En 2050 la población humana llegará a los 9.000 millones

Según un grupo de expertos, la única solución para evitar el hambre es una revolución social y cultural.

Nada raro sería que para el año 2050, cuando el planeta tenga que soportar el peso de 9.000 millones de seres humanos, en el menú de los restaurantes aparezca una tercera columna, además del nombre del plato y el precio, con una detallada descripción de la cantidad de energía invertida en producir cada alimento.

Un comensal podría entonces decidir si ordena el menú 1, con carne, arroz, tomate y vino, que exigió para su producción 19 megajulios de energía, o el menú 2, con pollo, papas, zanahorias y agua, en el que tan sólo se invirtieron 6,1 megajulios para lograr el mismo valor nutritivo.

Según un grupo de expertos internacionales, la humanidad enfrenta uno de los mayores retos de su historia: tendrá que aprender a alimentar a 3.000 millones más de personas de las que hoy existen utilizando prácticamente la misma extensión de tierras cultivables.

“Este reto requiere cambios radicales en la manera como producimos, almacenamos, procesamos, distribuimos y accedemos a la comida”, apuntó el equipo encabezado por Chares Godfray, de la Universidad de Oxford, en un reporte especial publicado en la revista Science, en el que se plantean algunas soluciones.

Godfray y sus colegas no son pesimistas. Consideran que para lograr un aumento de 70 a 100% en la producción de alimentos se requiere lo que han llamado “intensificación sustentable”.

Uno de los frentes de trabajo es cerrar la brecha de eficiencia en los campos. Mientras países como China y Brasil han conseguido triplicar la producción de algunos  cultivos,  África retrocedió a los niveles que tenía a mediados de la década de los 70.

Los cultivos transgénicos son otra esperanza. Hasta ahora sólo hemos visto pequeñas modificaciones genéticas en semillas como el maíz y la soya, pero a mediano plazo (10 a 20 años) podrían surgir cultivos tolerantes a tierras salinas, más eficaces en consumo de nitrógeno o que soporten altas temperaturas.

Reducir el desperdicio de alimentos también traería algo de alivio. Tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo se calcula que se pierde entre el 30 y el 40% de los alimentos. Las causas varían. Mientras en los países ricos el bajo precio de los alimentos impide que las personas sean cuidadosas en su consumo, en los más pobres una gran parte se pierde por malos procesos de almacenamiento y distribución.

La acuicultura es otra gran apuesta. Hoy, casi la mitad de la población depende de productos de mar que aportan el 15% del consumo de proteínas. Si se combinan nuevas tecnologías de pesca con el cuidado de los cuerpos de agua y los ciclos de las especies se obtendrían algunos beneficios.

Por último, y quizá la parte más difícil, son los cambios en la dieta. Godfray asegura que no se trata de caer en ideas simplistas como que todos nos volvamos vegetarianos, pero sin duda unas modificaciones en el menú no vendrían mal. Se calcula que un tercio de la producción global de cereal se destina a alimentar animales. Esto constituye un desperdicio de energía en muchos sentidos, porque tan sólo el 10% de la energía vegetal se logra convertir en materia animal.

“Reducir el consumo de carne ofrece una oportunidad de alimentar a más personas”, apuntaron los investigadores para quienes no hay otra salida que una revolución social y cultural si queremos evitar el hambre a esos 9.000 millones.

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