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El dilema ético de las mascotas “influencers” en redes sociales

En un mundo dominado por likes, seguidores y tendencias virales, los perros y gatos se han convertido en las nuevas “celebridades digitales”. Sin embargo, detrás de las cámaras y los filtros, existe una realidad menos visible: ¿qué precio pagan los animales por su fama?

Mariana Álvarez Barrero

23 de junio de 2025 - 01:00 p. m.
Los pet influencers han dejado de ser simples mascotas para convertirse en celebridades digitales con agendas saturadas, contratos millonarios y audiencias globales.
Foto: Pexels
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JiffPom, el pomerania de peinados impecables, y Grumpy Cat, la gata de gesto gruñón, se convirtieron en estrellas globales de las redes sociales sin decir una sola palabra ni firmar contratos. Al igual que ellos, muchos animales han conquistado el mundo digital.

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Los pet influencers han dejado de ser simples mascotas para convertirse en celebridades digitales con agendas saturadas, contratos millonarios y audiencias globales. Esto plantea una pregunta inevitable: ¿puede la fama digital coexistir con el bienestar animal sin caer en la explotación?

La tendencia no muestra señales de desaceleración. Cuentas protagonizadas por perros, gatos, conejos y hámsteres, entre otros animales, participan en campañas, promocionan productos y generan ingresos. En países como Estados Unidos, los pet influencers pueden ganar entre 1.000 y 10.000 dólares por publicación patrocinada en Instagram. Aunque las cifras son menores en Latinoamérica, la tendencia crece de forma sostenida.

Un informe de LendingTree revela que el 28 % de los dueños de mascotas en EE. UU. invierte dinero en sus animales para crear contenido en redes sociales, por ejemplo, comprándoles atuendos especiales. Este hábito es especialmente común entre la Generación Z, donde el 47 % admite gastar en sus mascotas para publicaciones. Estos datos reflejan cómo las redes sociales influyen en las decisiones de compra, impulsando el crecimiento del mercado no solo en Estados Unidos, sino también en Brasil, México, Argentina, Chile y Colombia.

Más allá del impacto económico, esta industria presenta importantes dimensiones éticas, sociales y ambientales. La exposición constante puede fomentar la adquisición impulsiva de animales por su apariencia “tierna” o “exótica”, un riesgo para la conservación de especies y para el bienestar en los hogares. Además, algunos cuidadores podrían sucumbir a tendencias comerciales que no siempre priorizan las necesidades y derechos de los animales.

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Detrás de cada video viral o disfraz adorable surge una pregunta crucial: ¿se trata a estos animales como seres sintientes, con derechos y bienestar propios, o simplemente como recursos monetizables para el entretenimiento y la publicidad?

La cara oculta de la fama animal

El bienestar de estos animales suele pasar desapercibido, incluso para sus millones de seguidores. Detrás de cámaras, luces y disfraces, hay rutinas que pueden afectar gravemente su salud física y emocional.

El etólogo Fredy Manrique explica que perros y gatos tienen comportamientos naturales, ritmos biológicos y necesidades específicas que deben respetarse.“Los animales necesitan dormir, explorar, jugar en libertad y contar con espacio propio. Cuando se exponen repetidamente a grabaciones, luces, ropa incómoda o manipulación constante, pueden sufrir estrés crónico, ansiedad y otros trastornos”, afirma.

La etóloga veterinaria Carolina Alaguna coincide en que la sobreexposición digital puede traer consecuencias graves. Señala que los animales pueden mostrar signos de agotamiento físico y emocional, como conductas repetitivas (estereotipias), automutilación o apatía.“Un perro que ladra todo el día o un gato que no deja de lamerse o esconderse son señales de alerta. Incluso pueden desarrollar un sesgo cognitivo negativo, donde dejan de disfrutar lo que hacen y actúan por obligación”, advierte.

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En perros, el malestar puede manifestarse con jadeos excesivos, bostezos frecuentes, temblores o conductas evasivas. En gatos, signos como dilatación pupilar, inmovilidad, agresividad o pérdida de apetito indican estrés. Alaguna recuerda que estas señales suelen malinterpretarse o ignorarse, aunque son parte del lenguaje corporal que muestra incomodidad.

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Desde un enfoque clínico, el estrés también puede medirse con indicadores fisiológicos, como los niveles de cortisol en sangre, saliva o pelo. Cuando estos se mantienen elevados de forma sostenida, hablamos de estrés crónico, que compromete el sistema inmunológico, altera la digestión y puede generar enfermedades.

