Tras la pista de los mitos colombianos

Los hermanos Palacios diseñan historietas aptas para todas las edades.

Lo primero que se ve al entrar a la casa-taller de los hermanos Palacios es un arrume grande de cajas repletas de material artístico: revistas, tarjetas coleccionables, libros y afiches, todos impresos en el plóter del barrio Santa Isabel. Muchos de ellos son evidencia de 10 años de trabajo y evolución dentro del inexplorado mundo del cómic colombiano. Un producido que tal vez, en otro país, ya estaría en manos de los clientes.

Carlos Mauricio Palacios y su hermano Diego Alejandro iniciaron su carrera como dibujantes en 1998 influenciados por las historietas de Batman y Spawn, sumadas a la pasión generada por los sonidos estridentes del heavy metal. El resultado de sus dibujos no podía ser otro que una compilación de trazos llenos de oscuridad y de espíritu contestatario que narraba historias de antihéroes dentro de un mundo susceptible a todo tipo de críticas. En esa oportunidad, fundaron Phyco Estudio, una empresa de su propiedad dedicada al cómic, la misma que actualmente celebra su décimo aniversario. 

Así fue como nacieron Neura y Maldita, la ópera prima de cada uno de los hermanos. Karmao y Daysi se convirtieron en los seudónimos de los dos dibujantes y a partir del 98 consiguieron un stand en la Feria del Libro de Bogotá para exponer sus obras, un lugar que han mantenido año tras año en el pabellón de diseño de Corferias.

Sus cómics, consecuencia del propio talante y el negro de los dibujos, fueron tildados por muchos como una apología al satanismo. Su público quedó reducido a las personas que compartían una estética y una visión similar a la de los autores, es decir, para lectura exclusiva de los metaleros.

Sin embargo, Karmao y Daysi, más que por simple gusto, sintieron la necesidad de llegarle a la gente con otros elementos. Ante una precaria producción del cómic nacional, que lejos de llenar sus expectativas dejaba sus deseos insatisfechos, decidieron llenar de color sus obras e imprimirlas con formas de tarjetas coleccionables para captar a un número mayor de compradores.

Los hermanos Palacios han intentado darse a conocer en varios frentes. Han producido libros, revistas, tarjetas, afiches y animaciones. Esta vez, sumergidos hasta el cuello en su nuevo proyecto, quisieron ilustrar y contar los mitos que hacen parte de la tradición cultural y regional de Colombia, una apuesta que busca   rescatar una reserva grande de personajes de la idiosincrasia popular. Esa fue la génesis de su más reciente trabajo, Los Mitos Colombianos.

Por eso, en su nuevo arsenal impreso y audiovisual, desfilan con frecuencia el Mohán, la Patasola, la Llorona, el Monje sin cabeza y el Hojarasquín del monte, entre muchos más. Este tipo de mitos abundan en Colombia, al igual que los que tratan de encasillar al cómic dentro del grupo de prácticas extrañas para gente rara y adoradora del demonio, tal y como se quejan los hermanos Palacios de ser prejuzgados.

Los dos coinciden en algo: lo único que no le falta al cómic colombiano es talento. El mercado es reducido, la lectura no pasa de lo esporádico y el apoyo es prácticamente nulo. Son escasas las editoriales que abren las puertas a los dibujantes y según Diego Alejandro, “es frustrante la miopía de los editores”.

Su labor ha pasado por diferentes matices. Desde el padre que le dice a su hijo que ese cómic es horrible, hasta las personas que se sorprenden con el arte y muestran una admiración sincera. Lo último sirve de consuelo para las dificultades económicas que surgen al sostener sus publicaciones con medios propios. “No seremos ‘rockstars’, pero cuando la gente dice que le gusta nuestro trabajo, esa sensación no tiene precio”, afirma Carlos Mauricio, riéndose un poco por haber citado el eslogan de una publicidad famosa.

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