostrado reducir entre 60 y 90% la muerte de tortugas marinas.

Y en cuanto al cambio climático, Carlos insiste en que “no serviría de nada trabajar en estos dos frentes si estas tortugas, cuando llegan a las playas, encuentran que han desaparecido por erosión resultante del aumento en el nivel de mar. Perderíamos 40 ó 50 años de esfuerzos de conservación a la luz de grandes cambios globales”. De ahí la importancia de reforestar playas con vegetación propia de la zona.

Gracias a esta estrategia, dos de las especies más amenazadas, las tortugas laúd que habitan el Pacífico Oriental, y las tortugas carey en el Caribe, tendrán una oportunidad de sobrevivir. “De la laúd, hoy cada huevo cuenta”, explica Carlos, “y la tortuga carey sigue críticamente amenazada”. En La Guajira colombiana la cacería de carey por parte de los wayuu es la más grande de todo el hemisferio. La usan para vender su carne y se rumora que se comercializa la concha a intermediarios que la sacan del país, sobre todo hacia Japón.

“¿Por qué insistimos en conservar las tortugas? ¿Por qué no el pepino de mar?”, se pregunta este biólogo descendiente de alemanes para responder: “Es una especie altamente carismática. La gente se relaciona con la tortuga como una especie inocente del mar. Si mañana tenemos tantas tortugas como en los tiempos cuando llegaron las carabelas de Cristobal Colón y entraron al Caribe —entonces se calcula que eran 30 veces más— es porque habremos solucionado los desafíos del desarrollo costero, de la contaminación marina y del cambio climático”.

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