Malandrines, locos y ella

Las historias de algunos de los impostores y granujas más famosos de Colombia, en edición de Planeta.

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Un hombre inconforme con su ser, con sus vecinos, su tierra, el país en el que le tocó nacer, su físico y su ser hombre, decide una noche jugar con su voz, y con ella, su único bien, decide comenzar a jugar, pues si el mundo, Dios o lo que fuera se encargaron de hacerle imposible la existencia, alguien tendría que pagar las consecuencias. Venganza, diversión, modus vivendi, aventura… Se hizo pasar por nieto de Julio Mario Santo Domingo, por sobrino de Luis Carlos Sarmiento, por su hija, Adriana Sarmiento Gutiérrez. Fue secretaria, gerente, director, todo a la vez y casi siempre por teléfono, y fue atendido como un conde por quienes le creyeron, que en un principio fueron todos. Su nombre: Nelson David Escorcia Ternera .

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Una mujer, por amor, o por eso que ella cree que es el amor, decide embarazarse. Es la vieja treta que tantas veces vio en telenovelas baratas, la infalible argucia que le contaron en su barrio de Nueva Colombia en Barranquilla. La táctica que desde niña les oyó a su abuela, a las tías y las amigas. Primero se faja la barriga. Después, según pasan las semanas y los meses, la va llenando de trapos. Cuando ya llega el tiempo del parto, la panza es absolutamente desproporcionada. La primera mentira la llevó a la segunda, y la segunda, a otra y a otra más.

Ante las preguntas, inventa que son séxtuples, ella será la primera mujer en Barranquilla en dar a luz a seis bebés. Si con uno su novio ya estaba atado, con seis será imposible que se vaya, habrá pensado. Sin embargo, en la clínica de La Manga la sorpresa explota y revienta todas las leyes de probabilidad y sensatez de los humanos. La mujer está repleta de trapos. Los doctores que la atienden se encuentran, incluso, con un palo de bolos. El nombre de la paciente: Liliana Cáceres.

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Un niño se escapa de casa a los 10 años. Luego, muy luego, dirá que lo maltrataban, que lo golpeaban y humillaban. Se va con un circo de tres pesos que pasa por su pueblo, y en el camino se siente titiritero, acróbata, bufón, y sueña, como todos, con la trapecista. Recorre veredas y carreteras, aprende trucos, aprende a mentir, pero nunca deja de ser un simple ayudante de carromato. Llega a Venezuela. En Caracas, algún salvador del mundo llama a sus padres y les informa que su niño, Juan Carlos, está allá.

Una semana más tarde el niño anda de nuevo por Roldanillo, Valle del Cauca, y allí se queda por siete años, hasta que se entera de que hay aviones que van a Estados Unidos, que llevan flores, y que es posible camuflarse entre ellas. Entonces se escapa a Bogotá, se mete en uno de esos aviones y termina en la pista del aeropuerto de Miami, casi congelado. La prensa lo asedia. Él se muestra tranquilo. En el fondo está feliz. Pasado un tiempo se vestirá con ropa de diseñador, se alojará en los hoteles más lujosos de Europa y timará a decenas de aristócratas, empresarios y artistas. Su nombre: Juan Carlos Guzmán Betancourt.

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Ella, Isabella Portilla, anduvo entre callejones, plazas, buses intermunicipales y casuchas intentando vivir las vidas que “sus” personajes vivieron. Comprenderlos, tasarlos, conocerlos, perdonarlos incluso. Rozó verdades, aunque las historias que investigaba fueran sobre la mentira, los farsantes y el engaño, y una de esas cuasi verdades, cuasi absolutos, fue que no le hubiera gustado ser ninguno de esos pícaros. “Yo no he querido hacer una apología sobre la astucia ni la malicia indígena. El libro, la historia de los malandrines que en Colombia han sido, es más una denuncia, una muestra de lo que somos: por un lado, maliciosos, avivatos, y por el otro, crédulos”.

