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La mujer de más de 70 años que convirtió su huerta en una lección de vida

Lo que comenzó como el deseo de producir alimentos sanos para su familia terminó convirtiéndose en una granja agroecológica que hoy es ejemplo de agricultura sostenible.

La Huerta

05 de junio de 2026 - 04:10 p. m.
Esta es la historia de Clementina Barajas y de cómo las plantas pueden protegerse entre sí sin necesidad de químicos.
Foto: Clementina Organicos
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Cuando pensamos en una huerta, solemos imaginar hileras de cultivos, manos sembrando semillas o alguien regando las plantas al amanecer. Sin embargo, pocas veces pensamos en quiénes están detrás de esos espacios. En Colombia, muchas huertas son cuidadas y lideradas por adultos mayores que han convertido estos lugares en mucho más que una fuente de alimentos: son escenarios donde se conservan conocimientos, se transmiten tradiciones y se fortalece el vínculo con la tierra.

Una de estas historias pertenece a Clementina Barajas, una mujer de 72 años que transformó un momento difícil de su vida en un proyecto que hoy beneficia a su familia y a muchas otras personas. Y es que lo que comenzó como el deseo de producir alimentos sanos para su hogar terminó convirtiéndose en una granja agroecológica con más de 150 productos orgánicos certificados.

Su historia demuestra que las huertas no solo cultivan frutas, verduras y plantas medicinales, sino que también siembran memoria, identidad y nuevas oportunidades para las comunidades.

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¿Cuál es la historia detrás de este cultivo?

La historia de Clementina Orgánicos comenzó mucho antes de que existiera la granja agroecológica que hoy produce más de 150 alimentos orgánicos certificados en Guasca, Cundinamarca. Sus raíces se encuentran en la infancia de Barajas, quien creció en Zetaquirá, Boyacá, en una familia campesina donde el uso de químicos no hacía parte de las prácticas agrícolas.

Años después, mientras trabajaba en la Contraloría General de la Nación, conservó esos conocimientos y recuerdos. Sin embargo, un giro inesperado en su vida laboral la llevó a replantear su futuro. Tras salir de la entidad, decidió regresar al campo y construir junto a su esposo, Luis Antonio Murillo,

Y es que su suegro, agricultor dedicado al cultivo de papa, fue diagnosticado con cáncer de esófago. Aunque logró recuperarse temporalmente tras una compleja cirugía, al volver a trabajar en cultivos donde utilizaba agroquímicos su salud volvió a deteriorarse.

“Ese fue un momento que nos hizo reflexionar sobre los efectos que pueden tener algunos químicos en la salud. Desde entonces reafirmamos nuestra decisión de producir alimentos sin agroquímicos para nuestra familia y nuestros clientes”, explica.

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Hoy, la granja San Luis funciona bajo principios agroecológicos y de economía circular. Aunque no toda la finca está destinada a cultivos —una parte se conserva como reserva natural y otra se utiliza para sistemas silvopastoriles—, el predio produce una amplia variedad de alimentos mediante siembras escalonadas y asociaciones de cultivos que permiten que unas plantas protejan a otras de manera natural.

Entre sus productos se encuentran más de 20 variedades de lechuga, diferentes tipos de cebollas, ajos, acelgas, zanahorias, remolachas, aromáticas, plantas medicinales y condimentarias.

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Además, el proyecto opera como un biociclo donde nada se desperdicia. Los residuos de la huerta alimentan a conejos, gallinas, cabras y vacas, mientras que los estiércoles de estos animales son transformados en compost, lombricompuestos y biofertilizantes que regresan al suelo para nutrir los cultivos.

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¿Qué hace que esta huerta se destaque?

Cuando se habla de alimentos orgánicos, una de las preguntas más frecuentes es cómo se controlan las plagas y las enfermedades sin recurrir a pesticidas o productos químicos. La respuesta, en el caso de Barajas, está en una estrategia que la naturaleza ha utilizado durante millones de años: la alelopatía.

Aunque el término puede parecer complejo, su principio es sencillo. Algunas plantas tienen la capacidad de proteger a otras mediante los compuestos y aromas que liberan de forma natural. Gracias a estas interacciones, pueden repeler insectos, dificultar la aparición de ciertas enfermedades e incluso favorecer el crecimiento de los cultivos vecinos.

