19 Jun 2020 - 7:00 p. m.

El barrio Ciudad de Bogotá: otra historia del cartel de la contratación (parte I)

El 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, un terremoto destruyó las principales poblaciones de Haití. En Bogotá, a los pocos días de la devastación, el alcalde Samuel Moreno Rojas expresó públicamente su solidaridad con las víctimas y con un entusiasta discurso oficializó su intención de ayudar a reconstruir Haití con la edificación de un nuevo barrio, acudiendo a los bogotanos de buen corazón para recolectar el dinero que financiara las obras. No todo ocurrió como se anunció.

Felipe Romero

El martes 12 de enero de 2010 a las 16 horas, 53 minutos y 09 segundos, hora local, un sismo de magnitud 7.2 grados en la escala de Richter destruyó las principales poblaciones de Haití. Más de 300.000 personas murieron, otras 250.000 resultaron heridas y cerca de dos millones de haitianos lo perdieron todo. En Colombia, se activaron los protocolos de emergencia con el fin de apoyar las labores de rescate de posibles supervivientes. La solidaridad del mundo se hizo visible en cuestión de horas. En Bogotá, a los pocos días de la devastación, el alcalde Samuel Moreno Rojas expresó públicamente su solidaridad con las víctimas y con un entusiasta discurso oficializó su intención de ayudar a reconstruir Haití con la edificación de un nuevo barrio acudiendo a los bogotanos de buen corazón para recolectar el dinero que financiara las obras. No todo ocurrió como se anunció.

Puerto Príncipe, 12 de enero de 2010.

Rodeada de escombros y con la mitad de su rostro bañado en sangre mezclada con tierra y polvo, una niña, que no supera los 5 años de edad, continúa aferrada a una de las piernas de su madre. Llora sin tregua, mientras empuja con su mano la extremidad de la mujer que es lo único que se puede ver. El resto del cuerpo está cubierto por una montaña de hierros retorcidos y concreto fracturado. (Haití: la eterna condena del país a diez años del terremoto que conmovió al mundo)

A escasos 20 metros de la pequeña, un hombre grita de manera desgarradora, desesperado por el dolor en su cuerpo. También está cubierto por el polvillo grisáceo que dejó la caída de paredes y techos. Sus atronadores lamentos ponen en evidencia un sufrimiento que parece torturarlo lentamente hasta hacerle perder la razón. Por momentos deja de moverse. Su rostro cae y sus ojos parecen apagarse. Luego, como si recibiera una última dosis de vitalidad, recobra las fuerzas y sigue suplicando, entre sollozos y agónicos quejidos, pide que alguien lo ayude lo más pronto posible. La mitad de su cuerpo se encuentra atrapado por los restos de una columna de hormigón y los pedazos de lo que fue la pared de alguna edificación.

Al otro lado de la polvorienta calle, donde aún se alcanzan a escuchar los lamentos del hombre que se resiste a claudicar, otro niño también llora desconsolado. Tiene la cabeza abierta y uno de sus brazos roto. Su rostro da cuenta de un dolor insoportable. Sus quejidos, a todo pulmón, se pierden entre una sinfonía de gritos y lamentos. Lo más probable es que los familiares del menor hayan perdido la vida y sus cuerpos quedaran aplastados bajo toneladas de paredes y techos destrozados.

Las primeras luces del siguiente día retratan a la perfección la magnitud de la tragedia. El mundo despierta conociendo el nuevo sufrimiento de los haitianos, hijos de un país donde abunda la pobreza y donde la naturaleza parece haberse empeñado en alimentar sus desgracias.

La pequeña, que hasta hace unas horas permanecía aferrada a una de las piernas de su mamá, ya no está. Alguien se la llevó mientras su progenitora continúa bajo los escombros. La descomposición del cuerpo se acelera conforme aumenta la temperatura. La voz del hombre que gritaba desesperado, clamando ayuda, poco a poco se fue apagando durante la noche. Sus últimos suspiros clamando auxilio no alcanzaron el alba. Su cuerpo ahora permanece encorvado, inmóvil, aprisionado por varios bloques de concreto y rodeado por un enjambre de moscas.

