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Entender la justicia y acercarse a ella puede parecer difícil y hasta tedioso. Pensar en abogados, tutelas, juzgados, casos de varios años y, en ocasiones, incluso ir a la corte. Esto ocasiona que las personas prefieran o no buscar ayuda o resolver sus problemas por su propia cuenta o como se dice “tomar la justicia por sus manos”. Para resarcir esta desconfianza, se han implementado todo tipo de proyectos, campañas y capacitaciones que intentan cambiar la percepción de las personas y aunque unas dejan mejores resultados que otras, la clave estaría en la ciencia, o más específicamente, en las ciencias del comportamiento.
Estas, según explica Lina María Restrepo-Plaza, Ph.D. y profesora de la Universidad Europea de Valencia, España, “identifican cómo los sesgos cognitivos y conductuales que tenemos, pero también las normas sociales, las instituciones y el acceso a la información, afectan la forma como tomamos decisiones”, así como las barreras inmateriales que hay en la conducta o en los acuerdos implícitos socialmente.
Partiendo de esto, han resultado varios hallazgos para evaluar y entender cómo actúa el ser humano y basado en qué toma sus decisiones. Se ha evidenciado, por ejemplo, que existe una tendencia humana que lleva a percibir el mundo con prejuicios y sesgos, lo que forma creencias alimentadas de intuiciones y experiencias previas, en vez de considerar la reflexión, el análisis crítico y la evidencia.
Esto haría que las personas prefieran escuchar a quienes comparten sus creencias y rechacen todo aquello que va en contra, pues cambiar un punto de vista ya establecido requiere de un mayor esfuerzo.
Es teniendo esto en cuenta esta información que, de la mano de científicos sociales y del comportamiento, las políticas públicas y los proyectos que apuntan a cambios sociales, se enfocan en cómo lograr que las personas tomen decisiones más reflexivas e informadas, además de cuestionar los puntos de vista desde los que actúan. El acceso a la justicia no se ha quedado por fuera.
El programa de Justicia Inclusiva de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), por ejemplo, le ha apuntado a desarrollar proyectos en los que se usen las ciencias del comportamiento para mejorar el acceso a la justicia, uno de ellos de la mano del Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica (CIDSE) de la Universidad del Valle.
En este proyecto, se buscaba identificar y corregir aquellos estereotipos y comportamientos sesgados que tenía la comunidad y los servidores públicos y que podían estar obstaculizando el uso de servicios en las casas de justicia de municipios PDET, ¿cómo se hizo?
Primero, se realizó un estudio sobre las barreras existentes en el uso de servicios de justicia, cuáles eran los conflictos más frecuentes y en qué contexto se presentaban. Los resultados mostraron que la mayoría de los encuestados no estaba satisfecha con los servicios de justicia y poco menos de la mitad señaló usarlos. A esto se sumaron otras percepciones, 94,4% de las personas dijo creer que las autoridades discriminan a la comunidad por razones de sexo, ingresos o pertenencia étnica, pero solo 28,6% de quienes habían asistido a las autoridades señaló haberse sentido discriminado.
Con estos y otros datos sobre la mesa, se realizó una intervención piloto con la que se quiso evaluar la efectividad de dos tipos de mensajes en audios enviados por WhatsApp. Por un lado, se usaron herramientas de comunicación tradicionales para explicar los procesos de las entidades de justicia y se hizo énfasis en la confidencialidad y la imparcialidad. Y por el otro, se usó un enfoque conductual, con el que, pese a ser la misma información, se usó una narrativa más creativa, planteando una charla entre vecinos.
“El formato narrativo creativo permitió que las personas se vieran atraídas por una historia, en formato chisme, con acentos, incluso con algún chiste, lo que hace que las personas se conecten más y entiendan cómo los personajes resuelven una situación”,cuenta Restrepo-Plaza.
Luego de esto, y para determinar qué tanto impacto tuvieron estas dos experiencias, se volvió a hacer una medición de las actitudes y expectativas de las personas que escucharon los audios y se comparó con las de un grupo que no los escuchó. Los resultados, solo con este experimento, mostraron un incremento en la confianza hacia las entidades de justicia de 32% a 46% por parte de las personas que escucharon el audio con una narrativa más creativa.
Adicionalmente, la percepción de discriminación racial por parte de las entidades de justicia se redujo de 46% a 39%, caso contrario con el grupo que no escuchó los audios cuya percepción negativa aumentó de 47,5% a 55,1%.
“Al ser WhatsApp una herramienta con la cual las personas sienten cercanía es de fácil acceso y es confiable. Entonces usamos los audios, que no generan problemas de desconfianza, además son más fáciles de digerir y con estas historias y encontramos que ese tipo de formato fue muy efectivo para cambiar las creencias y actitudes”, añade la experta.
Jeremiah Carew, subdirector de USAID, plantea que “el lenguaje académico y jurídico se ha convertido en una barrera para las personas, no lo entienden”. Es por ello, que hay esa tarea de que ese lenguaje sea más cercano y comprensible para la gente.
