Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

La noticia: un periódico de ayer

La noticia murió. Es un periódico de ayer, para recordar a Tite Curet Alonso, y está en un periódico de ayer, para seguir recordándolo. Murió desgastada. Murió de mentira, ahogada por las manos de tantos y tantos que la manipularon para engañar a los ingenuos, para sacar provecho del engaño, para hundir a sus enemigos con filtraciones que disfrazaron de grandes investigaciones y con premios que premiaron a los que dieron las noticias que ellos querían que dieran. Premio a la investigación que sacó del camino al contrincante. Premio al cubrimiento que les permitió quedarse con el negocio de los miles de millones. Premio al perfil sobre la figura que ellos querían promocionar, o vender, que es lo único que vale últimamente. Y premio a la recóndita emisora del último confín del país para que no digan que sus premios no son objetivos. 

La noticia, y sus distintas formas de contar una historia, murieron, y nadie escribió un obituario en su honor. Dejó de huérfanos a los hechos, a los verdaderos hechos y sus personajes, que ya no salen publicados si no tienen una campaña de algo detrás, o un promotor de marketing. Murió cuando dejó de estar en la calle y pasó a producirse en las empresas y entre los empresarios, y a originarse desde oficinas de mullidas alfombras. Murió porque murieron los reporteros y la reportería, y con ellos, el viejo ir y buscar y arriesgarse y encontrar y crear. Fue reemplazada por las agencias de comunicaciones, las oficinas de prensa y sus jefes, por supuesto, que determinan las agendas de los periodistas a cambio de regalos varios por medio de comunicados de diversos intereses, pero siempre intereses que ignoran la veracidad. La noticia murió y la han ido reemplazando los comunicados, sí, y los medios, “los periódicos de ayer”, son cada vez más una vía para hacer públicos esos comunicados. 

La noticia murió y con su último aliento se llevó la credibilidad como concepto, muy a pesar de que estén de moda tantas y tan variadas creencias. Murió por el ruido, culpando de su muerte a la posverdad, cuando ella misma se convirtió en la más grande e insolente posverdad. Murió porque está en tantos sitios, y es tan igual en todos esos sitios, que terminó por ser idéntica a sí misma en un lugar y en el otro, y para un millón de copias, con una basta, y eso. Murió de repetición, porque se volvió de manual, una asignatura enseñada, aprendida, ejecutada más tarde, y multiplicada por los aprendices que luego se transformaron en jefes. Murió porque esos manuales se volvieron negocio y porque la noticia se volvió sensación, morbo, impacto, efectismo, o sea, una vil mercancía que fue comprada, como todos los negocios. Murió muerta por ella misma. Abusando hasta el extremo del qué-quién-cómo-cuándo-dónde y la primicia y el flash de última hora, y la medición y la búsqueda de clicks, se dejó ahogar en su único valor: la verosimilitud. 

Murió. Nos corresponde a sus deudos, deudores y detractores reemplazarla por algo más que voces oficiales o comerciales. 

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