El embajador de los delfines

A Fernando Trujillo lo bautizaron los indígenas del Amazonas Omacha, que significa delfín. La primera vez que este biólogo bogotano pisó las tierras mágicas del sur de Colombia, los nativos se burlaron de que no supiera remar una canoa, pescar o reconocer los sonidos de los delfines que retumbaban debajo de las aguas del río.

Sin embargo, 21 años de trabajo y dedicación por proteger a estos mamíferos de agua dulce fueron suficientes para convencer a la comunidad del municipio de Puerto Nariño de que su interés era sincero y de que la misión que había emprendido traería consecuencias de grandes proporciones.

Aunque la labor de Fernando comenzó inspirada en el deseo romántico de evitar que los pescadores siguieran utilizando a los delfines como carnada o despedazándolos porque creían que eran fetiches, con el tiempo comprendió que debía trabajar por otras especies y ecosistemas del Amazonas que también se encontraban en peligro, pero sobre todo lograr que la comunidad tuviera mejores oportunidades.

Para ello creó la Fundación Omacha y posteriormente una serie de programas sociales que buscaban educar a los indígenas sobre la importancia de preservar el medio ambiente y brindarles posibilidades de trabajo. Algunos empezaron a tallar en madera delfines y manatíes que vendían a los turistas que visitaban la Fundación. Otros nativos se convirtieron en guías y, dentro de muy poco, un grupo de mujeres también tendrían la posibilidad de ganar dinero, gracias a un proyecto de venta de pescado.

Embajadores mundiales

En el Amazonas los pescadores están capturando en sus redes a la mota, un pez carroñero con el que intentan reemplazar el lugar que ocupaba el capaz en el mercado. Para atrapar grandes cantidades utilizan carne de delfín que colocan en jaulas que sumergen en el río. Esta práctica se ha convertido en la principal amenaza de estos mamíferos. Fernando ha solicitado la ayuda a los gobiernos de Colombia y de Brasil, y aunque aún no se ha logrado detener esta cacería, por lo menos se prohibió la pesca con jaulas.

Este tipo de logros permitieron que Fernando recibiera uno de los galardones más importantes del mundo en materia de conservación ambiental. Se trata del Whitley Gold Award, al cual estaban nominados reconocidos ambientalistas de diferentes países. Pero su labor durante estas últimas dos décadas merecía ser reconocida.

No sólo porque obtuvo que las organizaciones más importantes de conservación centraran su atención en los delfines y se preocuparan por protegerlos, sino porque consiguió que la comunidad que habita en el Amazonas y el Orinoco se concientizara sobre la importancia de evitar extraer recursos naturales y lograra alternativas distintas para sobrevivir.

El sueño que Fernando tuvo desde que era un adolescente de salvar a los delfines se hizo realidad. No sólo garantizó un hogar más seguro para estos mamíferos, sino que los convirtió en embajadores mundiales de la conservación de los ecosistemas colombianos y de países como la India y Bangladesh, en donde los delfines corren el riesgo de desaparecer.

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