El último gran naturalista

El holandés Thomas van der Hammen se enamoró de las montañas de Colombia hace 59 años y les dedicó todo su trabajo científico.

En un rincón de su casa campestre en las afueras de Chía, el holandés Thomas van der Hammen construyó una pequeña capilla dedicada a San Francisco de Asís. Contrario a la mayoría de sus colegas científicos, era un hombre profundamente religioso. Solía decir que existen dos caminos que permiten el conocimiento, el científico y el místico. Para él, ambos conducían a un punto en que la lógica se disuelve, y al combinarse permitían develar el mundo oculto en la naturaleza.

El viernes, sus más cercanos familiares, amigos y discípulos llegaron hasta la diminuta capilla para despedirlo. Tenía 85 años. Había pasado unos meses muy difíciles. A la enfermedad que lo aquejaba se había sumado en el último año el dolor por la muerte de su hijo menor, Cornelis, y de su esposa Anita Malo.

“Era uno de los gigantes, el último gigante”, dice Martin von Hildebrand, de la Fundación Gaia, “junto al botánico Richard Evan Schultes, el zoólogo Federico Medem y el antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, Van der Hammen fue uno de esos grandes humanistas y científicos extranjeros que vinieron al país y se quedaron abriendo grandes espacios para la ciencia y el conocimiento”.

Sus discípulos y colegas no temen  comparar los trabajos científicos que realizó en Colombia con los del barón Alexander von Humboldt y José Celestino Mutis en el siglo XIX. “Es un legado enorme”, dice Carlos Rodríguez, director de la organización Tropenbos.

En 1951, cuando llegó a Bogotá con tan sólo 27 años de edad, pero con una sólida reputación como investigador de la Universidad de Amsterdam, se dio a la tarea de reconstruir la historia natural de Colombia durante los últimos dos millones de años a partir de muestras de polen enterradas bajo el suelo. Ayudó más tarde a fundar la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Nacional. Una de las investigaciones por las que sería más reconocido fue el estudio de la ecología de los Andes, observaciones que quedaron consignadas en siete volúmenes.

Más de 400 publicaciones científicas son la prueba de su intensa actividad intelectual en campos tan amplios como la geociencia, pero también la botánica, la arqueología y la antropología. “Era un hombre con un conocimiento integral. Un verdadero ecólogo”, apunta Carlos Rodríguez. Centenares de estudiantes se formaron bajo su tutela y llegó a dirigir más de 50 tesis de doctorado.

Gerardo Ardila, director del Instituto de Estudios Urbanos, opina que “sus trabajos en la sabana de Bogotá eran punto de referencia obligatoria para entender la historia climática de América y para relacionarla con la historia de los ecosistemas del mundo”.

Su hija, la reconocida antropóloga María Clara, lo describe como un padre maravilloso. El bosque que rodea la capilla, y que el propio Van der Hammen se encargo de restaurar con árboles nativos de la sabana, le recuerda el amor por la naturaleza que le inculcó a ella y sus hermanos: “Nos enseñó a amar la vida y la naturaleza. A todos nos llevó al mar a sentir las olas, al bosque a percibir el olor del musgo, nos acostaba en el piso para ver la grandeza del universo”.

Hasta sus últimos días trabajó en una obra en la que quería reunir todas sus observaciones sobre la sabana de Bogotá. Temía que esta tierra de la que se sentía parte, terminara tragada por la ciudad y destruida por los urbanizadores.

 

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