Viaje a las entrañas de la tierra

Un grupo de investigadores quiso aceptar el reto de explorar y proteger estos ambientes hostiles, hogar de extraños insectos,  hongos y animales  venenosos.

Husmear las entrañas de la tierra es como hacer una visita a otro mundo. En eso coinciden los espeleólogos, los científicos que se dedican a descubrir los enigmas ocultos en la oscuridad de las cuevas. Es percibir olores extraños que se mezclan con la humedad del agua que discurre por dentro de las montañas, es caminar en un laberinto en medio de la penumbra y la ceguera mientras se escucha el eco de los golpes de ala y los gruñidos de los murciélagos. Se trata de un mundo en el que sólo hay una regla fundamental: no tener fobias.

En Colombia, país de cordilleras, se abren paso un sinnúmero de cuevas. Seguramente son muchas, “más de 1.000”, sentencia la profesora Yaneth Muñoz, del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional. La investigación espeleológica en el país hasta ahora da sus primeros pasos y en materia de balances es muy poco lo que se puede decir. De hecho, formalmente fue en 2004 cuando se estableció la Asociación Espeleológica Colombiana (Espeleocol) ante la Cámara de Comercio de Bogotá en un intento por aglutinar los esfuerzos que, desde comienzos de los años noventa, se encontraban dispersos en los cuadernos de notas de investigadores independientes y de otros tantos científicos aficionados a las cuevas que estaban vinculados a universidades como la Javeriana y la Nacional.

Un país sin cuevas

Las cavernas son el testimonio vivo de los cataclismos que tuvieron lugar en tiempos inmemorables, cuando la Tierra todavía no conocía las razas humanoides y éstas a su vez no las habían adornado con pinturas rupestres, mientras se refugiaban de la última glaciación hace cerca de 40 mil años. En los tiempos modernos los hombres han invertido grandes recursos económicos para dinamitar las montañas, en un afán desesperado por encontrar los sistemas kársticos en los que se forman las cavernas por la acción diluyente del agua y que son ricos en piedra caliza, el ingrediente principal del cemento, el alma del urbanismo.

Las montañas de Antioquia, uno de los departamentos más ricos cuando se habla de cuevas al igual que Tolima, Huila, Santander  y Boyacá, han sido uno de los principales focos de la explotación cementera durante los últimos años, especialmente a la altura de Río Claro y Doradal, muy cerca de donde hace algunos años Pablo Escobar intentó construir algo así como su propia tierra del nunca jamás, esa especie de pequeño país repleto de excentricidades ecológicas al que bautizó Hacienda Nápoles.

¿Qué sucedería si la explotación no cesara y las inclemencias del actuar humano llegaran a fulminar los ecosistemas que forjan su propia comarca amparados por la oscuridad? La profesora Muñoz, a cargo de un grupo de investigación de la Universidad Nacional especializado en el estudio de la vida cavernaria, pronostica un apocalipsis a pequeña escala. “Las cuevas y los animales que en ellas habitan, aunque los tilden de horrorosos, son más importantes de lo que se cree”.

Muñoz, hablando a una velocidad frenética, como si quisiera copar cada milésima de segundo con una sílaba para vetar a las dudas de su discurso, cuenta que en las cuevas habitan guácharos y murciélagos, ambos aves nocturnas. Los guácharos son animales frugívoros, es decir, que se alimentan de frutos. Salen a buscarlos a los bosques vecinos y los consumen sobre las ramas de los árboles. Al terminar, dejan caer las semillas al suelo, y siembran sin querer nuevas plantas. Los murciélagos, dependiendo de su especie, se alimentan de frutos, sangre o insectos, lo que los convierte en una suerte de control natural contra las plagas. “Si se extinguen, sentencia Muñoz, no sólo se afectaría la vida dentro de las cuevas, sino también el equilibrio de los sistemas vecinos”.

