La otra cara de la Luna

Más allá del gran salto para la humanidad, el alunizaje de Neil Armstrong significó la victoria de los Estados Unidos sobre los soviéticos en su carrera por dominar el espacio exterior.

Cuando los estadounidenses se despertaron la mañana del 4 de octubre de 1957, recibieron la noticia como una bofetada. El Sputnik, una esfera de aluminio de 83,6 kilogramos de peso, inauguraba la historia espacial como el primer satélite artificial puesto en órbita, además de convertirse en una amenaza directa al poder que la Casa Blanca creía mantener sobre el mundo. En contraste, al otro lado del mundo, los soviéticos continuaban ebrios de patriotismo.

La pesadilla se había materializado. En las calles persistía el rumor de que el próximo objetivo de los rojos sería volar la Casa Blanca. “Nuestras películas y series de televisión en los años 50 profetizaban que llegaríamos al espacio. La sorpresa fue que la Unión Soviética lanzara el primer satélite. Es duro recordar el ambiente de la época: refugios nucleares, anticomunismo radical, una sensación de peligro inminente”, le confesó años después John Logsdon, director del Instituto de Política Espacial de EE.UU., al escritor Leonard David.

Washington prendió las alarmas. Mientras los legisladores criticaban el papel de la inteligencia nacional ante lo que consideraron el final del “estilo de vida americano”, el presidente Dwight Eisenhower tomó cartas en el asunto y elaboró un plan multimillonario para contrarrestar los avances soviéticos. Creó la Nasa, aumentó el presupuesto de investigación y apoyó a las universidades que se comprometieran a educar a los futuros astronautas. Pero el gran objetivo espacial de EE.UU. lo trazó un católico de 44 años.

“Escogemos ir a la Luna en esta década y cumplir con las otras cosas, no porque son fáciles, sino porque son difíciles. Porque esa meta logrará mezclar lo mejor de nuestras energías y capacidades, porque es un reto que estamos ansiosos por aceptar, uno que no queremos posponer, y donde pretendemos ganar. Y otros también”, fue el célebre discurso con que, en 1961, el presidente John F. Kennedy daba inicio al programa de conquista lunar de los Estados Unidos.

La tarea no fue fácil. Los ingenieros norteamericanos tuvieron que armarse de paciencia con cada progreso del proyecto Apollo. Mientras en Moscú celebraban con bombos y platillos el envío del primer hombre, y después de la primera mujer al espacio, en la Nasa estudiaban la superficie lunar, construían los módulos que permitieran llevar a cabo el sueño presidencial y se sumergieron en una amplia cadena de ensayos y errores.

Hasta que el 20 de julio de 1969, poco antes de las 10 de la noche, un hombre enfundado en un traje espacial clavó en la Luna la bandera estadounidense y dio un gran salto para la humanidad. Entonces, unilateralmente, en Washington se declararon ganadores de la carrera espacial.

El interés por los cuerpos celestes se fue perdiendo paulatinamente con el cambio de época por cuestiones terrenales, como la carrera armamentista y la proliferación nuclear. “La innovación tecnológica no fue producto ya de los viajes al espacio sino, infortunadamente, del monstruoso gasto en la industria militar. Ésta prevaleció sobre las ideas prometéicas de los años 60 de conquistar el espacio y extender las fronteras”, comenta el historiador colombiano Juan Carlos Flórez.

Y mientras ambos gobiernos buscaban asegurar el dominio continental, lograron un acuerdo en el espacio. El 17 de julio de 1975 las naves Apollo y Soyuz, se acoplaron por 44 horas para entregarse regalos mutuos y hacer observaciones de la Tierra.

La carrera espacial terminó formalmente en 1991, cuando los esfuerzos desesperados de la dirigencia soviética por salvar su economía fracasaron definitivamente. Para entonces, tanto rusos como estadounidenses habían hecho las paces en las estrellas.

Historia del programa Apollo

El programa Apollo comenzó en 1961 por orden del entonces presidente John F. Kennedy con la orden clara de llevar un hombre a la Luna y traerlo de vuelta. El proyecto entero se extendió hasta 1975, cuando fue cancelado por la Nasa, aunque la última vez que el hombre llegó al satélite fue en 1972, con el Apollo 17.

El primer vuelo exitoso de todo el programa, integrado por tres astronautas, fue el del Apollo 7, que despegó el 11 de octubre de 1962 y cuya misión consistía en probar el desempeño del módulo de comando en el espacio. El viaje duró 11 días, en los que la tripulación orbitó alrededor de nuestro planeta.

La siguiente misión, Apollo 8, fue la primera en llegar a la Luna sin aterrizar. La tripulación arribó al satélite en Navidad, desde donde realizó una transmisión televisada, que se convirtió en uno de los eventos más vistos en la historia de la humanidad.

El único Apollo que no logró su objetivo fue el número 13, que sufrió daños severos una vez ya estaba en el espacio. La tripulación logró regresar a salvo al planeta.

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