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Huerta nativa: guía para cultivar plantas locales y proteger el ecosistema

Tener una huerta en su casa le da el control sobre lo que come, mientras ayuda a salvar la biodiversidad que la urbanización ha ido borrando.

24 de septiembre de 2026 - 01:00 p. m.
Protege tus matas de tomate combinándolas con albahaca para repeler insectos y evita juntarlas con otras solanáceas, como el pimentón.
Foto: Getty Images - Getty Images
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Solía pensar que existía una edad determinada para tener una huerta y que yo aún no llegaba a ella. Sentía que si me regalaban un ramo de flores, lo máximo que podía hacer para cuidarlas era ponerlas en un florero con agua y algo de hielo. Sin embargo, tener una huerta en casa nos convierte en cultivadores activos de nuestro propio alimento y entorno, además de transformarnos en protectores directos del patrimonio natural.

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En una época en la que la pérdida de biodiversidad es un reto constante, crear un espacio vegetal en casa —así sea en una terraza, un balcón o el patio trasero— con especies autóctonas es un paso importante hacia la sostenibilidad y la preservación ecológica.

De esta forma, cultivar plantas nativas trasciende lo decorativo o el autoconsumo, ya que representa un acto de resistencia ecológica y de soberanía agrícola. La biodiversidad de los ecosistemas locales depende de las especies que han habitado el territorio por siglos. No obstante, con la expansión urbana y la introducción masiva de vegetación exótica, muchas variedades locales y las tradiciones asociadas a ellas han comenzado a desaparecer.

Beneficios ecosistémicos de una huerta nativa

Las plantas autóctonas poseen un valor ecológico incalculable debido a su coevolución con la fauna local. A diferencia de las especies exóticas, las nativas han desarrollado defensas naturales y dinámicas de coexistencia adaptadas a las condiciones climáticas y del suelo de su región.

En cuanto a la preservación del ecosistema, Yuly Forero, especialista de Cultivando Vida, resalta el papel clave que desempeñan estos ejemplares para la fauna local: "Las plantas cumplen la función de ser hospederas. Por ejemplo, hay mariposas y polillas que solo ponen sus huevos en este tipo de especies". Esta relación simbiótica garantiza la supervivencia de polinizadores, aves e insectos esenciales para mantener el equilibrio biológico. Cuando se aplican prácticas agroecológicas y limpias, sin plaguicidas sintéticos ni agroquímicos, se evita el quiebre de las cadenas biológicas que sostienen la vida silvestre.

Además de la restauración ambiental, recuperar las especies nativas fortalece la soberanía agrícola y la identidad gastronómica. El consumo de alimentos ha cambiado drásticamente en comparación con las generaciones anteriores, lo que ha relegado al olvido diversas frutas y hortalizas locales. Respecto a esta pérdida de identidad en la alimentación cotidiana, Forero advierte sobre la necesidad de retomar el cultivo de lo propio: "Tenemos que empezar a fomentar el cultivo de nuestras plantas y especies para crear una identidad. Esto lo hemos ido perdiendo porque hemos empezado a introducir vegetación exótica, y es muy probable que las generaciones futuras no coman lo mismo que nosotros".

Un ejemplo claro es el contraste entre el cilantro convencional de origen europeo y el culantro o cilantro de monte, una variedad autóctona del continente americano. Las especies nativas requieren menos insumos externos, gestionan mejor los recursos hídricos y resisten de forma natural el estrés ambiental y las plagas locales.

Claves para el cultivo, cuidados y asociación de especies

Para establecer una huerta nativa con éxito en entornos domésticos, es importante comprender las exigencias biológicas de las plantas y evitar errores comunes durante la siembra y el mantenimiento.

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  • Requerimientos de luz y drenaje: aunque existen plantas ornamentales de interior que prosperan en la sombra, las plantas de huerta necesitan una exposición directa al sol de mínimo tres horas diarias. Cuando el cultivo se realiza en macetas, es indispensable que los recipientes cuenten con múltiples agujeros en la base para asegurar un drenaje fluido y evitar el encharcamiento del sustrato, principal causa de pudrición radicular.
  • Nutrición del suelo y mantenimiento: un error es recurrir de inmediato a fertilizantes químicos o insumos sintéticos (como el triple 15). Para un desarrollo óptimo, el suelo requiere materia orgánica bien degradada, como compostaje o abonos de origen animal. Un suelo nutrido, riego adecuado, exposición solar constante y una revisión periódica cada ocho días para prevenir afectaciones severas bastan para mantener un espacio productivo y económico.
  • Asociación de especies e interacciones alelopáticas: en el diseño de la huerta, combinar adecuadamente las plantas previene la competencia destructiva por nutrientes. Ciertas variedades liberan compuestos químicos que inhiben el desarrollo de sus vecinas (propiedades alelopáticas). Es el caso de la ruda, la cual debe sembrarse en una maceta individual para no frenar el crecimiento de otros cultivos.

Por el contrario, la combinación estratégica de especies de familias distintas favorece la protección mutua. Por ejemplo, la siembra conjunta de tomate y albahaca es altamente beneficiosa, ya que los aceites esenciales de la albahaca repelen de forma natural a los insectos que suelen atacar al tomate. Sobre la importancia de planificar la vecindad de los cultivos y diversificar las familias botánicas, Forero precisa: "El pimentón y el tomate pertenecen a la misma familia: las solanáceas. No se recomienda sembrarlas juntas porque absorben los mismos nutrientes de la tierra; al competir por estos recursos y compartir las mismas plagas o enfermedades, el cultivo se vuelve mucho más propenso a enfermarse".

Integrar hortalizas, plantas aromáticas y especies autóctonas mediante combinaciones variadas (como tomate, albahaca y lechuga) no solo optimiza el uso del suelo y la nutrición vegetal, sino que genera un microecosistema diverso que atrae insectos benéficos. Recuperar las semillas y plantas nativas en jardines y huertas urbanas es, en última instancia, una vía práctica para reconectarse con el territorio, reducir la huella ecológica y garantizar la conservación de la diversidad vegetal para las futuras generaciones.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Escribo de libros, turismo, música y animales. malvarez@elespectador.com
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