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¿Qué árbol es el que deja “bolitas” amarillas en las calles de Bogotá?

El arrayán es un árbol discreto que pasa desapercibido, pero que sostiene la vida de los bosques andinos.

La Huerta

21 de marzo de 2026 - 03:00 p. m.
Se trata de una especie que va más allá de lo ambiental: su presencia en el territorio conecta naturaleza y cultura, lo que refuerza la importancia de promover su siembra y conservación en los paisajes andinos.
Foto: inaturalist
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Si alguna vez ha caminado por un parque o ha pasado junto a una quebrada en Bogotá y ha notado un árbol cargado de pequeños frutos que cambian del verde al amarillo, es posible que haya estado frente a una de las especies más valiosas de los bosques andinos sin siquiera saberlo. Discreto a primera vista, pero clave para la restauración ecológica, el arrayán no solo forma parte del paisaje urbano, también cumple un papel fundamental en la recuperación de ecosistemas y en la conservación de la biodiversidad del país.

Características del arrayán

También conocido como arrayán grande, palo blanco, arrayán blanco o guayabo liso, Myrcianthes leucoxyla pertenece a la familia Myrtaceae, la misma de la guayaba. Es una especie propia de climas fríos, presente principalmente en Boyacá y Cundinamarca, donde crece entre los 2.600 y 3.200 metros sobre el nivel del mar.

Se trata de un árbol perenne que puede alcanzar entre 6 y 16 metros de altura, con una copa redondeada y densa que le da una presencia compacta. Uno de sus rasgos más distintivos es la corteza: de tono rojizo a pardo, que se desprende en finas tiras, una característica típica de esta familia.

Las hojas son de textura firme, similar al cuero, con un verde intenso y un aroma característico que recuerda a la guayaba. Su forma suele ser elíptica, aunque puede variar según las condiciones del entorno, especialmente en zonas húmedas y con menor luz.

Las flores son pequeñas, de color blanco a blanco amarillento, y aparecen en gran cantidad, cubriendo el árbol de forma llamativa.

Sin embargo, es probable que lo que más llame su atención sean sus frutos redondos tipo baya, que pasan de verde a tonos amarillos, naranjas o rojizos al madurar. Además de su colorido, destacan por su sabor aromático y por contener una sola semilla. Gracias a estos, el arrayán se convierte en un punto de encuentro para distintas especies. Durante la floración, atrae abejas y moscas que cumplen un papel clave en la polinización, mientras que, en época de fructificación, se vuelve una fuente de alimento para aves.

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Entre las más frecuentes está el pinchaflor enmascarado (Diglossa cyanea), un visitante habitual que, además de alimentarse, contribuye a la dispersión de sus semillas. También es común observar mirlas consumiendo sus frutos, lo que refuerza su papel dentro de la dinámica ecológica del bosque.

Otros usos

Más allá de su valor ecológico, el arrayán mantiene una relación cercana con las comunidades que habitan los Andes. Según la Fundación Red de Árboles, en la Sabana de Bogotá y sus alrededores, sus frutos han sido aprovechados tradicionalmente para preparar bebidas como chicha, guarapo o mazamorra dulce, además de utilizarse para dar sabor a preparaciones como el masato o incluso algunas carnes.

A este uso alimentario se suma su importancia en la medicina tradicional. Diferentes partes del árbol —hojas, frutos, semillas y flores— se han empleado para aliviar diversas dolencias y, en la actualidad, sus aceites esenciales son objeto de estudio por su potencial en la elaboración de medicamentos, jabones y esencias.

Por otra parte, el Jardín Botánico de Bogotá resalta su papel en la restauración ecológica y su relación con las prácticas tradicionales. Se trata de una especie capaz de crecer en bordes de bosque, potreros y terrenos degradados, incluso en suelos pesados, erosionados o con afloramientos rocosos, lo que la convierte en una aliada clave para recuperar ecosistemas andinos.

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Además, se adapta bien a ambientes húmedos y de neblina, aunque requiere buena iluminación para desarrollarse plenamente. Su crecimiento es lento, pero constante, una característica que favorece la estabilidad de los espacios donde se establece.

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