Rozó dramas, se conmovió, pasó de la humana conmiseración al lado opuesto y retornó al punto medio de su objetividad. A cuanto lugar iba y en cada entrevista que hacía llevaba restos de su propio pasado. El lejano recuerdo de El lazarillo de Tormes, por ejemplo, de La pícara Justina, de don Miguel de Cervantes Saavedra y Quevedo, de la literatura española del XVII. “Yo solía preguntarme cómo sería poner a aquellos personajes en la Colombia actual y quiénes serían, ese fue el principio de la búsqueda, que después fueron dos años de investigaciones y viajes, y luego, nueve meses de escritura con una disciplina que jamás cumplí”. Mientras escribía, leía la Biblia, a Cheever, a Truman Capote. Su ideal era trabajar en el libro de 8 a 11 de la noche, pero jamás pudo con los cronómetros. Unas veces los personajes la llevaban hasta las dos o tres de la mañana, y otras, la dejaban exhausta antes de que dieran las 10.

“Si me preguntan por uno de esos personajes, quizá contestaría que Liliana Cáceres. Me tocó el lado femenino. Vi mucha decepción en ella”. La decepción del amor, la decepción de la vida, de la gente por ahí, de los vecinos que la insultaban como si los hubiera engañado a ellos. “Yo le creí todo, más allá de que nuestra relación no fue fácil. Una mujer tan decepcionada nunca va a ser fácil. Le creí el dolor, la pobreza, la tristeza, la soledad”. Ella misma, Isabella Portilla, confiesa que si alguna vez mintió con las entrañas y el alma fue por amor. “Todo lo que acontece por amor, acontece más allá del bien y del mal”, diría, como el viejo filósofo, hoy muy muerto y muy enterrado.

Isabella Portilla

El pasado 8 de diciembre, Isabella Portilla obtuvo el primer Premio Guillermo Cano por su trabajo titulado ‘La barriga más grande del mundo’. Ha escrito para las revistas ‘Directo Bogotá’, ‘Bacánika’, ‘Pesquisa’, ‘El Niuton’, ‘Cartel Urbano’, y para el ‘Magazín’ de El Espectador.

Trabajó en el diario ‘Clarín’ de Argentina y en el portal noticioso Periodismo.com, así como en NTN24, el canal internacional de RCN. El libro ‘Malandrines’, de Planeta, es la primera obra de esta periodista nacida en   Bogotá.

La malicia indígena al servicio del engaño

Flor Marina Romero de Raches

Piramidista del Meta

People Winner es la empresa que la hizo famosa. Cuando le preguntaron por el origen de su brillante idea dijo: “Yo siempre he sido muy buena para las matemáticas y contar mi secreto sería como revelar la fórmula de la Coca Cola”. Pág. 65

Catherine Sánchez

Señora Amazonas

“Tienen que creerme: no soy casada. Alguien está en mi contra”, le dice Catherine a la junta directiva reunida en pleno en su cuarto del Hilton, a puerta cerrada, tiritando de los nervios, sudorosa, helada.

Pág. 119.

Juan Carlos Guzmán

Ladrón internacional

“Después de unos cuantos pero largos segundos de silencio, Swindells le pregunta por qué siendo un hombre tan brillante se ha dedicado a robar. Guzmán, con los ojos perdidos en algún lugar del recinto oscuro, responde: “Usted no lo entendería”. Pág.  34

Liliana Cáceres

‘La Barriga de Trapo’

“Apenas sintió el tacto, la muchacha despertó. Estaba inmóvil, maniatada por cuatro personas mientras decenas y decenas de trapos salían de su barriga”.

Pág. 48

Las pícaras mujeres...

Malandrines reúne una serie de féminas que utilizaron su ingenio para engañar a su entorno, es el caso de la bruja Ladino, quien se ganaba la confianza de sus clientes hasta el punto de hacer que le entregaran sus bienes. Cuando lo conseguía, no le quedaba otro remedio que matarlos. “Conchita” dejó a decenas de embaucados y más de 15 muertos. Liliana Cáceres le mintió al país en 1997, cuando dijo que esperaba seis hijos, con la intención de retener a su marido. Los medios de comunicación corrieron presurosos en su ayuda, pero después se descubrió que lo que albergaba en su barriga era una gran bola de trapos.

Catherine Sánchez reunía todos los requisitos para ser Señorita Amazonas, pero  tenía un pequeño problema: estaba casada. Su historia es la más bochornosa de toda la historia del concurso de belleza.
 

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