Incongruencias del feminismo

Para el ala más radical del feminismo, el concepto de género no es más que una ficción creada por la cultura.

Las militantes más extremistas de esta ideología sostienen que no hay diferencias entre los sexos, excepto por las anatómicas y fisiológicas más obvias.

Por ejemplo, la percepción que se tiene de que los hombres puedan ser más promiscuos, infieles, propensos a cometer crímenes sexuales o más inclinados a pagar por favores sexuales, se considera un estereotipo de género, una idea chovinista y vulgar mandada a recoger.

Recientemente, el dogma feminista fue puesto a prueba por dos sicólogos: R. Clark y E. Hatfield, mediante un experimento. Estos dos investigadores contrataron un grupo de jóvenes de uno y otro sexo para que recorrieran los campus de universidades norteamericanas con la intención de conocer la reacción de los estudiantes ante tres propuestas: salir con el solicitante a un bar esa misma noche, acompañarlo a tomarse unos tragos a su apartamento o aceptar la invitación a tener una aventura sexual.

 El experimento reveló que aproximadamente la mitad de las mujeres y la mitad de los hombres entrevistados aceptaron la primera invitación; a la segunda, 6% de las mujeres accedieron, contra 67% de los hombres; a la tercera, ninguna de las mujeres accedió, mientras que el 75% de los hombres aceptaron encantados. Este experimento ha sido repetido varias veces con resultados similares.

A muchos nos resulta difícil creer que algo tan evidente como las diferencias que percibimos a diario en el comportamiento sexual de hombres y mujeres, además de la sorprendente e indiscutida universalidad del fenómeno, pueda explicarse como simples estereotipos. Estudios recientes han mostrado que la percepción femenina del sexo difiere de la masculina en muchos aspectos.

Bajo la óptica femenina, el sexo está enmarcado en un contexto de emociones y relaciones, mientras que para la mayoría de los hombres, cuando de sexo se trata, lo que entra por los ojos es lo único que cuenta. Esto explica en parte por qué el mercado de pornografía para mujeres es prácticamente inexistente, mientras que el de hombres es un gran negocio.

Estas conclusiones no son agradables, ni justas ni santas, pero ponen en duda las bases fundamentales del llamado feminismo radical, una ideología como tantas otras sustentadas en el deseo, pero no en la razón.

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