Como buen colombiano, es imposible no reconocer al tomate de árbol como un ícono de la gastronomía local. Famoso por su refrescante jugo, su sabor intenso y ligeramente ácido lo ha convertido en un infaltable en muchas mesas del país. Sin embargo, esta fruta va mucho más allá del gusto: también es altamente nutritiva y posee propiedades medicinales poco conocidas. Quédese, porque aquí le contamos todo lo que debe saber sobre esta valiosa especie.
Según el Jardín Botánico de Bogotá, el tomate de árbol se encuentra en tres variedades principales: rojo, que es el más común, amarillo y naranja. Esta especie, conocida científicamente como Solanum betaceum y también llamada tomatillo, tomate andino o tamarillo, es un arbusto que alcanza entre 3 y 4 metros de altura, con corteza grisácea y follaje perenne.
La planta tiene hojas grandes, de color verde oscuro y textura ligeramente áspera, y flores pequeñas de tonos blanco y rosado que crecen en racimos. Su fruto es una baya ovalada, de piel lisa y colores que van del rojo al anaranjado cuando madura, con pulpa jugosa y sabor ácido.
¿Para qué sirve?
Para comprender para qué sirve esta planta, es importante empezar por conocer sus componentes. Según el Jardín Botánico, tanto el fruto como las hojas contienen vitaminas esenciales que aportan múltiples beneficios al organismo y explican sus diferentes usos, tanto medicinales como alimentarios.
Estos son sus componentes principales:
- Vitamina A, que contribuye al cuidado de la visión
- Vitamina C, que fortalece el sistema inmune
- Vitamina E, reconocida por su función antioxidante, ayudando a proteger las células del cuerpo frente al envejecimiento y el daño celular.
Además, según la institución, esta planta aporta vitamina B6, fundamental para el metabolismo de las proteínas y para el mantenimiento de niveles adecuados de glucosa en la sangre. Estos componentes explican por qué ha sido utilizada tradicionalmente como apoyo en el bienestar general y en la prevención de algunas afecciones comunes.
Es por ello que se emplea en grandes rasgos en dos cosas, la primera es la medicinal, pues según explica el Jardín, se usa principalmente para aliviar afecciones de la garganta y síntomas asociados a la gripe. Además, tanto el fruto como las hojas pueden aplicarse de forma tópica para reducir la inflamación de amígdalas o anginas, una práctica común en la medicina tradicional.
De hecho, las hojas también se utilizan como tratamiento complementario para heridas, dolores musculares y algunas afecciones del hígado.
Adicionalmente, se le atribuye un efecto favorable en el control del colesterol, lo que refuerza su valor dentro de prácticas de cuidado natural.
El segundo uso (quizá el más extendido) es en al ámbito comestible. Y es que el fruto se consume principalmente cocido en sopas, encurtidos, salsas y ensaladas. Asimismo, se aprovecha en preparaciones dulces como mermeladas, conservas, tortas, helados y jugos, lo que evidencia su versatilidad en la cocina y su valor tanto nutricional como cultural.
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