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“El sistema alelopático es que unas plantas se cuidan con otras. Lo hacen con sus olores, sus sabores y las sustancias que producen. Así como las personas deberíamos ayudarnos unas a otras, las plantas ya lo hacen naturalmente”, explica.

Por eso, en su finca las asociaciones de cultivos son fundamentales. Plantas como la cebolla, el ajo, la ruda, el ajenjo y diversas aromáticas cumplen una doble función: son alimentos o plantas medicinales, pero también actúan como protectoras naturales de los cultivos cercanos. Durante el día y la noche liberan aromas y compuestos que ayudan a mantener el equilibrio del ecosistema sin necesidad de aplicar agroquímicos.

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Este sistema no solo contribuye al control natural de plagas. También permite conservar la salud del suelo, uno de los aspectos que más preocupa a la agricultora. Para ella, la tierra es un organismo vivo que debe ser alimentado y cuidado constantemente.

“Esa es una gran tarea: cuidar el suelo y darle vida. Porque si el suelo está muerto, no nos puede dar nada”, afirma.

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¿Cómo puede implementar este sistema en casa?

La recomendación principal es empezar poco a poco y observar cómo interactúan las plantas entre sí. La alelopatía, por ejemplo, puede aplicarse fácilmente en huertas urbanas mediante asociaciones estratégicas de cultivos. Algunas plantas aromáticas como el ajo, la cebolla, la ruda o el ajenjo ayudan a repeler insectos y pueden convertirse en aliadas naturales de las hortalizas.

Para Barajas, comenzar una huerta no requiere grandes extensiones de tierra. De hecho, asegura que cualquier persona puede dar los primeros pasos desde una matera, un cajón o un pequeño espacio disponible en casa. Lo importante es observar la naturaleza y aprender cómo interactúan las plantas entre sí.

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Si quiere aplicar principios agroecológicos en su huerta, recomienda enfocarse en tres aspectos clave:

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  • Aprovechar la alelopatía: asociar cultivos que se beneficien mutuamente. Plantas como el ajo, la cebolla, la ruda o el ajenjo pueden ayudar a repeler insectos de forma natural y convertirse en aliadas de las hortalizas. Si tiene dudas de cómo hacerlo, aquí le explicamos un poco del proceso.
  • Cuidar la salud del suelo: una huerta sana comienza con una tierra viva. Por eso es importante incorporar compost, materia orgánica y abonos naturales que ayuden a mantener la fertilidad del suelo sin recurrir a fertilizantes químicos.
  • Aprender haciendo: Más allá de memorizar combinaciones de plantas, Barajas considera que la mejor forma de aprender es experimentar, sembrar y observar. “Los muchachos aprenden haciendo”, explica. “Sembramos, hacemos abonos, preparamos insumos y conocen cómo funciona todo el sistema”.

Precisamente por esa filosofía, en su granja recibe con frecuencia estudiantes universitarios y personas interesadas en la agroecología, quienes participan en actividades prácticas relacionadas con la siembra, la elaboración de bioinsumos y el manejo sostenible de los cultivos.

Para quienes desean empezar desde cero, la recomendación es sencilla: instalar una pequeña huerta, incorporar algunas plantas aromáticas y observar cuáles asociaciones funcionan mejor en cada espacio. Con el tiempo, la experiencia permitirá entender cómo las plantas pueden ayudarse entre sí y crear un sistema más equilibrado y productivo.

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Eso sí, más allá de la producción de alimentos, Barajas ve estas huertas como una forma de recuperar conocimientos que poco a poco se han ido perdiendo. Por eso, su invitación es cambiar la manera en que se mira el campo y la agricultura.

“No hay que decirles a los niños: estudie para irse a la ciudad. La idea es que estudien para regresar al campo y desarrollar sus propios proyectos”, afirmó. Y es que, según la agricultora, la prosperidad también puede construirse desde una pequeña parcela, una huerta familiar o incluso unas cuantas materas. Lo importante es recuperar la capacidad de producir parte de los alimentos que consumimos y fortalecer el vínculo con la tierra.

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Para ella, cultivar alimentos no solo aporta a la economía familiar, sino que también brinda mayor seguridad y autonomía. Una lección que, asegura, quedó especialmente clara durante los años de pandemia, cuando muchas personas comprendieron el valor de tener acceso directo a alimentos frescos producidos en casa.

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