Al ahondar un poco más en el tema, la investigadora, quien también ocupa una casilla en la lista de asociados a Espeleocol, habla del amplio grupo de especies de artrópodos (insectos, crustáceos y arácnidos), que conviven entre las rocas y del guano que excrementan los murciélagos luego de completar sus digestión. “Son animales que muy pocos conocen y que podrían desaparecer”. Y antes de dar por terminada su explicación, Muñoz aclara que el guano está siendo utilizado e investigado en otros países como un fertilizante eficaz, así que debajo de todo ese manojo de desechos, porquería lo llamarían algunos, podría esconderse un valioso recurso.

“Lo que se encuentra en el fondo de las cuevas es un pequeño laboratorio de la evolución, miles y miles de años de vida guardados en un sólo lugar que espera para ser estudiado”, comenta Diego Casallas, un estudiante de biología, que al lado de la profesora Muñoz ha investigado  la vida dentro de las cuevas.

Turismo en las rocas


Con estas cavernas sucede algo similar a lo que ocurre con el petróleo. Se encuentran por debajo del suelo y su único propietario es el Estado. Tierra de todos y de nadie a la vez. Sin embargo, lo que los investigadores han visto es que, ya sea por ignorancia o por ambición, en Colombia los dueños de las cuevas parecen ser los propietarios de los lotes en los que se hallan las entradas.

Debido a esto, los investigadores se han enfrentado a algunos inconvenientes en sus salidas de reconocimiento y exploración. En Santa Sofía, Boyacá, por ejemplo, vive un hombre que proyectó en sus predios una singular idea para ganar dinero: “La Cuevoteca”, un lugar que sufrió varias modificaciones para convertirse en bar. Se le instalaron luces, sillas, un sistema de sonido y hasta una cantina. Es bastante popular en la región y según cuentan, hay veces en las que el creativo propietario del terreno la alquila para que sus visitantes convoquen a reuniones privadas.

Asimismo, en otras regiones del país, el atractivo turístico de las cavernas es aprovechado para ofrecer recorridos con precarias medidas de seguridad (Ver recuadro). Visitantes que entran en chancletas, sin tapabocas, guantes, casco ni overol. “En las cuevas todo duele”, asegura Iván Camilo González, otro de los estudiantes que acompaña las expediciones de la Universidad Nacional y Espeleocol. En el suelo, sobre el guano y algunos animales venenosos, se esconde una delicada amenaza para la salud. Se trata del Histoplasmodyum capsulatum, un hongo que al ser pisado en la cuevas más secas se levanta como polvo propagando sus esporas por el ambiente. Si se inhalan, las esporas se alojarán en los pulmones y desencadenarán histoplasmosis, una afección respiratoria, similar a la tuberculosis, que en los casos más graves podría matar al paciente.

Entre los filos rocosos, a veces cortantes, que penden de los techos (estalactitas) y los que emergen desde el piso (estalagmitas), se ven rastrojos del goteo de agua con minerales disueltos, que luego de varios miles de años se solidifican para confeccionar llamativos paisajes subterráneos. Los geólogos a diferencia de los biólogos que se ocupan de las especies vivas, tratan de desentrañar la memoria de las piedras. No obstante, en su trabajo, han sido varias las sorpresas con las que se han encontrado: botellas de trago vacías, condones y la desembocadura putrefacta de cañerías.

“No nos oponemos a que haya turismo en la cuevas, pero hay normas que se deben seguir para visitarlas y no echarlas a perder”, explica el profesor Juan Manuel Moreno en su oficina del edificio de Geociencias de la Universidad Nacional, quien alterna su labor como docente con su tarea el frente de la Secretaría de Espeleocol.

Este problema se ha convertido en una amenaza tan grande para estos ecosistemas, que la asociación está trabajando en la formulación de un proyecto de ley, junto con el Ministerio de Medio Ambiente, que regule y establezca unas normas para la conservación de las cuevas, pues hasta el momento su oscuridad y ambiente hostil las han mantenido alejadas de la ciencia y han puesto en alerta a las fuerzas del Estado, que ahora las recorren con botas y fusiles a la caza de guerrilleros escondidos, como se evidenció hace algunas semanas con el rocoso escondite del Mono Jojoy. La guerra también parece conspirar en contra de estos santuarios de la evolución.


El Cenicero, El Molino, El Polvero, El Tigre, Cueva Mata de Plátano y Cueva Naranjo    Las fotos fueron tomadas en las siguientes cuevas

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