Es inevitable que Haití despierte acaparando la atención mundial. En Colombia, el Gobierno atiende el llamado de auxilio y la capital activa a sus mejores hombres. Un equipo élite de los Bomberos de Bogotá. Hombres experimentados, hechos a pulso en medio de catástrofes naturales y rescate de víctimas. Ellos, héroes innatos, aguardan instrucciones con la esperanza de salvar nuevas vidas. (En fotos: Haití conmemora diez años del devastador terremoto con ira y amargura)

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Bogotá, 13 de enero de 2010.

Los sargentos del cuerpo de Bomberos de Bogotá, Jaime Cadena y Camilo Cano, son concentrados, junto a otros rescatistas, en el B2, como se le conoce a la estación central de Bomberos de la capital.

Sin perder tiempo, inician el alistamiento de los equipos. El llamado los toma por sorpresa. Meses atrás, habían sido activados para hacer parte del grupo de rescate que sería desplazado para atender emergencias en Perú y Chile, pero a última hora los bajaron del avión.

La magnitud de la tragedia en Haití revela un panorama distinto. Su comandante les confirma que el viaje es inminente y que deben apresurarse porque tienen menos de dos horas para estar en el Comando Aéreo de Transporte Militar (Catam). A pesar que buena parte de los equipos permanecían listos para viajes de emergencia, se percatan que no cuentan con todos los elementos básicos de seguridad. Sin embargo, hacen un llamado a la solidaridad y entre todos reúnen, de sus propios ahorros, el dinero suficiente para adquirir más guantes, rodilleras y sistemas de hidratación.

-Lo hicimos con toda la voluntad porque toda la mañana habíamos visto las noticias sobre la tragedia que se estaba viviendo en Haití – Recuerda el sargento Cano, mientras evoca en su memoria la tragedia al tiempo que va ojeando algunas fotografías de la época.

Llegaron al aeropuerto militar de Catam con el tiempo justo y con aproximadamente 8 toneladas de equipos indispensables para las labores de rescate en Haití. Se incorporaron al grupo integrado por 46 rescatistas entre bomberos, personal de la Defensa Civil y de la Cruz Roja; pero con el paso de los minutos comenzaron a percatarse que el protocolo de emergencia tenía otras prioridades. (La reparación que pide Bogotá por el carrusel de la contratación)

A la base aérea, también comenzaron a llegar caravanas de camionetas blindadas con políticos y varios vehículos con periodistas y camarógrafos.

-Disculpe señor, ¿sabe a qué horas vamos a salir? – preguntó el bombero Jaime Cadena, algo inquieto por la demora. Su experiencia en atender catástrofes le decía que lo único que no se podía desperdiciar en una emergencia era tiempo y eso justamente era lo que parecía escasear ese día.

El militar, que parecía estar al frente de toda la logística, observó detenidamente la montaña de equipos que acompañaban al grupo de bomberos y con un gesto poco alentador le confirmó al bombero Cadena que efectivamente había otras prioridades.

-Sargento usted y su equipo deben esperar su llamado. Tengo instrucciones de despachar primero al otro grupo de personas.

-¿A quiénes?

- Los que están allá-, señaló el militar en dirección al grupo en el que se encontraban periodistas, camarógrafos, fotógrafos, políticos y otras personalidades del país; pero sin la presencia de un solo miembro de los organismos de rescate que necesitaban con urgencia en Haití.

El sargento Cadena regresó junto a su grupo y le manifestó a su compañero, el bombero Camilo Cano, su molestia por la situación que estaba viviendo. Ellos más que nadie sabían que el tiempo en operaciones de rescate valía oro si querían encontrar supervivientes.

-Cano, esto es increíble. No entiendo cuál es la misión de rescate que van a realizar estas personas en Haití para que los suban primero al avión que a nosotros.-

Refunfuñó el sargento Cadena, quien se mostró ofuscado.

-Créame que ni yo ni nadie acá entiende esto Cadena-

-Es que nos están relegando. Cuál es la emergencia que van a atender estas personas – volvió a cuestionarse el sargento, quien para ese momento ya parecía resignado a esperar el tiempo que fuera necesario para que les autorizaran abordar un avión rumbo a Haití.

Luego de tres horas de espera, los bomberos tuvieron vía libre para instalar los equipos en uno de los aviones hércules que había dispuesto la Fuerza Aérea Colombiana; pero una vez estuvieron listos y chequeados para despegar, les ordenaron que debían desmontar parte del equipaje de rescate y dejar sus cupos libres para otras personas.

