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¿Por qué no usar palma de cera en Semana Santa y con qué puede reemplazarla?

Se trata de una palma nativa de los bosques montañosos húmedos andinos que sostiene relaciones ecológicas fundamentales. Aquí le explicamos por qué no debe usarla.

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La  Huerta
27 de marzo de 2026 - 08:00 p. m.
Paisaje de palma de cera (Ceroxylon quindiuense) en Tolima.
Paisaje de palma de cera (Ceroxylon quindiuense) en Tolima.
Foto: Felipe Villegas - Instituto Humboldt
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Se acerca la Semana Santa, una de las épocas más significativas en Colombia, donde la fe, la tradición y las costumbres se viven con especial intensidad en cada región. Entre sus momentos más representativos está el Domingo de Ramos, que este año será el 29 de marzo, una fecha que marca el inicio de esta celebración.

Sin embargo, en medio de la tradición hay un detalle que hoy merece atención. El uso de la palma de cera, que durante años ha acompañado esta celebración, se ha convertido en una práctica que genera preocupación ambiental.

¿Por qué es tan importante la palma de cera en Colombia?

La palma de cera pertenece al género Ceroxylon, que agrupa 12 especies distribuidas a lo largo de los Andes. En Colombia, la más representativa es la Ceroxylon quindiuense, una palma imponente que puede alcanzar entre 20 y 40 metros de altura —e incluso superar los 50 metros en algunos casos—, y la cual tiene un tronco delgado y solitario y hojas pinnadas que pueden extenderse cerca de cuatro metros.

Habita en los bosques de niebla andinos, principalmente entre los 2.000 y 3.000 metros de altitud, donde crea paisajes únicos como los del Valle de Cocora. Su presencia no solo define visualmente estos ecosistemas, sino que también cumple un papel clave en su equilibrio. Es más abundante entre los 2.500 y 2.900 metros, aunque puede ascender hasta los 3.100 metros en sectores de la Cordillera Central y descender hasta los 1.550 metros en zonas como la Cuchilla del Ramo, en Santander.

Su relevancia es tal que fue declarada árbol nacional mediante la Ley 61 de 1985. De acuerdo con el Instituto Humboldt, para su declaración, el naturalista Armando Dugand la describió como un patrimonio estético de la nación y uno de los componentes florísticos más representativos del país.

Sin embargo, este estatus contrasta con su situación actual: está catalogada en peligro debido a la reducción de su hábitat y a la disminución de más del 50 % de sus poblaciones en las últimas generaciones. Hoy, muchas sobreviven aisladas en potreros o en fragmentos de bosque, donde su regeneración natural es limitada.

A esto se suma un problema histórico: la extracción de sus hojas para celebraciones como el Domingo de Ramos. Cortar sus cogollos no es un acto menor, pues implica dañar el punto de crecimiento de la planta. En una especie que puede tardar entre 40 y 60 años en alcanzar la madurez, esto equivale a frenar décadas de desarrollo y, en muchos casos, causar su muerte.

Esto no solo afecta al árbol en sí. La palma de cera sostiene relaciones ecológicas fundamentales que van mucho más allá de su presencia en el paisaje. Es indispensable para especies como el loro orejiamarillo, un ave endémica de los Andes que depende de sus troncos. También aporta alimento a aves como el tucán esmeralda, que se nutre de sus frutos.

Además, cuando los frutos caen, se convierten en fuente de alimento para mamíferos silvestres como las tairas, e incluso para animales domésticos en zonas rurales. Por otro lado, según el Instituto Humboldt, la palma de cera es considerada una “especie sombrilla”, es decir, una especie cuya protección beneficia indirectamente a muchas otras. Conservarla implica proteger hábitats completos y las múltiples formas de vida que dependen de ellos.

¿Por qué es usada en el Domingo de Ramos y cómo la puede reemplazar?

Su uso tiene un origen simbólico. Esta celebración recuerda la entrada de Jesús a Jerusalén, cuando, según los textos bíblicos, fue recibido por una multitud que extendía ramas de palma a su paso como señal de bienvenida y reconocimiento.

Sin embargo, más allá de lo religioso, esta planta también adquirió un valor cultural y emocional. Durante generaciones han sido parte de la identidad de muchas comunidades, presentes tanto en artesanías, comidas, medicina, como en paisajes emblemáticos.

Por eso, en los últimos años, autoridades ambientales y organizaciones han insistido en la necesidad de mantener la tradición sin afectar la naturaleza. La invitación no es dejar de celebrar, sino hacerlo de forma más consciente, reemplazando los ramos tradicionales por alternativas sostenibles.

Algunas opciones que han sido promovidas por entidades como la Secretaría de Ambiente de Bogotá y la Secretaría de Ambiente de Medellín son:

  • Palma areca: una de las alternativas más comunes y accesibles, que además puede conservarse después en casa o sembrarse.
  • Amero o capacho de mazorca: una de las opciones más recomendadas por las autoridades, ya que aprovecha residuos agrícolas para crear ramos artesanales.
  • Plántulas o plantas ornamentales: Pequeñas plantas vivas que luego pueden ser sembradas, convirtiendo el gesto simbólico en una acción que da vida.
  • Otros elementos simbólicos: Como pañuelos, flores o banderas blancas, que también representan el sentido de la celebración.

Ojo: Hay un punto clave que no se puede pasar por alto: la extracción, movilización y comercialización de flora silvestre constituye un delito ambiental en Colombia, con sanciones penales y multas económicas.

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