Más allá del estrés físico, las tendencias virales ponen a prueba la salud emocional de los animales. No todos los pet influencers son víctimas de maltrato o explotación; existen cuentas manejadas con ética, donde se prioriza el bienestar del animal, se respetan sus tiempos de descanso y no se les obliga a comportamientos antinaturales.

Por ejemplo, algunos usuarios muestran perros disfrutando paseos al aire libre, jugando con otros animales o realizando actividades habituales, sin disfraces ni presiones. En estos casos, los tutores consultan con profesionales en comportamiento animal, establecen horarios limitados para las grabaciones y evitan exposiciones innecesarias.

El problema surge cuando se cruza la línea entre entretenimiento y presión. Como explica Manrique: “Un paseo con una cámara no es explotación, pero disfrazar a un gato diariamente para contenido viral o despertarlo durante su ciclo natural de sueño sí lo es”.

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Alaguna añade que cada animal debe evaluarse individualmente: no todos toleran o disfrutan las mismas actividades.“Hay perros bien socializados desde cachorros, que disfrutan del contacto humano o ciertas actividades. Pero si un animal es obligado a sesiones largas con estímulos incómodos, como disfraces o luces intensas, sin espacios de descanso o alimentación adecuados, eso ya es maltrato”.

Algunos retos virales han mostrado prácticas preocupantes. No se trata solo de la frecuencia de las publicaciones, sino del tipo de contenido: gatos asustados con pepinos o perros forzados a usar zapatos o trajes que limitan su movilidad son ejemplos de tendencias que, aunque parezcan entretenimiento, pueden causar sufrimiento silencioso.

Un terreno sin regulación

Aunque este mercado ha crecido mucho en los últimos años, no hay una regulación clara sobre el uso de animales en contenidos digitales. Esto se debe a que el fenómeno de los pet influencers surgió inesperadamente y superó los marcos legales existentes. Incluso en países con normativas avanzadas, como Francia o Alemania, las leyes se centran en el uso de animales en espectáculos y publicidad tradicional, pero no contemplan su presencia en redes sociales. En Canadá, por ejemplo, las pautas de bienestar animal aplicadas en cine y televisión no siempre se extienden al entorno digital.

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En Colombia, la Ley 1774 de 2016 reconoce a los animales como “seres sintientes” y prohíbe su maltrato, estableciendo sanciones que van desde multas hasta prisión en casos graves. Sin embargo, esta normativa no regula su participación en plataformas sociales ni los riesgos de su exposición constante. En un país donde aún se consolidan los principios básicos de protección animal, el foco ha estado en garantizar el bienestar físico más que en anticipar fenómenos como la fama digital.

La ausencia de normas específicas deja sin parámetros técnicos ni éticos a quienes administran estas cuentas, mientras el contenido circula sin restricciones claras. Los expertos advierten que forzar a un animal a actividades ajenas a su naturaleza, como ser una figura constante de entretenimiento, puede ser maltrato, aunque no siempre se reconozca así.

“Estos contenidos no los hacen los animales: los crean humanos para humanos. Si no se respeta su individualidad, sus necesidades básicas de descanso, alimentación, comportamiento y entorno, estamos ante una forma moderna de explotación”, señala Alaguna.

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El bienestar, explica, debe evaluarse según los cinco dominios: salud física, entorno adecuado, nutrición, manifestación de conductas naturales y estado mental. Cuando uno o más de estos se ven comprometidos constantemente, el sufrimiento puede instalarse silenciosamente.“El sufrimiento animal no siempre es evidente. A veces se disfraza de ternura viral”, concluye.

¿Un fenómeno sin consecuencias?

La fama digital de los animales no es un problema en sí misma, sino cuando se construye a costa de su salud y bienestar. En este escenario, plataformas, tutores y seguidores comparten una responsabilidad común: proteger a los animales más allá de las métricas.

Los expertos sugieren que las redes sociales podrían implementar alertas o regulaciones sobre publicaciones que impliquen manipulación o vulneración del bienestar animal. Por su parte, los gobiernos deben actualizar los marcos legales para incluir explícitamente el trabajo animal en entornos digitales.

Mientras tanto, el criterio ético está en manos de quienes graban, editan y publican, así como en el público, que no solo tiene el poder de dar “me gusta”, sino también de cuestionar y exigir. No se trata de prohibir, sino de repensar cómo compartimos estas vidas en redes.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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