Creer es bueno para la salud

Personas religiosas pueden sobrevivir 18 meses más a una enfermedad.

En el consultorio 321, de la Clínica de Marly en Bogotá, el psicoanalista Ariel Alarcón recibe a pacientes con enfermedades terminales a quienes escucha y orienta para afrontar la enfermedad como un reto y no como un castigo.

Alarcón está convencido de que la religiosidad y una profunda conexión con la vida son factores que juegan a favor de los pacientes. En su práctica clínica ha corroborado lo que algunos estudios, como los del doctor Alastair Cunningham en Canadá, han insinuado: los pacientes más devotos no sólo sobrellevan mejor su enfermedad, sino que pueden llegar a tener tasas de sobrevivida más altas que los pacientes menos crédulos y con una actitud negativa ante la vida.

¿Qué relación existe entre la religiosidad y la salud?

Los pacientes que tienen una profunda convicción religiosa y espiritual, psicológicamente son capaces de enfrentar mejor una enfermedad. Existen investigaciones, como las de Alastair Cunningham, un profesor de la U. de Toronto, quien ha estudiado el papel de la religión en pacientes con cánceres terminales. Cunningham ha comprobado que quienes tienen un mayor compromiso con la religión han sobrevivido hasta 18 meses más que los pacientes que no tienen ese vínculo con Dios. Para su estudio, Cunningham analizó exhaustivamente el contenido de los diarios que cada paciente debía llevar a lo largo del tratamiento y descubrió que los sobrevivientes eran personas más expresivas y recurrían con frecuencia a palabras como “gratitud”, “Iglesia”, “oración” y “Dios”.

¿Por qué cree que sucede esto?

Una teoría está relacionada con la psiconeuroinmunología. Es decir, que el cerebro tiene la capacidad de influir en el sistema inmunológico. La relación entre estos tres sistemas es tan fuerte que muchos estudios muestran que las personas muy estresadas aumentan el nivel de cortisona en el cuerpo, originando que los linfocitos no se reproduzcan y se bajen las defensas, lo que los hace más proclives a adquirir enfermedades.

¿Recuerda algún paciente religioso que sobreviviera más tiempo de lo previsto?

Recuerdo el caso de una monja y un sacerdote, dos personas religiosas, que enfrentaron enfermedades muy complicadas, en las que no había mucho que hacer. La monja había sido abandonada en un convento, tenía resentimiento con la vida. Le reclamaba constantemente a Dios por su enfermedad. A pesar del tratamiento, sufrió mucho. Le teníamos que aplicar dosis muy altas de calmantes. Mientras que el sacerdote era una persona que daba mucho amor, era una persona muy querida. Asumió su enfermedad con valentía. Veía la muerte como un reencuentro con Dios. Nunca tuvo fuertes dolores, no necesitó analgésicos. Tuvo una muerte muy bonita: en paz. No es que uno haya sobrevivido más y, si lo fue, se trató de una diferencia de días o semanas, pero la forma de enfrentarlo fue muy distinta en los dos casos.

¿Qué investigaciones se están realizando en el país?

En la Clínica de Marly estamos haciendo una investigación con pacientes de cáncer, en donde una de las variables es cómo la religión influye en la salud. Aunque aún no hemos culminado el estudio por falta de financiación, nos ha llamado la atención que las personas más espirituales son más comunicativas. En el diario que llevan sobre su tratamiento escriben más, son más expresivas. Sin embargo, falta investigar más.

¿Piensa que la medicina ha dejado de lado la parte espiritual?

Hay una tendencia en la que la medicina se ha vuelto muy laica; sin embargo, creo que parte de la sociedad está en la búsqueda para reencontrarse consigo misma y con Dios.

¿Cualquier creencia religiosa tiene este efecto positivo en la salud?

Creo que no sirve la fe que cuestiona, la persecutoria ni mucho menos la camandulera. Se trata de tener valores y principios profundos independientemente de la religión.

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