La gripa española en Colombia

La propagación de la gripa española fue explosiva. Esta pandemia, que comenzó en Kansas en marzo de 1918, llegó a Bogotá por el río Magdalena a comienzos de octubre de ese año, y de allí se regó por todo el país. En pocas semanas, se infectó la mayoría de la población de la ciudad y se presentó una gran mortandad. Pero, así como llegó, se fue: a mediados de 1919 ya estaba superada. Y no hubo, como en otros países, una segunda ola, porque, seguramente, por la gran difusión del virus, se creó la “inmunidad de rebaño”.

Los datos de los epidemiólogos Fred Manrique, Abel Martínez y sus colegas son impresionantes*. En Bogotá, con 141.636 habitantes, la mayoría pobres y hacinados en viviendas estrechas e insalubres, se infectaron, según sus fuentes, más de 100.000 personas y fallecieron 1.900 en apenas cerca de dos meses, con una tasa de 13,4 muertos por cada 1.000 habitantes. Para poner esta cifra en perspectiva, con una mortalidad semejante por COVID-19, la ciudad de hoy podría llegar a tener más de 90.000 víctimas.

Ante la multiplicación de los casos graves, los rudimentarios hospitales existentes no dieron abasto para atender a cientos de enfermos que los desbordaron. La mayoría de las víctimas fallecieron en sus casas o en las calles, a tal punto que se vieron cadáveres tirados en las aceras. Como faltaron tumbas y sepultureros, sacaron presos para hacer fosas comunes, al lado de las cuales se amontonaban los muertos.

El caso de la gripa española en Bogotá es un ejemplo dramático de la falta de preparación y ausencia de liderazgo. Frente a una crisis tan sorpresiva, el Gobierno Nacional no reaccionó, a tal extremo que el presidente Marco Fidel Suárez ni siquiera abrió la boca. El país no tenía un Ministerio de Salud –los asuntos de la salud dependían del Ministerio de Instrucción– y la Alcaldía contaba con una mínima oficina encargada de la salud y la higiene. Ante este vacío, para atender a los enfermos se creó en la ciudad, de afán, una Junta de Socorro, conformada por banqueros, comerciantes y “damas de la sociedad”, una de cuyas tareas fue montar seis hospitales provisionales, entre ellos el de La Hortúa que apenas estuvo abierto durante un mes.

Probablemente, por falta de conocimiento, las autoridades no tomaron medidas de distanciamiento social (los colegios, por ejemplo, se cerraron no por prevención, sino porque casi todos sus alumnos y maestros estaban enfermos). Hoy sabemos que Bogotá se hubiera beneficiado de alguna forma de cuarentena, como las que se adelantaron con éxito en algunas ciudades de Estados Unidos en esa misma emergencia.

Los economistas, hasta donde conozco, no han estudiado el impacto de la gripa española sobre la producción, el empleo, el comercio y la distribución del ingreso en Colombia. En cambio, los de otros países, como Walter Scheidel y otros académicos, han publicado interesantes trabajos sobre las consecuencias de la peste negra y otras pandemias, entre otras cosas, en la pobreza, el empleo y la distribución del ingreso. Uno de los peligros del desconocimiento del pasado es, como lo sugirió el filósofo Santayana, que nos veamos condenados a repetirlo.

* F. G. Manrique y otros (2009), “La pandemia de gripe de 1918-19, en Bogotá y Boyacá, 91 años después”, revista Infectio; A. F. Martínez y otros (2007), “La pandemia de gripa de 1918 en Bogotá”, Dynamis, pp. 287-307.

 

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