Bajo la sombra de la Luna

Este lunes hace 40 años Neil Armstrong dio el pequeño paso. Tres científicos colombianos de la Nasa hablan de cómo la hazaña del Apolo 11 les cambió la vida.

Sentados a la orilla del mar en Buenaventura, en la terraza de un apartamento en Buenos Aires o en el patio trasero de una casa en Estados Unidos, cada uno se preguntó por la vida y el universo mientras miraban la noche pasar allá en el cielo, en la eterna distancia que los separaba de las estrellas y todo lo demás. En aquellas noches de observación establecieron una conexión única y determinante entre ellos, apenas unos niños, y el frío vacío de donde emergió la vida. Un vínculo que se sellaría para siempre mientras veían las imágenes borrosas de un hombre vestido de blanco que parecía resplandecer en la inmensa oscuridad del espacio, como si aquel Neil Armstrong estuviera hecho de luz. Y entonces llegó la voz ronca, entrecortada, que hablaba del pequeño paso y el salto gigante en nombre de toda la humanidad que lo cambió todo.

Para los científicos colombianos Adriana Ocampo, Raúl Cuero y César Ocampo, los primeros pasos del hombre sobre la Luna fueron también los primeros de su propia carrera espacial, el camino que los llevaría millones de kilómetros hacia lo desconocido.

Cuatro décadas después del viaje del Apolo 11, la humanidad mira la Luna como uno más de los puntos que se han iluminado en el mapa del sistema solar. Al igual que ocurrió con la cartografía medieval, las cartas de navegación del espacio han ido ampliando sus márgenes, el horizonte de lo absolutamente desconocido está cada vez un poco más lejano, unos miles de kilómetros más adentro de la palabra “remoto”. Y, de alguna u otra forma, estos tres colombianos han contribuido en las empresas espaciales que redibujan las esquinas del horizonte cósmico.

Para César Ocampo la pregunta resulta absurda, no la entiende. “¿Por qué exploramos el espacio?: porque está ahí”, concluye en tono de respuesta obvia este doctor en astrodinámica nacido en Armenia y quien emigró a Estados Unidos desde muy pequeño, justo en el mismo momento en que Armstrong y sus compañeros se encontraban en su propia migración al espacio. Desde los días del Apolo 17, la última misión del mítico programa que llevó 12 hombres a la Luna, el doctor Ocampo supo que su vida estaba más allá del alcance de la gravedad. Desde entonces se dedicó a estudiar “la mecánica celeste”, una hermosa forma de aludir al movimiento de los cuerpos en el espacio, para comprender cómo llevar naves hasta un punto determinado, construir las trayectorias de la exploración; en la inmensidad del espacio, el doctor Ocampo construye carreteras.

De Buenaventura a Marte

Con absoluta certeza, con una convicción que resuena a través del teléfono, el doctor Raúl Cuero, un microbiólogo nacido en Buenaventura y doctorado en el Reino Unido, responde: “No es imposible llegar a Marte, con toda seguridad iremos allá. En lo que estamos trabajando es en cómo poder habitar este y otros lugares, cómo establecernos para desarrollar distintas actividades”. El doctor Cuero, investigador de la Nasa, sabe de qué habla; su campo de estudio es la biogénesis, la forma en que la existencia se reproduce, por lo que su interés en Marte es grande como laboratorio para la vida más allá de la Tierra, como un posible segundo hogar que existe no solamente en las páginas de la ciencia ficción, sino en las realidades comprobables de la ciencia.

“¿Qué si me gustaría al espacio?”. El doctor Cuero piensa y dice: “A los ocho años miraba en el mar hacia el horizonte y me preguntaba qué había más allá. Hoy lo sé a través de la exploración mental del conocimiento. Creo que no me interesa ir al espacio porque he logrado crear un mundo entero con mi cabeza”.

La geóloga planetaria

Algo similar sucedió con Adriana Ocampo, tal vez una de las personas que más sabe sobre el espacio sin haber puesto un pie en nave alguna distinta de un avión. Esta geóloga planetaria estuvo frente a la pantalla del centro de control cuando el Vikingo 1 llegó a Marte, uno de los pocos seres humanos en observar las primeras imágenes de cómo era la superficie de aquel lugar inhóspito, pero que tiene un cierto aire de familiaridad para el hombre, con sus rocas y su arena, que hacen pensar en algún desierto en la Tierra y no el lejano terraplén donde no hay aire, pero sí agua.

En ese entonces, cuando apenas era una aprendiz de la Nasa, miraba con admiración las pantallas del JPL (Jet Propulsion Lab), el centro espacial de donde parten la mayoría de las misiones no tripuladas, como si acaso se encontrara en un parque de diversiones, en una versión erudita de Disneylandia.

Esta mujer, que hoy en día es la directora ejecutiva del programa Nuevas Fronteras (que llevará por primera vez una sonda hasta Plutón, el último planeta del sistema solar, y también la primera nave a Júpiter con el uso de energía solar), está convencida de que haber ido a la Luna fue una especie de entrenamiento para el resto de la exploración espacial, un campo de pruebas para la tecnología y los astronautas, la máquina y la carne. Como si tuviera que defender todos los proyectos de exploración ante una mesa llena de burócratas con oscuros trajes y calculadora en mano, la doctora Ocampo asegura que “cada dólar que se invierte en el espacio se ve triplicado en aplicaciones para la Tierra”.

“Hoy en día lo que se busca no es tanto expandir las fronteras, sino aprovechar los lugares que ya hemos explorado”, afirma Cuero. Este punto parece ser algo reiterativo en el discurso de estos tres científicos: la tarea de ahora es utilizar lo que se sabe para llegar más lejos. Al igual que aquel 20 de julio de 1969, ellos, y otros tantos en diferentes países, vuelven a mirar a la Luna como objetivo, como la meta de llegada de una aventura y de partida de una más grande: Marte.

Aún hoy, casi medio siglo después del despegue del Apolo 11, seguimos viviendo bajo la sombra de la Luna, como lo admite la doctora Ocampo. “Las misiones Apolo, en especial la primera que logró orbitar alrededor de nuestro satélite, el Apolo 8, tuvieron un peso importantísimo en la mentalidad del hombre: poder vernos por primera vez, ver nuestro planeta tan bellamente frágil, saber que somos algo más, entidades que evolucionan en un universo que aún sigue creciendo”.

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