-Esto ya es el colmo. Ahora solo falta que empecemos a negociar la cantidad de equipos de emergencia y rescate por cupos para subir al avión a otras personas.- Sentenció enfurecido el sargento Cano quien solo pensaba que por cada minuto que pasaba esperando, era un minuto menos de vida para cualquier víctima del terremoto.

Para infortunio de los bomberos y demás miembros de la Cruz Roja y Defensa Civil, las premoniciones del sargento Camilo Cano se materializaron. Ese día el grupo de rescatistas fue dividido y solo la mitad logró subir a uno de los aviones que dispuso Fuerza Aérea para viajar a Haití. Todo como resultado de una negociación absurda en la que hubo que bajar valiosísimo material y equipos indispensables para la atención de emergencias con el único fin de hacerle cupo a personas ajenas a las labores de rescate.

Esa noche, los sargentos Cano, Cadena y otros bomberos de Bogotá no tuvieron más opción que resignarse a esperar hasta el otro día para intentar mendigar un cupo en otro avión que los trasladara, con el resto de los equipos de emergencia, al lugar de la tragedia donde eran requeridos con urgencia. (Más de 67 personas serán investigadas por el carrusel de la contratación)

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Haití, 14 de enero de 2010

Al caer la tarde, 48 horas después de ocurrido el sismo, los sargentos Cano, Cadena y los demás rescatistas logran aterrizar en el aeropuerto de Puerto Príncipe. Fueron recibidos con buenas noticias que los animaron luego de los percances en Bogotá que los mantuvo rezagados del grupo principal.

Su compañero, el sargento Roger Peña y el grupo canino, habían apoyado el rescate de una joven de 21 años a la que lograron sacar con vida de entre los escombros de una edificación diplomática colapsada. Era el primer rescate de un superviviente en Haití con ayuda de personal colombiano. Esa noche, todos se fueron a descansar con el entusiasmo intacto y con la satisfacción del deber cumplido.

A la mañana siguiente, el grupo en el que se encontraban los sargentos Cano y Cadena fue activado para desplazarse a la ciudad de Jacmel, ubicada al sur de Puerto Príncipe, a unas tres horas de camino. Esa era otra población desbastada en un 80% y urgida de personal de emergencia.

Jacmel recibió a los bomberos de Bogotá con un panorama aterrador, similar al de Puerto Príncipe. Montañas de cadáveres apilados en las intersecciones de las calles, pudriéndose al sol y al agua, rodeadas por las manos famélicas de los supervivientes que clamaban por alimentos y agua.

No había autoridad ni gobierno que impartiera orden, salvo un grupo de Cascos Azules de Naciones Unidas que realizaban patrullajes esporádicos y que acompañaron los primeros recorridos de los rescatistas. Estructura por estructura revisaron posibles espacios en lo que pudiera haber alguna posibilidad de encontrar supervivientes. Sin embargo, la calidad de los materiales de construcción y la forma en que fueron levantadas casas y pequeños edificios en Jacmel fueron disminuyendo las posibilidades de encontrar supervivientes.

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Bogotá, 15 de enero de 2010

Irma Bocanegra se despide de su esposo y abandona su casa rumbo a su lugar de trabajo recién se asoma el sol por entre los cerros orientales de la capital. Esa mañana, como es habitual desde hace 23 años, llega unos minutos antes de la hora oficial de ingreso a la alcaldía mayor de Bogotá.

No puede borrar de su mente la tragedia de Haití. Un nombre que apenas comienza a volvérsele familiar por cuenta de la cantidad de noticias que la prensa y la televisión han registrado sobre el terremoto que hasta hace tres días había azotado a ese pequeño país que ella logra ubicar en algún lugar del Caribe, ayudada por los informes de los noticieros y los comentarios de sus compañeros de trabajo. Es viernes y luego de 72 horas de haberse movido la tierra en Haití, nadie habla de otra cosa que no sea el temblor.

Irma aterrizó en la alcaldía en 1996 cuando Antanas Mockus gobernaba la ciudad, luego de esperar, pacientemente, durante más de un año, a que la llamaran para ocupar la vacante, como funcionaria de servicios generales. Un puesto que se había ganado en un concurso de méritos.

Durante los siguientes doce años integró el grupo de mujeres que estaban al frente del servicio de café y aguas aromáticas en los despachos de la alcaldía hasta que en el último año de gobierno de Luis Eduardo Garzón logró dejar la greca y pudo ascender a un cargo de oficinista auxiliar, atendiendo varias tareas tanto en la secretaría general de la alcaldía como en el despacho del alcalde.

