Los mentirosos de siempre

Literatos, músicos y poetas defienden esta condición humana, que algunos han convertido en una peligrosa y enfermiza adicción.

En 1940, de la mano de Walt Disney, Pinocho pasó de ser un cuento creado medio siglo antes por el escritor italiano Carlo Collodi, a una especie de referente cultural de la niñez, de mandamiento audiovisual para los niños que fueron criados por la televisión: no mentirás. En su momento, la película fue aclamada por su brillante animación, la conmovedora banda sonora y, en general, por el dramatismo con el que retrató la angustia y el amor de un padre y su hijo. Más allá de esto, el verdadero éxito consistió en estigmatizar la mentira y condenar al mentiroso.

La vida misma, sin embargo, se sustenta en una serie de mentiras, de sucesivas ficciones aceptadas por muchos, como el poder o el dinero. Hace dos siglos el escritor irlandés Oscar Wilde se paró firme del lado de la mentira: “La mentira y la poesía son artes que requieren el fervor más desinteresado”. Sin el juicio moral de lo correcto o lo incorrecto a cuestas, Wilde habla de ésta como posibilidad creativa.

Otros personajes de la literatura y de la música, como el compositor Joaquín Sabina, asumieron la mentira como una condición dada, un tema más para hablar. Mentirosos somos todos. No existe tal cosa como la verdad absoluta o la honestidad infinita. “Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad”, repetía Sabina hasta el cansancio. Una actitud similar tuvo Joe Gould, un habitante de la calle de Nueva York, graduado en la Universidad de Harvard, quien aseguraba estar escribiendo una obra monumental titulada “Historia oral de nuestro tiempo”, con la cual logró engañar a toda una ciudad.

En realidad, Gould sólo había escrito un capítulo, que rehacía una y otra vez, a cambio de la caridad de los vecinos y los intelectuales que se preciaban de mantener al genio oculto detrás de los andrajos. El escritor estadounidense Joseph Mitchell retrató la historia de Gould en un libro titulado El secreto de Joe Gould.

Sin embargo, hay mentiras que no terminan en libros. Muchas acaban en la cárcel o, en el mejor de los casos, en el consultorio de un psicólogo que trata de deshacer el nudo que ata a una persona a la costumbre diaria de inventar, como si se tratara de una compulsión por elaborar la ficción.

Mentiras patológicas

Absurdo, embuste, creación... Decenas de palabras para una sola realidad. Alguna vez, un mentiroso compulsivo universitario en Bogotá que decía llamarse Armando le confesó a un amigo que su psicóloga le había diagnosticado mitomanía de léxico callejero. En algún otro lugar, un mentiroso más había puesto su nombre en un acta de defunción que no era suya, sino de su padre, para huirle a las deudas, los problemas y la angustia.

Armando terminó en el diván de un profesional por consejo de sus amigos, a quienes sus mentiras los habían afectado una y otra vez, aunque no lo suficiente para romper este lazo de cariño basado en la ficción de uno y el absurdo entretenimiento de otros. La mitomanía es la condición que agrupa el exceso de creatividad de algunas personas, para quienes la mentira es tan sólo una forma natural de enfrentar el día a día, de narrar la cotidianidad, así ésta nunca suceda; algunos pueden considerarla una especie de adicción.

Juliana García, psiquiatra de la Clínica Monserrat, explica que cuando somos niños aprendemos a mentir. “Este es un comportamiento normal, incluso adecuado para una edad en donde la línea, siempre tenue, entre la realidad y la fantasía no es muy clara”. Y advierte que es deber de los padres asegurarse de que su hijo sea un adulto que entienda que tiene que dividir ambos mundos, la frontera entre los hechos y la invención.

Antes de que apareciera la terminología médica para este afán desesperado por no decir la verdad, el escritor inglés Rudolf Erich Raspe, sin saberlo, ya le había puesto nombre a esta condición: barón de Münchausen, un personaje aparecido en 1785 cuyas peripecias eran tomadas a préstamo de la ficción. El osado aristócrata había bailado en el estómago de una ballena, apenas días después de haber cabalgado sobre una bala de cañón.

