¿Qué leche hay sin omegas?

Los supuestos aditivos sanos multiplican el gasto, atraen a un consumidor elitista y la mayoría de las veces no sirven .

Los llaman alimentos funcionales y hay tantos que marean. Parece imposible comprar en un supermercado leche que sólo tenga leche, sin omegas, fibra ni calcio añadido; jugos sin vitaminas esenciales; galletas que no sean bajas en grasa, altas en fibra o pobres en colesterol. Tampoco es fácil escapar de los alimentos cardiosaludables, mejores para los huesos o superiores para las defensas.

Casi nadie sabe muy bien qué significan todas esas cosas, ni cómo pueden beneficiar a la salud. Lo cierto es que hay una gran diferencia entre el carro del mercado enriquecido y saludable y el que contiene tomate corriente y atún sin omega: el precio. Algunos alimentos se encarecen más de un 100% porque en el envase hay una etiqueta que dice libre de grasas.

Precisamente, la semana pasada la Confederación Española de Asociaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (Ceaccu) publicó un informe en el que se analizan 448 mensajes que venden productos saludables. Según esta investigación, el 59% de esos eslóganes no se ajustan a la normativa que entró en vigor en julio de 2007 en Europa, ni tampoco al decreto español de 1999 que impide atribuir a los alimentos propiedades preventivas, curativas o terapéuticas.

Pero el consumidor casi nunca sabe que un producto bajo en sal no puede contener más de 0,12 gramos de sodio, que uno con alto contenido en fibra tiene como mínimo 6 gramos por cada 100 y no será bajo en grasa a menos que contenga 3 gramos de grasa por cada 100 de producto sólido o 1,5 gramos por cada 100 mililitros, en líquidos.

¿Quién puede aprenderse eso? No importa, porque las campañas publicitarias se han esforzado por llamar la atención y el consumidor compra estos productos aunque sean más caros. ¡Hasta hay máquinas de afeitar enriquecidas con vitamina E! “Supongo que será porque esa vitamina favorece la cicatrización”, sostiene entre risas José Manuel Ávila, gerente de la Fundación Española de Nutrición.

Y agrega: “hay una parte de la población como niños, adultos mayores, mujeres embarazadas y atletas, que necesitan nutrientes que no alcanzan a adquirir con lo que suelen comer, entonces pueden recurrir a alimentos enriquecidos o fortificados”.

Por su parte, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición se limita a decir que hay alimentos que están incumpliendo las normas, sobre todo los yogures y los lácteos, pero que en general las empresas no suelen mentir en los contenidos de sal, azúcares y grasas porque los fraudes perjudican su imagen.


El otro inconveniente es que muchos de los productos no especifican beneficios para la salud, algo que está prohibido, simplemente generalizan con frases como: “cuidado natural”, “bienestar general”, “el yogur que favorece en todos los sentidos”, “es sano”, “es vida”, “tu cuerpo te lo agradecerá”. Otros, según la Ceaccu, mencionan beneficios para el organismo, que también está prohibido, como: “ayuda al desarrollo de tus huesos”, “estimula el sistema inmunológico”, “previene el envejecimiento de las células” o “contiene nutrientes importantes para el cerebro”.

Y como si fuera poco tampoco dan información sobre la cantidad que hay que consumir para que el bienestar se apodere de la vida del consumidor y su riñón funcione como un reloj. Pero las grandes industrias cuentan con generosas prórrogas para adaptarse a la normativa. Por ejemplo, cuando un eslogan se asocia a una marca tienen hasta 15 años para quitarlo, según explicó la Confederación de Consumidores.

Una encuesta entre 1.600 familias reveló que el 61% no sabe muy bien qué significan frases como las que promocionan la cremas de dientes: “recomendada por nueve de cada 10 dentistas”. Sin embargo, todas ellas aseguraron que están dispuestas a comprar estos productos si su presupuesto lo permite.

Cecilia Díaz, profesora de Sociología de la Universidad de Oviedo y colaboradora de un estudio sobre alimentación, consumo y salud, cree que la proliferación de estos productos se debe a que la gente se ha dado cuenta de la importancia de la alimentación saludable y además, a que las industrias los ofrecen con un halo de cientificidad.

Finalmente, Díaz concluye que el factor del tiempo es fundamental. “No creo que las familias le den esos productos a sus hijos porque sientan que no están haciendo por ellos lo que deben, simplemente el trabajo no permite comer cinco frutas al día y hay productos que ofrecen esa posibilidad en un frasco que se bebe de un sorbo”.

En cifras

61%

de los españoles están dispuestos a comprar productos procesados, aunque no conozcan realmente sus beneficios.

52

tipos de sustancias necesita el cuerpo para sobrevivir. Todas se pueden adquirir con una dieta saludable, que incluya todos los grupos de alimentos.

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