“Crecí con las historias del manglar”

El biólogo Fernando Castillo junto a un equipo de expertos de la Asociación Calidris recibieron el Premio Pablo Canevari por estudiar y proteger las aves playeras que cada año migran desde Alaska hasta las costas del Pacífico.

Siendo estudiante de biología en la Universidad del Valle, Fernando Castillo sentía ya un especial interés por las especies marinas. Creció escuchando miles de historias en boca de sus padres, que añoraban los tiempos que vivieron sobre la costa de Tumaco. Historias de ríos, de manglares, de aves que aparecían y desaparecían cada año.

Así que cuando se enteró que un grupo de estudiantes de la carrera dedicaban su tiempo libre al estudio de aves playeras en el Pacífico Colombiano no dudó en ir a tocar las puertas de su organización, la Asociación Calibris. Desde entonces, no ha dejado de interesarse por este grupo de aves poco conocidas por el resto de los colombianos.

En 1997 fue nombrado director  de la asociación, que este mes recibió uno de los reconocimientos más importantes en el mundo de la ornitología: el Premio Pablo Canevari, que otorga la Red Hemisférica de Reservas de Aves Playeras. Tradicionalmente, el premio ha sido entregado a personas que contribuyen al estudio de estas especies, pero este año se hizo una excepción y se concedió a todo el equipo de Calibris.

“Nuestro país ha tenido un desarrollo andino, las ciudades grandes están asentadas en la zona montañosa, y esto ha hecho que el interés de la mayoría de ornitólogos y de la gente en general se centre en las aves de esta zona: loros, colibrís, tángaras. Son especies que por su colorido o por sus cantos despiertan mayor interés y cercanía”, explica Fernando.

 Por esta razón, cuando en 1989 el grupo Calibris decidió poner sus ojos en un grupo de aves no muy conocidas, poco coloridas, que no cantan, y además migratorias, como las aves playeras, la propuesta resultó un tanto excéntrica.

La collareja y el chorlito hacen parte de este grupo. Según Fernando, su característica principal es que son gregarias, a diferencia de las aves de bosque que se comportan de manera más individual. También las hace especiales su carácter migratorio: “ellas se reproducen en Alaska y Canada en verano, luego migran a lo largo de toda la costa hasta llegar a nuestras playas”. Se trata de un larguísimo viaje de más de 10.000 kilómetros que algunas cumplen volando trayectos extensos y otras deteniéndose en distintos lugares para reabastecerse. En promedio gastan dos meses.

Viaje a Alaska

Gracias al trabajo de Fernando y el resto del equipo de Calibris, Colombia cuenta hoy con inventarios precisos de estas aves, mapas sobre los ecosistemas de importancia para su conservación, y poco a poco, a través de campañas de educación ambiental y gestión política, han despertado el interés de comunidades e instituciones por estas especies.

Hace tres semanas, Fernando viajó a Alaska por primera vez a conocer el otro hogar de las aves que ha estudiado por más de dos décadas: “Fue muy emocionante descubrir cómo las mismas especies que conocí acá se comportan distinto. En el Pacífico son más ariscas, allá se puede uno acercar a tomar fotos porque están concentradas en alimentarse”.

Uno de los proyectos que ahora tienen en mente este equipo de biólogos comandados por Fernando es lograr un plan de conservación para estas aves. Están abogando para que dos sitios del Pacífico entren a la Red Hemisférica de Aves Playeras. 

Declarar como zonas de conservación algunos de los lugares donde estas aves se refugian del invierno del norte permitiría compensar las amenazas que se ciernen sobre ellas. Según Fernando, el principal peligro para estas aves proviene de la destrucción del hábitat por los deforestadores: “Con la tala de árboles en el bosque aumenta la cantidad de sedimentos que viene a depositarse a las playas, cambiando la estructura del ecosistema de estos animales”.

 Otro problema delicado es que los pueblos del Pacífico crecieron hasta alcanzar un tamaño considerable sin tener un manejo adecuado de aguas y residuos sólidos.

Sólo con esfuerzos como los de la Asociación Calidris, Colombia podrá seguir ostentando que es el país que tiene la mayor diversidad de aves del mundo.

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