Al día siguiente de conocerse la tragedia de Haití, y mientras realizaba sus labores cerca al despacho del alcalde Samuel Moreno Rojas, a quien comenzaban a respirarle en la nuca varios escándalos de corrupción al interior de su administración, Irma escuchó por primera vez el rumor de que se estaría cocinando un decreto para ayudar a los damnificados del terremoto.

Para mediados de semana los chismes en los pasillos de la alcaldía avisaban que todos los funcionarios de la alcaldía y de todas las entidades del distrito tendrían la posibilidad de aportar su granito de arena para ayudar a las víctimas de la devastación en Haití.

A 30 kilómetros de distancia, en el municipio de Cajicá, los hermanos Álvaro y Julián Galeano, empresarios especializados en la producción de revistas, organización de eventos y conciertos; además de manejar varios artistas musicales, no salen del asombro por las imágenes que repiten en la televisión sobre la tragedia que padecen los haitianos.

Meses atrás, a finales del año 2009, la situación financiera de los negocios para los hermanos Galeano no marchaba del todo bien y comercialmente las revistas que producían no estaban arrojando la rentabilidad deseada para sostenerse en el negocio editorial.

La solución vino de uno de los periodistas que trabajaba para las revistas de los hermanos Galeano. El joven reportero les propuso como opción comenzar a visitar las embajadas y tratar de hacer convenios para promocionar, a través de contenidos editoriales, destinos turísticos para los colombianos.

La idea caló y el acucioso periodista tuvo vía libre para iniciar las visitas a las embajadas y consulados en busca de patrocinadores. A la semana siguiente tenían confirmada una cita en la embajada de República Dominicana en Bogotá. Punta Cana era el principal destino turístico a promocional y debían preparar una propuesta que fuese lo suficientemente interesante para llamar la atención del cuerpo diplomático.

En el despacho de la embajada los recibió Ángel Lockward que se mostró bastante interesado en escuchar la propuesta de Julián Galeano, quien se había presentado como el gerente de las revistas. (samuel)

-Embajador, nosotros queremos comenzar a promover países en nuestras revistas, sobretodo destinos turísticos y pensamos que a usted le podría interesar promover el turismo de su país.

-Pero claro me interesa mucho que los colombianos viajen y conozcan República Dominicana y creemos nexos allá.

- Muy bien embajador.

-Entonces hagamos algo para empezar, les voy a dar unos paquetes para que vayan y conozcan.- concluyó el embajador Lockward, quien dio por terminada la reunión con una sonrisa.

Julián y su acompañante abandonaron la embajada con la satisfacción de haber logrado, sin mucho esfuerzo, un nuevo aliado comercial. Se fueron directo a la oficina para poner al tanto de todo su jefe, Álvaro Galeano, presidente de la compañía editorial.

-Alvarito, nos fue muy bien. El embajador fue muy receptivo y nos dio vía libre.

-¿Cómo así?

- Pues que hasta nos ofreció unos paquetes turísticos para ir a conocer y poder escribir sobre República Dominicana.

-Muy bien, pero a la próxima reunión voy yo- sentenció Álvaro, quien comenzó a visualizar una oportunidad de negocio importante con la embajada de República Dominicana.

El resultado de la siguiente reunión con el embajador Lockward fue el nacimiento de una gran amistad con el empresario Álvaro Galeano, curtido en el arte de hacer alianzas comerciales.

Los cuatro paquetes turísticos que ofreció la embajada se convirtieron en diez y el viaje que inicialmente era de carácter laboral para traer insumos periodísticos con qué promocionar a Punta Cana como destino turístico, terminó en un paseo al que no llevaron a los periodistas que tenían la instrucción de escribir varios artículos sobre las bondades que ofrecía República Dominicana. El trabajo de reportería quedó reducido a la información que había disponible en internet.

Durante los últimos meses del año 2009 Julián comenzó a ver con regularidad al embajador Lockward como invitado especial en la finca de descanso de la familia Galeano. La amistad entre su hermano y el alto diplomático se había afianzado mucho más, al punto que el terremoto de Haití fue la excusa perfecta para echar a andar una idea que les dejara buenos réditos económicos y de paso poder solidarizarse y ayudar a las víctimas de la tragedia.