Las personas que padecen del síndrome del barón tienden a fingir que están enfermos o buscan motivos reales para estarlo. A la usanza del barón, los pacientes con Münchausen llegan a tragar monedas o a cortarse para poder cumplir el sueño de pasar unas horas, o días, en una cama de hospital bajo la mirada atenta de médicos y enfermeras.


Algunos, con la cabeza un poco más trastornada, enferman a sus hijos para recibir atención: esta variante de la condición se llama Münchausen por poderes y constituye su faceta menos amable.

Aún no existe la cura para la mentira, como sí la hay para el dolor de cabeza o la gripa. Lo que se puede hacer para combatir sus síntomas, cuando éstos son demasiado graves y han generado una patología, según García, es acudir a un especialista y comenzar un tratamiento psiquiátrico, que incluya psicoterapia y algunos medicamentos. Pero los alcances de la medicina son limitados.

Hay algunos que no pararán de mentir hasta tener un decorado de rejas y barrotes en la ventana, hay otros que simplemente no quieren dejar de hacerlo porque se sienten a gusto con el mundo de fantasía que han creado y no estarían dispuestos ni podrían enfrentar el mundo real. De cualquiera forma, ambos tipos de personas, fieles a su naturaleza, no pararán de mentir mientras el cuerpo aguante. Ocupación: mentiroso vitalicio.

Tipos de mentirosos según la psiquiatría

De acuerdo con la psiquiatra Juliana García, los mentirosos compulsivos adquieren su condición debido a trastornos de personalidad. Existen tres clases de mentirosos:

Mentiroso Sociópata: Miente con la intención de hacer daño, sabe que sus mentiras podrían ser perjudiciales para alguien pero eso no le importa, no sienten remordimiento. 

Mentiroso Limítrofe: Es inseguro y miente para desviar sus inseguridades y obtener un beneficio propio. Es sumamente egoísta, sin embargo, siente culpa al no decir la verdad.

Mentiroso por adicción: Las mentiras se convierten en la única vía para llevar su adicción, ya sea a la droga, al alcohol o alguna otra actividad. No se reconocen como adictos y lo niegan a toda costa.

‘Decadencia de la mentira’

Oscar Wilde, escritor irlandés, reflexiona en esta obra acerca de la naturaleza de la mentira y su cercanía con el arte.

CYRIL: ¡La mentira! Creí que nuestros políticos la practicaban habitualmente.

VIVIAN: Le aseguro que no. No se elevan nunca por encima del nivel del hecho desfigurado y se rebajan hasta probar, discutir, argumentar. ¡Qué diferente esto con el carácter del auténtico mentiroso, con sus palabras sinceras y valientes, su magnífica irresponsabilidad, su desprecio natural y sano hacia toda prueba! Después de todo, ¿qué es una bella mentira? Pues, sencillamente, la que posee su evidencia en sí misma. Si un hombre es lo bastante pobre de imaginación para aportar pruebas en apoyo de una mentira, mejor hará en decir la verdad, sin ambages. No, los políticos no mienten. Quizá pudiera decirse algo en favor de los abogados; éstos han conservado el manto del sofista. Sus fingidas vehemencias y su retórica irreal son deliciosas. Pueden hacer de la peor causa la mejor, como si acabasen de salir de las escuelas Leontinas y fueran populares por haber arrancado a unos jurados huraños una absolución triunfal de sus defendidos, hasta cuando éstos, cosa que sucede con frecuencia, son clara e indiscutiblemente inocentes.

Una de las principales causas del carácter singularmente vulgar de casi toda la literatura contemporánea es, indudablemente, la decadencia de la mentira, considerada como arte, como ciencia y como placer social. Los antiguos historiadores nos presentaban ficciones deliciosas en formas de hechos; el novelista moderno nos presenta hechos estúpidos a guisa de ficciones.