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Volver a incorporarse a la sociedad, ya no como combatiente, sino como ciudadano del común, tiene un listado largo de complicaciones, pero el estigma social es una de las recurrentes. Pastor Alape Lascarro, firmante de paz de las FARC, negociador plenipotenciario en la Mesa de Negociaciones de La Habana, Cuba y ahora coordinador general de la implementación del Acuerdo Final de Paz, habló de su experiencia en dicho proceso y los rezagos que aún existen en materia de institucionalidad.
¿Cómo ha lidiado con el estigma social de la reincorporación?
Desde el proceso de negociación y la firma del acuerdo de paz, hubo suficiente claridad en que entrabamos a una especie de campo de batalla, donde íbamos a sentir una presión permanente, de señalamiento de estigmatización. Algunos entendieron el escenario como el de la confrontación, es decir, como si hubiera sido la derrota de una de las partes y no como fue la verdadera dinámica que generó las condiciones de construir el acuerdo de paz.
Realmente es un escenario en donde no existieron ni vencidos, ni vencedores y todas las partes involucradas en el conflicto cargamos una estela de dolores causados y recibidos de crímenes por fuera del derecho internacional humanitario. En esas condiciones, he entendido que es necesario avanzar mucho para poder construir un sentimiento de paz nacional. Una construcción social de compromiso que nos permita entender que la paz es el único camino que tenemos.
Entiendo a las personas que aún siguen señalándonos, dado que ha sido una narrativa impuesta desde el Estado, pero estoy dispuesto en este proceso a construir, a que todos demos un paso y nos perdonemos.
¿Por qué la forma en que la sociedad se refiere, por ejemplo, a los reinsertados, puede limitar el acceso a derechos humanos o a la justicia?
Esta es una sociedad históricamente polarizada, lo que hace que la gente actúe en el sentido concreto de señalar, de desconocer y hasta anular a quien piensa de manera diferente. El desafío que tenemos es crear espacios de cultura de paz, donde se generen las garantías para integrar y reincorporar a los individuos que vienen de escenarios de confrontación armada, pero que asumen el compromiso de moverse el marco institucional.
Entendemos que es un proceso generacional, para poder alcanzar esas transformaciones, hoy los firmantes de paz le apuestan a un mejor país, uno en el que todos podamos construir desde el respeto. Empezar a reconocernos es un primer paso, no generar etiquetas, transforma el sentido que buscamos: Una Colombia en paz.
¿Qué otros retos, además del estigma, encuentran en los procesos de reincorporación?
El desafío más grande es poder lograr que la institucionalidad, el Estado, se comprometa de manera integral a generar realidades concretas como por ejemplo, en el día a día de todos los ciudadanos, al reconocernos empezamos por garantizar el ejercicio pleno de todos los derechos. Eso implica poder establecer unas líneas de acción, o lo que se denomina una política pública definitiva para la paz. Es decir, es poder superar el imaginario político que hemos construido, el cual es fortalecer las violencias bajo el supuesto proyecto de terminar las violencias.
El principal reto en ese sentido es que se dé total cumplimiento al Acuerdo Final de Paz, en el que todos los actores de conflicto puedan aportar a una verdad que es necesaria como país. La paz es la que se construye en la cotidianidad y el reto es empezar a generar encuentros que aunque difíciles, fortalezcan procesos que generen un futuro con esperanza para todos y todas.
¿Cuál es el panorama de reincorporación actualmente, la cifra ha aumentado o disminuido?
La reincorporación de los firmantes de paz se ha mantenido sostenida, a pesar de los incumplimientos de los gobiernos que les ha correspondido implementar el acuerdo de paz. Podríamos decir que el 90% de los firmantes se mantiene en sus compromisos, a pesar de todas las ofertas que de parte de los actores armados puedan existir para abandonar el acuerdo. Hoy son muchas familias las que aportan a dar cumplimiento al Acuerdo con un total sentimiento de verdad y de confianza.
¿Cómo desde el buen uso del lenguaje se puede cambiar poco a poco la discriminación?
Se requiere una amplia pedagogía de paz, un compromiso integral del estado y los diversos gobiernos para establecer acciones de reconciliación, de reconocimiento a los ángulos diferentes como una nación que está conformada por diversas culturas y etnias. Esto es lo que hace que nuestros pensamientos sean diferentes
Una política pública, donde tenga espacios que reconozca la diferencia y que empiece a llevar el mensaje a toda la sociedad de que sí cabemos en este territorio y que el instrumento del diálogo sea el vehículo que nos permita encontrarnos en un debate respetuoso, que nos permita avanzar en nuestras misiones diferentes que es lo que en definitivamente construye país.
En el lenguaje arranca la paz y por eso empezar a entender que no necesitamos pensar igual, pero si respetar nuestras voces es lo que nos permitirá avanzar. Necesitamos aterrizar los conceptos y llevar al día a día de todos un mensaje que busque generar el respeto entre diferentes. Colombia necesita que todos y todas le apostemos a la paz, sin temor, porque solo así encontraremos el país que soñamos, ese en el que sin importar nuestras diferencias necesita de la mano de todos.
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