Al final de la tarde del viernes 15 de enero de 2010 Álvaro les pidió a su hermano y a sus empleados de confianza que se reunieran de manera urgente en el despacho de su oficina porque tenía un anuncio importante que hacerles.

-Vamos a hacer un gran concierto y vamos a vender las boletas y con esa plata que recojamos vamos a apoyar la causa de ayudar a reconstruir a Haití.

-Me parece una magnífica idea, Alvarito.

-Sí. Ya contamos con el apoyo de la Embajada de República Dominicana. Así que a trabajar señores.

En la oficina todos se miraron y acogieron la idea con beneplácito. Pensaron que podían recuperar los gastos del montaje del concierto y hacer una buena obra de caridad que, de paso, les diera el reconocimiento que necesitaban para futuros negocios, al destinar las donaciones que se recibieran para Haití.

Los hermanos Galeano completaban varios años, manejando artistas de la talla de Wilfrido Vargas, Rikarena y Micky Taveras, entre otros; solo que eran músicos ya quemados en la agenda musical latinoamericana. Sin embargo, con ese abanico de cantantes, Álvaro le vendió la idea a su amigo el embajador Lockward de que estaban en capacidad de organizar un gran concierto para recoger fondos con los que podían ayudar a las víctimas del terremoto.

La idea retumbó de manera positiva en el diplomático, que sin dudarlo le dijo a su socio que contara con el apoyo de la embajada para contactar más artistas y echar a andar el proyecto en grande. Incluso, alcanzaron a sonar más músicos, como los dominicanos Sergio Vargas, Eddy Herrera y Cherito de la New York Band.

El negocio que los hermanos Galeano traían en mente iba más allá del concierto para ayudar a los damnificados del terremoto en Haití.

Lo interesante, en términos económicos, era aprovechar la visita de los artistas en la capital y organizar pequeñas presentaciones privadas en reconocidos bares y discotecas de Bogotá, después que todos aportaran su granito de arena para la causa de los haitianos.

El lunes siguiente, 18 de enero, muy temprano Álvaro Galeano reunió de nuevo a sus colaboradores y les confirmó que el concierto por las víctimas de Haití era una realidad, lo que implicaba organizar, de urgencia, una rueda de prensa para informarle a la ciudad de la iniciativa que el grupo Premium Colombia, propiedad de los hermanos Galeano, con apoyo de la Embajada de República Dominicana, tenían lista para ayudar a la reconstrucción de Haití.

Gracias a la ayuda de una amiga de Álvaro y Julián se contactó, en tiempo record, a todos los medios de comunicación de la capital, a pesar que no había aún un sitio definido para atender a los periodistas.

Sin embargo, en cuestión de horas las cosas tomaron un nuevo e inesperado rumbo. El embajador Lockward les dijo a los hermanos Galeano que no se preocuparan por el lugar para llevar a cabo la rueda de prensa ya que todo se iba a manejar desde la sede de la embajada.

Al final del día, hubo una nueva instrucción por parte del embajador. La rueda de prensa se realizaría finalmente en la Alcaldía Mayor de Bogotá y sería precedida por el alcalde Samuel Moreno Rojas.

Al interior del grupo Premium no hubo reparos a la notificación de última hora del embajador Lockward. Pensaron que la idea que habían desarrollado para solidarizarse con las víctimas del terremoto había escalado un nivel de importancia tan alto que ahora contaban también con el apoyo de la alcaldía. El solo hecho de pensar que el mismo alcalde de la capital iba a asumir la vocería del concierto los hizo sentirse en un pedestal de reconocimiento al que jamás hubieran imaginado llegar.

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Jacmel – Haití, 19 de enero de 2010.

El equipo de rescatistas colombianos, integrado por miembros del cuerpo de Bomberos de Bogotá, inicia una nueva jornada de patrullajes por las estructuras colapsadas de la población costera de Jacmel.

Se ha cumplido una semana desde que el sismo, de 7,2 grados en la escala Richter, desbastó Haití y las probabilidades de encontrar vida en medio de tanta destrucción son casi nulas.

