Un recuerdo y una reflexión

Mirada del escritor y columnista Héctor Abad Faciolince al legado del empresario fallecido el viernes en Nueva York.

“¿Tú no conoces a Julio Mario?” Me preguntó hace mucho tiempo García Márquez. “Claro que no”, le dije yo, con ese tono algo displicente que nos gastamos a veces cuando se nos pregunta por alguien que -dada su inmensa riqueza- parece pertenecer a otra especie y venir de otro planeta. “Tienes que conocerlo”, insistió García Márquez, “es una de las personas más extraordinarias que existen.” Antes de que él me lo dijera yo no tenía mucho interés en conocerlo; era como si alguien me preguntara si conocía al Papa, o al presidente de Estados Unidos. Personas misteriosas, de un mundo raro, aparte, al que no pertenezco ni quiero pertenecer.

Después pasaron cosas. Ocurrió que un empresario que uno asociaba más con las cervezas o con los celulares que con el conocimiento, resolvió salvar a El Espectador de una quiebra inminente. Y no sólo salvó esta empresa, que es un orgullo del periodismo colombiano, sino que (al menos en lo que a mí me consta como miembro del Consejo Editorial), nunca metió la mano para decir lo que debía pensarse o publicarse y lo que no.

De algún modo, creo yo, nuestro diario era visto por él más como un patrimonio cultural colombiano que como una empresa a la cual había que hacerle generar recursos. Apoyar un museo o una orquesta, construir una biblioteca y una sala de conciertos, patrocinar una Escuela de Artes y Oficios, no era tan distinto (en su imaginación) a apoyar un periódico que cree en la libertad y en la democracia, sobre todo en un período en que los diarios de papel están en crisis económica en el mundo entero.

Por esto -y siguiendo el consejo de García Márquez- me sentí muy honrado la única vez en que pude conocerlo y conversar un rato con él. Camino de su casa recordé que un amigo suyo me había dicho que don Julio Mario se molestaba si uno no usaba corbata durante los almuerzos en su casa. Menos mal que en Nueva York venden corbatas -no muy bonitas, pero tampoco horribles- en las esquinas, y poco antes de llegar compré una y me la puse lo mejor que pude.

Fue un almuerzo bonito. Don Julio Mario -elegante como siempre y con una corbata que parecía venida de otro planeta- dijo lo orgulloso que se sentía de tener un periódico como este en donde tantos periodistas trabajamos con libertad. Orgulloso de su historia de independencia, de la familia Cano que lo fundó, y orgulloso de poderlo apoyar como se apoya una orquesta, un museo o una biblioteca. Si se puede sacar dinero de él, muy bien y ojalá. Pero ante todo como un pilar de libertad, de democracia y de libre pensamiento en una sociedad que tanto necesita voces y periodismo independiente.

Solo por esto, sólo por su compromiso por el periodismo libre de Colombia (no sólo en El Espectador, también en Cromos, Shock y en el Canal Caracol), debemos rendir un tributo de agradecimiento al hombre de empresa que fue Julio Mario Santo Domingo. Como tantas veces, García Márquez tenía de nuevo razón: era un hombre extraordinario.

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