Para los científicos del comportamiento, estas intervenciones muestran cómo un pequeño cambio en la forma de comunicar y las narrativas que se usen, en este caso, creativas, pueden superar sesgos de confianza y la perspectiva de tratos desiguales. Además, de llegar a la conclusión de que es más beneficioso compartir información de valor con las comunidades que no hacerlo, pues si cuenta con un lenguaje cercano el impacto puede ser significativo.
“Lo primero que se tiene que ver es qué entiende la gente por justicia, uno no puede hablar de ella en términos súper abstractos, sino centrarlo en la realidad de la gente. Ya sabiendo qué entiende la gente por justicia uno no puede hacer una campaña promoviendo un valor o sistema abstracto, tiene que ir a algo que a la gente le pueda ser fácil de identificar y entender”, añade Santiago Borda, director científico de Instintivo, quien además fue líder del segundo proyecto a mencionar.
Este se realizó en Caucasia (Antioquia), con dos organizaciones: Háptica e Instintivo, expertas en los proyectos de cambio comportamental. Primero, se diseñaron diferentes piezas de comunicación para promover la confianza en la justicia en municipios PDET, considerando la metodología de comunicación para el cambio social y de comportamiento que había desarrollado USAID.
Luego se hizo un diagnóstico y se fijó el objetivo de mejorar la forma en que el Estado promociona los servicios de justicia, teniendo en cuenta si era más importante explicar qué hacen las instituciones o para qué sirven. Con esto en mente, diseñaron dos episodios de una miniserie web que se adaptó a video, radio y afiches publicitarios.
Estas piezas explicaban para qué servían los servicios de las Casas de Justicia en Caucasia con historias que retrataban algunos de los conflictos más comunes al interior del municipio. Entonces, se mostraban dos vecinos discutiendo, por ejemplo, porque uno le debía plata al otro, y luego un tercero aconsejándolos.
La campaña hacía foco en que si tenía alguna dificultad de este tipo, podía acudir a la Casa de Justicia en busca de una solución que no agrandara el problema. Las historias se difundiron por redes sociales, WhatsApp, emisoras comunitarias y voz a voz. Al medir el impacto se evaluó el efecto de los videos en las intenciones de acción de las personas para, efectivamente, acudir a una Casa de Justicia.
“Luego de que identificamos qué entiende la gente por justicia, la siguiente parte es ver por qué no confía en términos exactos en la justicia o en un espacio específico como las Casas de Justicia. Qué hace que uno pueda confiar en una persona, qué hace que desconfíe, qué haría que lo motive a ir a una Casa de Justicia y al final uno termina con una campaña que no específicamente promueve la justicia, sino que promueve los servicios que se dan, que es más sencillo”, comenta Borda.
Para esto, explica el científico, se dividió a los asistentes en dos grupos: uno de control y uno experimental. Los primeros vieron unas piezas promocionales hechas por el Ministerio de Justicia, en las que se mencionaban los servicios disponibles en las Casas de Justicia, mientras que los segundos vieron los videos de la campaña.
Solo esta exposición a los diferentes productos logró que las personas que vieron los videos creativos aumentaran 9,5% la probabilidad de recomendar los servicios de las Casas de Justicia.
“A la final lo que hicimos fue ver qué sirve más para hacerle publicidad a los servicios de justicia, si decir qué es el servicio, en qué consiste o explicar con casos basados en la vida real para qué sirve la Casa de Justicia, ese fue nuestro principal hallazgo y lo que más nos decía la gente que participó, ‘ya entiendo para qué sirve’”, comenta Borda.
Con esta experiencia, una de las conclusiones a las que se llegó, dice Borda, es que las campañas de comunicación grandes pueden llegar a complicarse a la hora de encontrar el mensaje adecuado o la campaña adecuada para realmente impactar a las personas.
“Cuesta entender cómo meterse en la cabeza de las personas para saber que está buscando un espacio, un servicio, pero este tipo de campañas que apuntan al comportamiento, pueden ser un poco menos ambiciosas, pero más certeras”, precisa.
Norbey, profesor en el Colegio del Resguardo Indígena de El Pando, uno de los corregimientos de Caucasia, fue una de las personas que vio de cerca la campaña y recalcó que este tipo de herramientas se vuelven muy valiosas para entender la justicia.
Para él, pese a que la justicia indígena es autónoma, es importante no solo fortalecer esos conocimientos propios, sino también aprender sobre la justicia ordinaria. “Las guías de socialización de justicia han sido muy importantes porque nos ayuda a entender las diferentes entidades de justicia. Las herramientas pueden ser cartillas, animaciones, videos. Es algo importante”, señala.
Tanto Borda como Restrepo-Plaza coinciden en que las ciencias del comportamiento permiten, más allá de llevar una información a un grupo poblacional, tener en cuenta, realmente, cómo toman sus decisiones y también cómo se pueden transformar o debilitar esos sesgos.
Y es esta, posiblemente, la razón por la que proyectos como los comparrtidos toman cada vez más relevancia. No solo en materia de acceso a la justicia, sino también en la elaboración de políticas públicas o empresariales. Al final, el objetivo ha de ser, reducir las brechas, los estigmas y la desinformación, para que así cada campaña o proyecto esté pensada para generar un verdadero impacto social.
*Artículo realizado con información del programa de Justicia Inclusiva de USAID
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