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Aunque muchas personas nunca han oído hablar de él, en las montañas de nuestro país crece un alimento ancestral que sorprende tanto por su tamaño como por su valor nutricional. Se trata del chachafruto o balú, una semilla parecida al frijol o a las habas, pero mucho más grande, que durante generaciones ha sido aprovechada en distintas regiones de Colombia por su sabor y versatilidad en la cocina.
Aquí le contamos por qué el chachafruto es un alimento ancestral que merece volver a ganar protagonismo en nuestra alimentación, no solo por sus propiedades nutricionales y su versatilidad en la cocina, sino también porque representa un regreso a las raíces y a los saberes tradicionales del campo colombiano.
¿Qué es el chachafruto?
El chachafruto, también conocido como balú, sachaporoto, pajuro o fríjol de monte, es una leguminosa andina perteneciente al género Erythrina. Su nombre científico es Erythrina edulis, una especie reconocida no solo por el gran tamaño de sus semillas comestibles, sino también por su importante valor nutricional y ecológico.
De acuerdo con Agronet, una plataforma administrada por la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria del Ministerio de Agricultura, se trata de un árbol frondoso que puede alcanzar hasta 14 metros de altura, con copas que llegan a medir cerca de siete metros de diámetro. Su tronco es leñoso y robusto, mientras que sus ramas presentan pequeñas espinas semejantes a aguijones cortos.
Las hojas son de color verde claro y suelen caer parcialmente durante la floración, momento en el que el árbol se llena de llamativas flores rojas agrupadas en grandes racimos.
Uno de los aspectos más curiosos del chachafruto son sus frutos: largas vainas similares a las del fríjol que pueden alcanzar hasta 50 centímetros de longitud. En su interior se encuentran las semillas, unas especies de “frijoles gigantes” de color rojo oscuro y gran tamaño, que son precisamente la parte más aprovechada en la alimentación.
Esta especie crece principalmente en la región andina de países como Colombia, Ecuador, Perú, Panamá y Argentina, entre los 1.400 y 3.000 metros sobre el nivel del mar. En Colombia se encuentra especialmente en zonas montañosas donde antiguamente la selva subandina fue transformada para actividades agrícolas.
¿Para qué sirve?
El chachafruto no solo destaca por el tamaño de sus semillas o por ser un alimento ancestral andino, sino que durante años ha sido considerado por distintas comunidades como uno de los alimentos más completos que existen.
Su principal aprovechamiento está en las semillas, que pueden consumirse cocinadas, asadas, fritas o transformadas en harina para preparar bebidas, sopas, cremas, natillas y otras recetas. Lo más sorprendente es su contenido nutricional, pues, según explica la plaza de mercado de Corabastos, cerca del 23 % de su composición corresponde a proteínas, una cifra que supera a otras leguminosas tradicionales como el fríjol, la arveja, la lenteja, el garbanzo e incluso la soya.
Además de proteína, el chachafruto aporta fibra, aminoácidos, hierro, calcio, cobre, manganeso y potasio, con bajos niveles de grasa y carbohidratos. Diversos estudios han encontrado que en 100 gramos secos del producto puede haber entre 18 y 25 gramos de proteína, convirtiéndolo en una alternativa de gran valor para la seguridad alimentaria y la nutrición.
Pero sus beneficios no terminan ahí. Tradicionalmente, ha sido utilizado por sus propiedades medicinales, pues se le atribuyen efectos positivos en la regulación de la tensión arterial y la función renal gracias a sus propiedades hipotensoras.
Según Bienestar Colsanitas, en algunas comunidades incluso se ha empleado como apoyo natural para prevenir enfermedades como la osteoporosis y ciertos tipos de cáncer, aunque estos usos hacen parte principalmente de la medicina tradicional.
El chachafruto también se usa para forraje, pues sus hojas, vainas y semillas poseen un contenido proteico superior al de muchos pastos, por lo que pueden utilizarse para alimentar bovinos, cabras, cerdos, aves, conejos e incluso peces. Tanto las hojas como las ramas sirven como forraje, mientras que las vainas y semillas pueden incorporarse en concentrados.
Según la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca a nivel ambiental, este árbol también resulta muy valioso. Como especie fijadora de nitrógeno, mejora la fertilidad del suelo gracias a bacterias presentes en sus raíces que capturan nitrógeno de la atmósfera. Además, ayuda a controlar la erosión, se adapta bien a terrenos difíciles y funciona como cerca viva en sistemas agroforestales.
Por último, sus flores rojo intenso producen abundante néctar, atrayendo abejas y aves polinizadoras, mientras que sus semillas son dispersadas por fauna silvestre, haciéndola una especie clave para la sostenibilidad agrícola y la conservación de los ecosistemas andinos.
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