El lado oscuro de Newton

Hay dos Isaac Newton: el que todos conocemos, el físico y matemático que inventó el cálculo infinitesimal y descubrió la ley de la gravitación universal; el genio que explicó el arco iris, las mareas y los movimientos de la Luna, y quizás el intelecto más grande que la humanidad haya visto.

Y el otro, el ocultista, el alquimista, el fundamentalista protestante, obstinado en descifrar el significado de las profecías bíblicas.

Newton fue un hombre solitario, introvertido y enigmático. Nuca se le conoció pareja ni manifestó interés por el sexo. Dicen que sólo una vez lo vieron sonreír, el día en que un alumno le preguntó si los Elementos de Euclides, el lenguaje de los Principia, su obra magna, servían para algo. Menospreciaba las artes, la música y la poesía.

De su obra sólo una parte corresponde a investigaciones científicas. Consagró lo mejor de su intelecto a descifrar las profecías del Antiguo Testamento. Estaba convencido de que los Libros de Daniel demostraban que la segunda venida de Jesús ocurriría en 1867, fecha que después cambió para finales del siglo XXI.

Creía que el Papa era la encarnación del Anticristo; de la imagen que se describe en el segundo capítulo del Libro de Daniel, suponía que simbolizaba las potencias mundiales: Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Para sustentar estas creencias, elaboró una cronología del mundo antiguo.

Uno podría especular sobre los descubrimientos científicos que Newton podría haber realizado, si hubiese dedicado el vigor intelectual de sus mejores años a las ciencias naturales, en vez de haberlo desperdiciado en semejantes tonterías. Pero bien se sabe que los prejuicios religiosos están blindados contra los embates de la razón, por haber sido adquiridos en la niñez.

Este fenómeno es tan común que los sicólogos le han dado un nombre, ‘troquelado’, que consiste en aceptar sin cuestionamientos todo aquello que se aprende a una edad temprana. Newton pudo ver con nitidez los prejuicios animistas y mecanicistas que prevalecían en la física de su época, pero jamás puso en duda la veracidad de historias mitológicas que no tienen el menor atisbo de realidad. Fue una mente deslumbrante en la que coexistieron la razón y la insensatez, el escepticismo y la credulidad.

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