Hasta el momento los rescatistas han logrado recuperar 19 cuerpos que quedaron atrapados entre toneladas de concreto. La labor es extenuante y riesgosa. Además de sufrir las inclemencias de las altas temperaturas que pueden llegar hasta los 40 grados Celsius en el día, deben soportar los nauseabundos olores de la muerte y sortear toda clase de obstáculos por cuenta de los escombros. (Lavarse las manos puede parecer una tarea fácil, pero no lo es para los haitianos)

Saben que un paso en falso puede ser fatal, pero no les importa arriesgar sus vidas con tal de cerciorarse que no quede ni un solo cuerpo, vivo o muerto, entre los restos de las estructuras colapsadas. Han completado cinco días de patrullaje. La experiencia acumulada como rescatistas en otras tragedias los aterriza en la cruda realidad a la que asisten. Encontrar vida es prácticamente imposible.

Mientras abandonan los restos de otra edificación en la que no han logrado visualizar víctimas, escuchan los llamados de varios colegas franceses. De inmediato los sargentos Cano y Cadena dan la instrucción de dirigirse hacia el lugar.

Frente a la montaña de escombros, una mujer les indica a dos miembros del cuerpo de bomberos de Francia que la única persona que quedó debajo de las placas de concreto era Elizabeth, su hija recién nacida a quien no logró salvar. La mujer, resignada, les insiste que la pequeña está muerta y que su cuerpo permanece, desde hace una semana, atrapado debajo de las ruinas.

Siguiendo los protocolos de atención de emergencias, el grupo de rescatistas de ambos países ingresa a la estructura para intentar rescatar el cuerpo. Luego de remover algunas vigas de hierros y varios bloques de cemento logran llegar hasta los vestigios de una de las habitaciones de lo que hace unos días era una humilde vivienda.

Uno de los bomberos franceses identifica el diminuto cuerpo de Elizabeth que permanece inmóvil sobre una cama rodeada de escombros. Para el rescatista, el cadáver aparentemente se ve intacto gracias a que quedó en un espacio protegido por una columna que sostiene un trozo de pared. Ambas estructuras dan la apariencia de terminar de fracturarse en cualquier momento.

Sin embargo, una vez el rescatista alcanza el cuerpo de la bebé, sucede lo impensable. El supuesto cadáver aún respira. Elizabeth está con vida.

Su cuerpo es frágil y raquítico, pero vive. Los presentes en el lugar le achacan el suceso a un milagro. No encuentran otra explicación. La pequeña logró sobrevivir siete días abandonada, atrapada y sin alimento.

En cuestión de minutos es rescata y recibe los primeros auxilios por parte de los Bomberos de Bogotá que cuentan con el componente médico necesario para atenderla. La mujer, incrédula por lo que está sucediendo, se acerca y una vez se convence de que su hija está viva entra en shock y luego estalla en un incontrolable llanto de felicidad acompañado de gritos que se escuchan en todo Jacmel.

Elizabeth logra ser estabilizada gracias a los equipos de hidratación de los rescatistas colombianos. Posteriormente, es trasladada al centro médico de la ciudad que opera a media marcha a causa del terremoto. Los médicos franceses, que están al frente de la atención de heridos por la catástrofe, felicitan al grupo de Bomberos de Bogotá por la rapidez con la que actuaron para prestarle atención médica oportuna a la bebé.

Los sargentos Cano, Cadena y el resto del equipo sonríen, aun no salen del asombro y se preguntan cómo logró sobrevivir tantos días una criatura de escasas dos semanas de nacida. Coinciden en que el rescate de la pequeña pagó las agotadoras jornadas buscando infructuosamente víctimas entre los escombros.

Elizabeth tiene 22 días de nacida y sin saberlo se acaba de convertir en el símbolo de la esperanza en Haití. La noticia del rescate traspasa fronteras en cuestión de minutos. La hazaña de los rescatistas franceses y colombianos es registrada por la prensa internacional y ahora son noticia mundial.

En Colombia y en casi todos los países de la región, Elizabeth se roba los encabezados del día. Los medios nacionales coinciden en titular que bomberos colombianos recataron con vida a una recién nacida en Haití. En Bogotá, el alcalde Samuel Moreno aprovecha la noticia, no solo para enaltecer la labor de los bomberos de la capital en Haití; sino para hacer público, en una rueda de prensa, el plan que ahora tiene en mente para solidarizarse con los haitianos y ayudar a la reconstrucción de la ciudad de Puerto Príncipe.

Lea mañana, sábado 20 de junio, la segunda y última parte de este trabajo periodístico.

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