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hace 12 horas

Esclavos de sus vicios

<strong>El Espectador</strong> presenta el testimonio de cinco personas que desde hace meses luchan contra el cigarrillo, la comida, el alcohol, la droga y la enfermiza necesidad de tener sexo.

“No puedo parar de comer”

Martha 40 años

Cuando se siente muy llena vomita para poder seguir comiendo. Usualmente lo hace de noche, mientras sus dos hijos  duermen o están encerrados en sus cuartos viendo televisión o entretenidos con los videojuegos. Siempre se atraganta de comida cuando está de pie, a veces lo hace con arroz, queso y papás fritas, aunque generalmente prefiere llenarse la boca de pan, de deliciosos y blanditos trozos de pan que compra en el mercado para un mes, pero que se los engulle en tan sólo un par de horas. Desde hace un año está tratando de bajar seis kilos de peso con la asesoría de un nutricionista, sin embargo, para Martha ha sido una tarea prácticamente imposible a pesar de que ha recurrido a medidas que considera bastante drásticas, como comprar alimentos que no le gustan o un pan muy feo. Por eso, también decidió asistir a un grupo de comedores compulsivos en Bogotá. Dos veces a la semana comparte su dolorosa experiencia con otras mujeres y hombres que al igual que ella no pueden dejar de comer. En las últimas sesiones Martha ha confesado aterrorizada que siente que su casa se ha convertido en una olla, pues siempre que está allí siente la necesidad incontrolable de atragantarse con grandes bocados de sus alimentos favoritos. Compungida y agotada de luchar desde hace ocho años con esta adicción a la comida, sentencia: “Estoy atrapada en un círculo vicioso que seguramente me llevará a la tumba”.

Al borde de la locura

Jorge 35 años

“Soy adicto al sexo. Hace años que me trato, ya hice terapia con varios psicólogos, pero no lo puedo superar. Hay épocas en que logro controlarlo, pero cada rato tengo recaídas. Esto es más fuerte que yo. Es terrible. A veces estoy en el trabajo, con mi mujer o hasta con mis hijos y de repente me transformo. Empiezo a pensar y siento un deseo sexual que no puedo frenar. Hay un Jorge antes de tener sexo y un Jorge después de tener sexo. Todo empezó cuando tenía 22 años y comencé a tener este tipo de pensamientos. El placer parecía acompañarme a todas partes, pues lo único que quería era tener sexo. Cuando conocí a mi esposa mi mente se aquietó y pensé que me había curado, pero luego todo volvió a ser como antes. Ella me obligó a someterme a un tratamiento, pero ha sido difícil y agotador. Espero por el bien de mis hijos que algún día logre superar esta necesidad incontrolable por sentir placer, de lo contrario creo que algún día finalmente enloqueceré”.

El placer del humo

Sergio 55 años

Tan pronto se levanta enciende un cigarrillo. Luego se baña, se viste y prende otro para desayunar junto con una taza de café. Al salir de su casa saca uno nuevo de su cajetilla y lo aspira mientras espera el bus. Antes de entrar a su oficina se detiene  unos segundos en la puerta para disfrutar por cuarta vez en el día del sabor de la nicotina. Casi una hora y media después de haber estado sentado en frente del computador debe volver a bajar a la calle para fumar. Sube, trabaja otro par de horas y regresa al primer piso ansioso por sentir una bocanada de humo en su boca. Este mismo ejercicio lo repite cuatro veces más antes de salir a almorzar. En tan solo medio día, Sergio se ha fumado media cajetilla, su boca hede a nicotina y sus manos y chaqueta se han impregnado de un fastidioso olor a chicote.

En la tarde se fuma los mismos cigarrillos que en la mañana y al llegar a su casa prende tres más. Su esposa y sus hijas le han suplicado que deje ese vicio que terminará matándolo. Y Sergio lo ha intentado todo, pero nada ha dado resultado. En medio de esta batalla que cree perdida, Sergio confiesa que su adicción al cigarrillo ha sido, es y será más fuerte que él: “Así que lo mejor es gozármela sin pensar en las consecuencias”.


Condenado por el alcohol

Iván 37 años

“El alcohol me dejó ciego”. Así comienza Iván el doloroso relato de su adicción por el licor. Todo empezó cuando estaba en la universidad y comenzó a emborracharse con frecuencia. Primero lo hacía cada fin de semana, luego tres veces por semana y finalmente todos los días. Sus amigos tomaban igual o más que él, así que nunca sintió que tenía un problema y mucho menos que estaba enfermo. Como era el hijo menor y el más consentido, al poco tiempo de haber empezado su pregrado en Ciencias Sociales le regalaron un carro. A pesar de las constantes borracheras nunca perdió una materia y a los cincos años se graduó como profesional.

Nadie en su familia sospechaba que durante ese tiempo la mejor compañía de Iván había sido una botella de whisky. Después de conseguir su primer trabajo las borracheras eran cada vez peores. En repetidas oportunidades llegaba a su apartamento sin acordarse dónde había dejado el carro ni con quién se había devuelto. Hasta que un día la suerte no lo acompañó más y sufrió un terrible accidente que lo dejó ciego.

Hace tres años está intentado conseguir otro empleo, pero no ha sido fácil. Su familia lo obligó a consultar un terapeuta. Hasta ahora Iván comienza a adaptarse a un mundo de oscuridad, en el que todavía el alcohol no ha desaparecido.

Camino a la muerte

Camila 18 años

“Después de haber sufrido la experiencia más amarga y cruel que pueda existir, lo único que quiero es compartir mi historia para que ojalá muchas jóvenes se abstengan de entrar en el terrible mundo de la droga. Mis padres son adinerados y me lo dieron todo: carro, ropa, el mejor colegio; creyeron que así  iban a compensar su ausencia mientras se divertían en clubes y fiestas. Antes de cumplir 15 años me inicié en el vicio y empecé a consumir toda clase de drogas: marihuana, crack, cocaína, éxtasis, heroína. En ese entonces, conocí a un tipo y me enamoré. Fue mi primer amor, pero él era drogadicto y me empujó al vicio y al infierno, pues estuve a punto de fallecer por una sobredosis.

Dormí muchas veces al aire libre, pasaba días sin comer y sólo consumía droga. Mis padres se dieron cuenta y han sufrido mucho. En todo este tiempo me han hospitalizado varias veces. Recuerdo que una vez mis padres, para tratar de cortarme el vicio, no me dejaban salir de la casa y pasé por el síndrome de la abstinencia. Sudaba, vomitaba, quería destruirlo todo y me tuvieron que internar en la clínica. Me aplicaron sedantes durante 20 días y otra vez me dieron de alta. Sé que cada día que me levanto debo enfrentarme al peligro de volver a caer. Me he acercado mucho a Dios y rezo todos los días para que pueda permanecer siempre así, limpia y tranquila”.

En busca de una vacuna

Durante estos primeros seis meses del año, un grupo de científicos españoles se ha dedicado a realizar cientos de pruebas de ensayo y error, como parte de un gigantesco estudio que pretende descubrir una vacuna que combata la adicción a la cocaína.

La investigación, que cuenta con recursos del gobierno de España, tardará por lo menos un año y medio más. Por el momento, se ha logrado establecer que la vacuna sólo se utilizaría para combatir la adicción, tratar una sobredosis y reducir el riesgo de una recaída, pero no como método preventivo, pues según el psiquiatra Carlos Álvarez Vara, miembro de este estudio, “no existe ningún fármaco capaz de bloquear los efectos de la cocaína ni mucho menos de facilitar la abstinencia”.