¿Quiere enamorarse? La ciencia le dice cómo

Robert Epstein, de la U. de California, habla de ejercicios sencillos.

Somos una muy rara especie en el reino animal. De todos los mamíferos que existen, menos del 5% establecen relaciones monógamas por largos períodos de tiempo. No puede decirse, sin embargo, que seamos expertos en el tema. Cada año en Colombia se tramitan cerca de 9.000 divorcios en las notarías y unas 800 sociedades conyugales se disuelven en los juzgados. En Estados Unidos, la mitad de los primeros matrimonios fracasan.

El asunto se podría dejar en manos de brujos, astrólogos, asesores de parejas o lanzar las monedas del I Ching para escuchar los mensajes de la sabiduría china. La otra posibilidad es poner atención a lo que psicólogos y neurocientíficos como Robert Epstein, de la Universidad de California en San Diego, han ido escudriñando sobre la manera como se tejen las relaciones entre los humanos.

En sus clases y conferencias, Epstein suele pedir que pasen al frente personas que no se conocen entre sí. Quiere demostrar con el más sencillo de los experimentos que hay técnicas para incrementar el amor entre dos personas. Primero les pregunta, en una escala de 1 a 10, qué tan cerca se sienten emocionalmente de la persona que tienen al frente. Después de esto les pide que se miren profundamente a los ojos durante un par de minutos. “Exploración del alma”, lo llama él.

El resultado es interesante. Cuando les pregunta a las parejas que califiquen lo que ahora sienten por la otra persona, un 7% dice que aumentó su sentimiento de amor, un 11% asegura que se incrementó el gusto por el otro y un 45% experimenta una sensación de cercanía e intimidad.

“A lo largo de los años he visto un rápido incremento en la literatura científica relacionada con las relaciones y luego de conducir algunas investigaciones por mi propia cuenta, he llegado a creer que definitivamente existe arreglo para nuestro pobre desempeño en las relaciones románticas”, comentó Epstein en una reciente conferencia sobre el tema. “Podemos extraer una metodología práctica a partir de la investigación reciente para enseñar a la gente a querer”.

El experimento de las miradas, por ejemplo, tiene sustento en la investigación que a finales de los años 80 desarrolló James Laird de la Universidad de Clark. Junto a su equipo, este psicólogo demostró que mirarse mutuamente a los ojos incrementa los sentimientos de unión y amor hacia extraños. Entre los mamíferos, las miradas pueden ser un signo de amenaza, pero cuando dos seres humanos se permiten este gesto, están enviándose un mensaje de vulnerabilidad que crea lazos de unión.

“Signos de vulnerabilidad entre los animales y las personas despiertan tendencias hacia el cuidado y la protección”, dice el experto, quien asegura que un 90% de sus estudiantes que han enseñado algunas de las técnicas sugeridas por la ciencia han reportado incrementos entre un 3 y un 30% en el amor y la atracción hacia personas cercanas.

Intentar sincronizar la respiración durante unos minutos, contarse un secreto, pararse frente a frente y acercarse poco a poco hasta casi juntar las narices, o simplemente compartir situaciones que les provoquen miedo o signifiquen un reto, son otros sencillos experimentos sugeridos por los psicólogos.

Para quienes dudan del “amor por demanda”, el que puede incrementarse y provocarse con diferentes actitudes y acciones, Epstein suele traer a colación los matrimonios en la India, donde el 95% de las uniones son arregladas por la familia y aún así es uno de los países con las menores tasas de divorcio.

“Una mirada cuidadosa a los matrimonios arreglados y al conocimiento acumulado por la ciencia tiene el potencial de darnos verdadero control sobre nuestras vidas amorosas”, dice Epstein.

Entrevistando a estas parejas en India ha identificado factores como el compromiso, buenas habilidades comunicativas, la capacidad de acomodarse a las necesidades del otro, que serían parte del secreto para hacer que los lazos perduren en el tiempo. En su opinión, una de las más importantes es hacer cosas deliberadamente para mostrarnos vulnerables frente al otro. “Dejar las cosas al azar no es una buena opción”, dice el experto.

 

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